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02 diciembre, 2010

El Árbol de las Mil Estrellas

Aquél era el único lugar del mundo en que el cielo se tornaba rosa al atardecer. No se trataba del anaranjado que en la última hora de la tarde cubre el cielo, o del rojizo con que el sol desaparece en el horizonte del mar. Se trataba de un color rosado, tan claro que parecía que el cielo se acolchara, que se fundiera con la magia del bosque cuando el día terminaba. Era algo precioso. Y sólo ocurría en esa porción de bosque, justo sobre aquel árbol de hojas negras y flores blancas. El árbol de las mil estrellas, lo llamaban, o así le gustaba llamarlo a ella, la dama del árbol.

En aquel momento, ella se encontraba columpiándose, sentada sobre una liana que colgaba de su árbol, a la que había atada un gran palo, que le servía columpio. Ella llevaba un vestidito negro, y una red negra y roja le hacía de medias. Estaba descalza, y tenía unos guantes fuxia rotos por los dedos, que asomaban, bien aferrados a la liana. Se daba impulso con las alas, cuyos tonos rojos chillón se mezclaban en hermosas formas con el negro. La melena morena bailaba también con el vaivén, estaba cortada de una extraña forma, pues cada vez que se aburría, ella misma le daba forma con unas tijeras.

Justo entonces apareció Teether, que también era amigo suyo. Éste venía cabalgando en un gato grisáceo, de angora, de largo pelo reluciente, y parecían apresurados. Lo cabalgaba sobre una silla de montar, cual caballo a medida, y en la grupa del gato, llevaba atado un tiesto con una planta. Las hojas de la planta estaban comenzando a secarse, como si haberla sacado de su lugar le hubiera puesto triste, y la firmeza con que una vez brillaron sus flores blancas, ahora estaba decayendo.

- Anda, hola.- Le dijo ella riéndose, pues a menudo era la frase que utilizaba él para saludarla.

Teether sonrió.- Hola.- Y desmontó a su gato, ignorando la burla del hada. El minino, al verse libre, dio una vuelta sobre sí mismo, y se puso a lamerse la entrepierna. Entonces miró a la dama del árbol, y se quedó con esa mirando que ponen ellos antes de atacar a una presa.

- Dile a tu gato que no me mire así.

- No te preocupes, pues no te hará nada...- Y le acarició la cabeza.- Más le vale... ¿Verdad grandullón?

Y el gato desvió la mirada, volviendo a su entrepierna.

- ¿Cómo estás, Teether?- Le preguntó ella sonriendo, estaba muy feliz de que el gnomo hubiera ido a verla. Siempre que aparecía le contaba un cuento, y a ella le encantaba.

- Apresurado.- Contestó.- Estoy muy apresurado.

- ¿Por qué?

- Se ha perdido una amiga mía...

- ¿Quién?- Preguntó ella, deteniendo el columpio al instante con las alas.

- U, una sirada... ¿La has visto por aquí?

- No...- Se encogió de hombro el hada desde su liana.

Teether observó aquel árbol enorme. Su tronco se elevaba mucho, y sus ramas estaban plagas de tremendas hojas negras y de flores blancas. Entonces el gnomo observó el cielo, de aquel color rosado, y el pareció maravilloso, le asombraba cada vez que lo veía. Después le habló a la dama del Árbol de las Mil Estrellas, mirando a su alrededor.- Veo que te has portado bien.

Ella asintió muy contenta.- Claro.

- Eso está bien. Oye, si ves a U, ¿le dirás que la ando buscando, y que regrese a su charca...?

- ¿A cambio de qué?- El hada sonrió pícara.

- mmmm... Te puedo contar una adivinanza.- Ella asintió, deseándolo.- ¿Qué es aquello que no se puede ver, y que sólo pueden tocar aquellos que creen que existe?

El hada volvió a sonreír, y se quedó pensativa. Miró al gnomo, y le habló, poniéndose de pronto muy seria.- Esa es difícil...

