La subida fue terrible, pero lo lograron. Todo podría ser una leyenda, un cuento para asustar, o incluso una pesadilla... En ese momento todo podía ser, a lo mejor estaban los dos dormidos y todo aquello realmente no estaba ocurriendo. Fuese o no, habría valido la pena aquello. La sensación, la aventura, la osadía... Unos metros más arriba estaba la cima, el extremo más alto del mundo, el techo de todo cuanto existía. Y según decían, ahí habitaba algo que no era mortal, ni de este mundo, ni de ninguno... Y estaba ahí desde hacía milenios, a la espera...
Ella le tomó la mano a él, y éste le sonrió para darle ánimos. Como siempre, lo consiguió, y juntos escalaron los últimos metros. Allá arriba, en lo alto, en el final del cuento, o de la pesadilla, había algo que jamás habrían podido describir con palabras si hubieran logrado regresar... Se trataba de una gran puerta, un tremendísimo arco ojival, cuyas columnas estaba retorcidas y agrietadas, esculpidas por completo con miles de figuras y símbolos. Tras el umbral no se veía el cielo, ni la noche, ni las estrellas... Era un negro infinito que atrapaba la luz, que no la soltaba, y aun así, brillaba en su oscuridad...
No podían creerlo. Todo era cierto. Un cuento que se hacía realidad. No tenía porque acabar bien, pero eso era lo de menos, lo importante es que era real. Ahí estaba la entrada a... el camino a otro lugar. ¿Quién podía saber a dónde?
El gran arco temblaba como si estuviera a punto de desplomarse, pero ambos sabían que aquello no ocurriría. Y sin dudarlo, sin mediar palabra, aferrándose la mano como jamás lo hubieran hecho, echaron a correr hasta llegar al arco. Aquello parecía un terremoto. Las figuras de su superficie, demonios horrorosos advirtiendo que no pasaran, se burlaban de ellos en su forma pétrea, y haciendo eco de un valor insospechado, cruzaron el arco, desapareciendo de este y de cualquier mundo. Al instante, el arco se desplomó cerrando su camino de regreso... La montaña entera se derrumbó, y tras el cataclismo, una gran brecha se abrió tragándose todo en leguas a lo largo... Ese cuento había terminado ahí.
En algún otro lugar inimaginado, los dos pequeños se despertaron. Los dos lo hicieron con un grito. No estaban tomándose la mano, sino abrazándose. Se miraron de cerca, y se dieron cuenta de lo que había ocurrido.
Cuando un cuento termina, otro da comiendo...