- ¡Te dejo pensándolo!- Y lanzó un silbido que hizo que gato diera un salto. Él lo montó, y después se despidió.

- Hasta pronto, ¡espero que la próxima vez que nos veamos me digas la respuesta!
Ella ni le contestó, pues se quedó pensativa. Y cuando él había desaparecido entre los árboles, cabalgando su gato con aquella planta marchita a cuestas, batió sus alas para volver a columpiarse...



Extraído de La Sirada.

20 noviembre, 2010

Mis Cuentos Terminados


Ésta es la historia de Mëryl, el Dorado, un poderoso dragón que cayó rendido de amor por Tai, una sirena que le tenía un miedo incontenible. Ella, asustada, nadó hasta una costa muy lejana, donde se elevaba un castillo habitado por un malvado brujo. Lo que a todos ellos les sucedió, ya sólo forma parte de sus páginas. El viaje que hizo la sirena fue tan trascendental en la historia de todo un Mundo, que su cuento fue relatado por largo tiempo...



Alba fue una bonita niña encontrada en alta mar por los elfos, que la cuidaron y alejaron de las tierras de los hombres. Así, creció en una isla virgen, llamada Niaghara, en el Mar de las Sirenas, que baña la costa norte del Continente Prohibido de Hiria. Ella vivió feliz en su selva, con los elfos, pero una vez tuvo un sueño que lo cambio todo...



¿Cómo es posible que una melodía pueda contener tanto odio? La Canción de Clauda fue donde se guardó el odio más irracional, y sus notas estaban destinadas a concebir a uno de los más poderoso Demonios Resentidos. Dos fueron las elegidas, una mujer y una elfa, a conseguir la partitura, robada de las incontables estanterías de la alta Torre del Recuerdo. Sólo él sabía la que se avecinaba...



Si existe el destino, es algo que no desvelaremos en este cuento, aunque en él se narre la historia de un hombre que trató de burlarlo. Además, en sus páginas se relata la vida de Agenon, un héroe de la Edad Antigua. Este cuento habla de diferentes acontecimientos que sucedieron a lo largo de la historia de todo un Mundo, presentados a modo de pedazos, que en realidad guardan todos relación.



Una noche de celebración y gloria, de embriaguez y festejo, lo cambió todo. Los ejércitos de elfos, enanos y hombres, juntos, habían derrotado a Golöel, el último de los Siete Demonios Resentidos. Y aquella misma noche, nació su leyenda. Kelpie, a la que llamarían la Dama del Amanecer, fue una mujer que cambió la historia, al acostarse con el Héroe Belean, de Himn, quien había logrado derrotar al poderoso demonio... En este cuento se narra lo sucedido a lo largo de cinco noches, todas ellas lo cambiarían todo. Lo arruinarían todo.



Scrópolo llegaría a ser un gran sacerdote de Ssuhl, el Dios Muerto, pero antes de obtener tanta recompensa, no era más que un despojo, que malvivía alimentándose de sus víctimas. Éste es un capítulo de su vida, en su largo recorrer hacia la no vida que prometía el Dios Muerto...



Los pequeños gestos a veces pueden cambiar las cosas. Éste es un cuento de piratas en que se narra la historia de un navío de leyenda, a la que entrarían a formar parte algunos de los que, ávidos por sus tesoros, estuvieran tan locos como para ir a encontrarlo...



Todos los héroes de leyenda tienen su ocaso, y en esos días en que ven sus fuerzas menguar, añoran las viejas glorias, y desean regresar. El nombre de Halkirk, Castigo de los Monstruos, fue muy sonados en las canciones de los juglares y trovadores por mucho tiempo. Éste sólo fue uno de los cuentos que contaron de él, la leyenda de todo un lago...



Los Doce Navíos Elfos fueron puestos en los Mares del Mundo al comienzo de la Edad de los Elfos, tras la Batalla del Juicio. Los doce llegaron a una gran isla, a la que llamaron La Tierra de Aradán. Ésta es su historia, la de las Doce Altas Estirpes de los Elfos, que pronto dominarían bastas regiones del Mundo. Aquí se relata lo sucedido a las doce familias elfas, durante la Edad de los Elfos y la de los Hombres. Se habla de sus guerras, de sus Reyes, y de sus pasiones. Es, además de un gran cuento, un compendio con todo lo que sé de los elfos en Mi Mundo, al menos hasta la fecha...



Si existe una historia que pueda ser un cuento de hadas, un cuento de piratas, un cuento de amor y de lucha por la libertad, de crecimiento personal y de cambio, una historia de odio familiar en que haya cabida para la política y el idealismo, en el que aparezcan tanto hadas, como gnomos o árboles parlantes, monstruos, reyes y brujas, príncipes desterrados, lugares de sueño y objetos mágicos, venerados como reliquias de épocas remotas, ese cuento es La Sirada...

01 noviembre, 2010

Sinopsis de La Sirada

Si existe una historia que pueda ser un cuento de hadas, un cuento de piratas, un cuento de amor y de lucha por la libertad, de crecimiento personal y de cambio, una historia de odio familiar en que haya cabida para la política y el idealismo, en el que aparezcan tanto hadas, como gnomos o árboles parlantes, monstruos, reyes y brujas, príncipes desterrados, lugares de sueño y objetos mágicos, venerados como reliquias de épocas remotas, ese cuento es...






Ya estoy acabando este cuentito, y está quedando precioso.
Creo que voy a probar a enviarlo a editoriales, para ver si hay suerte. La Idea no me termina de convencer del todo, pero el gusanillo es más fuerte. Me encantaría ver un título mío en las estanterías de las librerías... en fin, habrá que intentarlo.
Me queda nada! pronto os cuento.

saludos!
Darka.

17 octubre, 2010

El Periodo de la Sombra

Se encontraban en lo alto de una loma, y en el fondo del valle formado por dos montañas que bajaban desde bien alto, se hallaba la ciudadela, sobre un manto de verdes helechos. Decidieron hacer noche allí, y acercarse con la luz del día. No hicieron fuego, pues tampoco tenían nada que llevarse a la boca, y preferían no ser vistos. Y como pudieron, se acurrucaron para darse calor. Allá abajo estaba el Palacio de Ëndolin, y era precioso.

- Teníais que haberlo visto con la Luna de fondo, en noches como ésta, tanto tiempo atrás que ninguno de los que conocía de aquella época vive aun...- Dijo Orfo, el semiorco.

- ¿La Lula?- Preguntó U de repente.

- No, la Luna. Era una hermosa roca que flotaba en el cielo, era enorme, redonda y preciosa. Brillaba a intervalos, sonriendo cuando comenzaba a encenderse o se apagaba. Pero la robaron del cielo.

- ¿mmm?- Volvió a preguntar U.

- Una noche, simplemente no salió. Y así llevamos ya, casi cerca de un Siglo.- Quedó callado un momento.- El Valle de Ëndolin era precioso aquellas noches, en que su luz azulada bañaba de plata los torreones y ese mar de helechos que lo rodea... Sin ella, deberás esperar hasta mañana, pequeña sirada, para observar la belleza del Palacio, pues su luz de plata no lo bañará esta noche.


(...)


- La Corona Radiante no brilla porque no hay Luna.- Teether contestó sin más. Lo creía a pies juntillas, pues lo había leído en las hojas de su árbol, y ellas jamás mentían.

- Eso es una leyenda.- Dijo tajante el hombre.- Jamás existió tal cosa.

- Por supuesto que existió. Yo misma la vi lucir en el cielo nocturno, cruzar las noches, creciendo y muriendo entre las estrellas... Yo era una niña cuando desapareció del cielo. Simplemente, una noche no salió por el horizonte.

- Cuentos de viejas...- Escupió la voz del hombre.

- Ella tiene razón.- Dijo Teether.- La Luna existió, la creó el Dios del Recuerdo durante las Guerras de los Dioses, antes de que nacieran los primeros mortales... Incontables vueltas debió dar alrededor del Mundo, y muchos fueron los que se enamoraron de su belleza... De ella decían que detrás habitaba Moulth, Diosa de la Noche y de los Sueños, castigada a habitar siempre su otra cara. Pero al final fue un poderoso demonio el que se la llevó del cielo, Golöel lo llaman, pues muchos afirman que aun sigue en este Mundo, y la oculta en alguna parte.



Extraído del cuento de La Sirada

05 octubre, 2010

La Bruja del Mar


La bruja anduvo arrastrando los pies en el camarote de su nave. Sus ropajes harapientos caían hasta los tablones de madera del suelo, y la seguían varios metros ahí donde iba. Aquel camarote era inmenso. Ella vivía a bordo de esa nave, escondida en la escarpada costa norte de la Tierra de Vikinga. Sus siervos la llevaban donde ella deseaba, y ahora debía atender las peticiones de su Rey, Goromer de Grrim. Lo detestaba. Sus cabellos le caían, blancos como la nieve más pura, por la espalda, y se le alborotaban en la cara. Su tez estaba chupada por la edad, un número que ya ni recordaba. Incontables arrugas dibujaban una forma grotesca, con aquella aguileña nariz y orejas puntiagudas. La barbilla también estaba afilada, como si toda ella fuera una arisca forma de vida. Los ojos eran blancos completamente, sin iris ni pupila. Sólo ella sabía porque sus ojos se habían marchitado, y aun a duras penas le dejaban ver de alguna forma espectral. Un colchón raído en el suelo le servía de lecho, e incontables cirios blancos alumbraban la escena. Estaban repartidos por todo el camarote, sobre la mesa, alrededor de la cama, por el suelo, junto a la vidriera que debía ocultar al mar, apaciguado aun en el exterior... En el centro había una mesa llena de folios escritos, e infinidad de tinteros. Además, había un cofre cerrado, y una planta preciosa en un tiesto de madera. Todas las paredes del camarote estaban plagadas de libros, eran una hilera de estanterías con cientos, sino miles, de libros y libros. En el centro de cada una de las estanterías, opuestas en el camarote, había una vitrina. Una contenía un grandioso mapa del mundo conocido, con todas sus costas bien delimitadas, y en la otra había un inmenso rollo de pergamino, frente al cual se había detenido la bruja. Abrió el cristal con una llave que llevaba al cuello y extrajo el tremendo pergamino, con ambas manos y gran esfuerzo, para llevarlo a la mesa. Lo colocó para poder abrirlo, entre el cofre y la planta. Consistía en dos grandes rollos, con bonitas empuñaduras de madera tallada. Tomó cada una de ellas con sus manos arrugadas, casi esqueléticas, y lo abrió para leer en qué parte de su pergamino de hechizos se encontraba. Aquél rollo de papel era inmenso. En él venían escritas las Cartas de Aënor, un compendio de magia que incluía todos los sortilegios de ese Saber de la Magia. La bruja lo había leído por completo, varias veces en su vida, y su conocimiento era tal, que había logrado llevar a cabo muchos de los hechizos que en él había escritos. Por donde el pergamino se abrió había una infinidad de hileras de palabras que iban de un extremo al otro del pergamino. Todo él estaba escrito a lo largo, y cada línea de letras, al llegar al extremo opuesto, volvía a comenzar escrita debajo de ésta.

La bruja acarició las palabras diminutas con la yema de su dedo, y sin querer arañó el papel con su afilada uña. Estaba negra, y retorcida, como las otras nueve. Entonces se maldijo a sí misma en voz baja, y corrió los rollos de pergamino a la vez para leer más adelante. Los sortilegios se sucedían unos tras otros. De cada uno se contaba su historia, cómo se había descubierto, y cómo llevarlo a cabo. Estuvo largo rato buscando, y leyendo a trozos, y cuando comenzaba sentir el balanceo de la nave, dio con el hechizo que buscaba. Se llamaba Leer la Verdad.


(...)
Extraído de La Bruja del Mar, capítulo décimo noveno del cuento de La Sirada.

26 septiembre, 2010

El Monstruo Acarulga

U era tan bonita... Era muy pequeña, diminuta, pero no le importaba. Vivía entre las ramas de su árbol consciente, bailando sin igual. Jugaba con las libélulas, brincaba de hoja en hoja de los nenúfares, asustando a las ranas. Entre las hojas danzaba, trepando por tronco y brazos, saltando con destreza, pero ansiaba poder alzar en vuelo, planear hasta el pasto y a ras del agua, saborear cada segundo en el aire... Pero no tenía alas, y no había otra cosa que anhelara más en el mundo. Su mayor deseo eran unas alas en su espalda preciosa y morena, con las que revolotear por la pradera, entre el bosque, ir y venir gritando, verse capaz. Pero no lo era. Por ello, era una sirada triste, esperando que le crecieran.

Envidiaba a las mariposas, a quienes miraba en su viajar, codiciosa por sus alas. Recelosa, trataba de cazarlas, para quitárselas e intentar pegárselas a la espalda, pero al ver que no podía, lloraba desde lo alto de su árbol viejo. Entre hojas, en los recovecos de su tronco, en las alturas, vivía triste aquella sirada preciosa. Sólo aguardaba a que crecieran en su espalda...

Alguna vez había pensado en adentrarse a aquel bosque retorcido, pues curiosidad no le faltaba, pero le daba muchísimo miedo. Su charca, y su árbol consciente, eran un lugar maravilloso, del que no deseaba alejarse, pero aquella curiosidad siempre estuvo ahí. Aquel manantial terminaba donde los árboles retorcidos crecían entre gigantes helechos, con sus copas prohibiendo la entrada al sol, y los musgos creciendo de sus ramas. Era aterrador. Su árbol consciente, y un gnomo amigo suyo, le habían hablado mucho del exterior. Y de entre todas aquellas historias de miedo, la del monstruo Acarulga era la que más le aterraba. Era una bestia tan horrible, que hasta le quitaba el sueño por las noches... La verdad es que U era un poco miedica. Aunque le encantaban los cuentos, después a menudo tenía pesadillas, en que los recordaba vívidamente. Jamás se había atrevido a saciar aquella curiosidad, y hasta ahora desconocía lo que pudiera haber más allá de su charca...



Extraído de La Sirada.

09 septiembre, 2010

Dunluce, la Atalaya del Cuerno Marino

La nave zozobró con el oleaje a estribor, y después a babor, y U, asustada, se agarró fuertemente a los barrotes de su jaulita para pájaros. Aquellos mares eran muy arduos para la navegación, y la travesía se había ido complicando a medida que se acercaban a las Islas Flotantes. Estas tierras no se hallaban lejos de la Península de Vikinga, y el Príncipe Assul esperaba encontrar allí refugio y ayuda contra su padre. El viaje fue largo, y ella, que odiaba navegar, estaba harta de sentirse llena de sal sobre su suave piel, sin poder salir de esa jaulita que Assul siempre llevaba consigo, desde su camarote hasta el puente y a lo largo de toda la embarcación. Una vez, incluso la había subido al mayor para mirar desde la cofa, pero ella sólo vio mar a su alrededor, y la tormenta perpetua de los Mares de Eldor, el Torturado, que fueron dejando, primero a babor, y después a popa… Días después de haber perdido de vista a aquel tremendo monstruo de truenos y nubes, avistaron tierra, llegaban a las Islas Flotantes. Aquella costa era muy escarpada, tremendos acantilados se elevaban desde el mar, donde las olas rompían como si trataran de derrumbar unos muros infranqueables. U pensó que, aunque ella no lo viera, a lo largo de los milenios, las diminutas olas iban venciendo a la roca, y que la iban cambiando. Eso le dio esperanza en este mundo en que todo parecía perpetuo, y que iba descubriendo poco a poco. De entre todos los lugares que conoció mas allá de su charca, y de su árbol consciente, aquellas tierras fueron las que más la maravillaron, aunque eso lo sabría mas tarde. Los acantilados de la costa se fueron haciendo cada vez más altos, a medida que se acercaban, y el día fue transcurriendo bajo unos nubarrones grises que no iban a desaparecer en toda su estancia en la isla. Aquella luz gris, filtrada por las nubes, bañaba todo con una magia especial, y cuando la sirada respiró el olor de aquella tierra, sintió que aquel lugar era diferente. Habían llegado a Dunluce, la Atalaya del Cuerno Marino.

La nave surcó las olas que reventaban contra los acantilados, dejando Dunluce a un lado, para dirigirse a Puerto Cliath, que consistía en unos muelles en una playa cercana al castillo. El Príncipe Assul, la sirada y gran parte de la tripulación no pudieron evitar apostarse en el puente, a observar la belleza de la ciudad desde el mar. La fortaleza se elevaba al borde del acantilado, con sus altas murallas defendiendo de ataques marítimos. Era un gran castillo, que mostraba los torreones de una hermosa iglesia y de un gran palacio en su interior, pero lo más impresionante era que frente al acantilado se elevaba un escarpado promontorio separado de la tierra principal, donde habían levantado una atalaya fortificada. Esta sección de la fortaleza se unía a tierra a través de un imponente puente, bajo el cual, afiladas rocas sobresalían del mar. Aquél era un puesto perfecto para defenderse de ataques por mar y por tierra. Era el mejor lugar para edificar la torre donde debía vivir Caira, Señora de la Atalaya. A U le impresionó sobremanera que a ambos lados de la muralla que se levantaba al borde del acantilado, caían dos preciosas cascadas directamente al mar, que debían provenir del propio foso que rodeaba la fortaleza. Era un lugar mágico, impresionante, una atalaya inexpugnable, y Assul, sin dejar de mirarla, habló a la sirada, sabiendo lo intrigada que ella se sentía por el lugar.

(...)

Cuenta la leyenda que una vez un monstruo marino llego hasta aquí para acabar con la vieja ciudad, que por aquel entonces se llamaba Cliath, la Fortaleza de las Cascadas. El monstruo arremetió con todas sus fuerzas contra el acantilado, y Cliath se estremeció. Sus habitantes temieron ser devorados por la criatura marina, pero se defendieron tras sus altas murallas, y al final le dieron muerte, no sin sufrir su ferocidad, pues se levó muchas vidas en el ataque, o eso cuentan. Aquel monstruo, venido de las profundidades del océano, quedo aquí varado para siempre, y su cuerno quedó sobresaliendo del mar, junto a la costa. Y ahí es donde los habitantes de Cliath levantaron una atalaya fortificada, que unieron a la tierra por un puente de piedra. Desde entonces llamaron a la ciudad Dunluce, la Atalaya del Cuerno Marino.


Textos extraídos del capítulo XVIII de La Sirada
Dunluce, la Ataaya del Cuerno Marino
Darka Treake





Recién llegado de tierras celtas, donde he hallado gran inspiración, vengo a presentar tres textos del cuento de La Sirada, que ya he escrito. Cuando me marché, hace más de un mes, estaba un poco perdido, y no me salía nada, pero aquel lugar ha sido revelador...

Allí he pensado mucho en Dunluce, la Atalaya del Cuerno Marino, y en la parte del cuento que se desarrolla en este lugar, y por este momento del cuento. Esta parte estaba bastante negra antes, no sabía bien qué pasaba, sólo que Assul iba hasta allí con U, y que debían escapar, pues llegaba Goromer, para enfrentarse después en la Morada del Viento. Ahora ya sé muchas más cosas, conozco nuevos personajes que aparecen en el cuento, y puedo hablaros de ellos. He vuelto con las pilas cargadas.

Algunos de estos personajes nuevos son Caira, la Señora del Atolón, y la Bruja del Mar. Hoy vengo a presentaros los capítulo 18 y 20, además del Epílogo II del cuento.

06 septiembre, 2010

El Arbol de las Mil Ideas

En un bosque recóndito, encantado dicen algunos, existía un árbol diferente a todos los demás. Se hallaba en la falda de una montaña, bajo la sombra de los atardeceres de las Altas Ered Ilais. Allí, oculto por el bosque, se erguía el poderoso árbol, viejo como el mundo. Sus hojas nacían blancas, y jamás se le caían, era tan bello... De sus ramas aun colgaban hojas desde épocas inmemorables, y en todas ellas, venían escritos cuentos e historias ocurridas a lo largo y ancho del Mundo, en el recorrer de las eras... Su tronco y ramas crecían fuertes, en un tono marrón que entonaba con el infinito blanco de las hojas. Los hechos ocurridos, aquellos dignos de ser contados, y recordados, habían nacido escritos en ellas. Nadie sabía qué era aquél árbol, ni cuál era el propósito de tal tesoro de palabras y palabras encadenadas. Suele existir distancia entre lo que se dijo a la realidad, pero algunos aventuraron que nació de una semilla puesta por uno de los Siete Grandes Lüe, los siete grandes dioses que lo crearon todo. Unos pocos susurraron que no era un árbol en realidad, sino un Semidios, hijo del Dios del Recuerdo en el Mundo. Que lo fuera o no, poco importa ya, pero todo lo que contó, quedó ahí recordado... Y de entre sus hojas, de entre sus infinitas hojas de sabiduría e historia, nació una en que se narró el cuento de U, la sirada, del Principe Assul, y de la Corona Radiante. Una hoja en la que se contaba un cuento en el que aparecía él mismo, el Árbol de las Mil Ideas.



He vuelto.




PS: Para Gemita, que fue idea suya!

13 agosto, 2010

Girasoles...

(. . .)

Y por fin se hizo la luz… El Príncipe Assul corrió la roca, que cayó sobre la tierra seca, y una bocanada de brillo y aire entró en la gruta. ¿Cuánto tiempo podía llevar ahí encerrado? No tenía ni idea. Le acompañaban aquel semiorco y la pequeña U, que ahora estaba sentada en su hombro. Habían caminado cruzando la prisión subterránea, escapando de aquel infierno, hasta dar con aquella salida. Era medio día, y el sol estaba en lo alto, sin una sola nube, deslumbrando sus ojos acostumbrados a la completa oscuridad…

Los tres salieron y quedaron tendidos en la tierra de cultivo, seca y arenosa. El orco comenzó a olfatearla, y él a tomarla entre sus manos. Por fin eran libres de aquel lugar horrible que en ocasiones les había hecho perder la esperanza.

Cuando sus retinas se fueron acostumbrando a la claridad, y el brillo del día dejó de deslumbrarles, se vieron en un extenso campo de girasoles. La gruta comenzaba ahí, tal vez era una entrada vieja, olvidada ya y sin protección. Los girasoles crecían todos hacia lo alto, mirando descarados al sol, con sus tallos verdes y sus pétalos amarillos relucientes. Era un lugar precioso, y U se maravilló, pues no habría podido concebir un campo de flores como aquellas. Entonces, la Sirada se dio cuenta de que ésta era la primera vez que veía el mundo exterior, más allá de su charca y de su árbol consciente. Y le pareció mucho más bonito de lo que le habían hecho saber… Más allá del campo de girasoles comenzaba el bosque, donde debía ocultarse su charca en algún lugar soñado, y tras el manto de abetos y nogales oscuros, nacían las Altas Ered-Ilais. Aquellas montañas mostraban sus cimas nevadas, incluso para aquella época del año. Estaban cubiertas de ese manto verde oscuro, que se elevaba hasta perderse de la vista. Y en algún lugar de aquel bosque, aguardaba el Palacio Encantado de Ëndolin. Y ellos tres iban a encontrarlo.

(. . .)



Este fragmento está extraido del Capítulo 8 de La Sirada.
Estos días estoy poco productivo, 
pero no quería dejar pasar esta visión que he tenido, 
de ese campo de girasoles sobre la prisión subterránea. 
Me pareció una bonita imagen para el momento 
en que por fin salen de ese lugar horrible y oscuro...

Lo que está claro, es que todo llega...

05 julio, 2010

La Sirada



El gnomo sopló sobre su cabeza, y la flor de algodón flotó alejándose, mecida por su aliento. Estaba tumbado sobre el pasto, recostado donde nacía el tronco de su árbol, pensando en U. Se acercó la pipa a la boca, y una bocanada de humo ascendió haciendo espirales desde sus fosas nasales. Aquel lugar era su pequeño paraíso, su árbol. Teether era un gnomo muy peculiar. Le gustaba creer que cuidaba de las hadas y otras criaturas del bosque. A menudo se alejaba de su árbol, uno de los más especiales de aquel bosque, el árbol consciente más viejo de todas las Altas Ered-Ilais. Teether nació de la primera semilla que pudo germinar en el árbol. Cayó al suelo, sobre el pasto, y de ahí nació primero un tallito, y después una bonita flor. Era turquesa, y violácea, en una combinación de tonos preciosos. Cuando la flor brotó, de su capullo nació Teether, un gnomo diminuto que pronto aprendió cual era su tarea en esta vida: contar cuentos. El árbol consciente de Teether era tan especial porque sus hojas nacían blancas como papiros, con cuentos escritos. Palabras y palabras ordenadas, que contaban millares de historias. Y Teether era el gnomo que debía cuidarlas.



Hola!!
Este es un fragmento extraído de capítulo III del cuento de La Sirada, titulado Teether, el gnomo amigo de U.
Os lo dejo aquí para ver si os gusta, como muestrita de este cuento que estoy escribiendo. Hoy he subido al menos 9 capítulos, la verdad es que sin darme cuenta, llevo el cuento muy avanzado!!

Bueno, si alguien se anima a echarles un vistazo, que me dé su opinión!
¿Trato?
Se pueden leer, aquí:





.

23 junio, 2010

Un día en el mundo

Hola!!
Hoy vengo a contaros un poco de mí, y de lo que ando haciendo, porque parece que estoy un poco desconectado de aquí, pero no es así.
Cierto es que ando liado a nivel personal y académico-profesional, y eso me ha quitado tiempo, pero mi cabeza no deja de girar y girar con ideas del nuevo proyecto que tengo entre manos, y del que vengo a hablaros ahora.

Por un lado, anunciaros que el cuento de Lyda de Lis. Historia de una Estatua de Piedra. está casi terminado. Me quedan los últimos capítulos para darle fin, lo cual estoy deseando.
Es más, estoy recibiendo muy buenas críticas del cuento, aunque todo deba decirse, aun hay que revisarlo y cambiar algunas cosillas que me cogean. Pero puedo decir que está casi terminado. ¡Llevo 2 años escribiéndolo!

Y el proyecto que venía a presentaros, y del que ya os había hablado, es La Sirada. Aun no tengo un nombre definitivo para el cuento, pero la verdad es que está realmente avanzado. Como podéis ver en su página, ya tengo la estructura del cuento, y ya he comenzado a escribirlo. Tengo varios capitulos ya terminados, a pesar de no haberlos subido. Ahora mismo estoy trabajando en el capítulo XV, del que os mostré un fragmento en la entrada anterior de este blog. No significa que haya escrito los catorce anteriores, ya sabéis que voy escribiendo así como me van viniendo.
Tan pronto como pueda, actualizo la página de lcuento y subo los capítulos terminados.

Y bueno, en esto estoy trabajando actualmente.
Este cuento que estoy empezando, en el que llevo pensando unos meses, me está encantando. Personajes, argumento, e importancia en Mi Mundo, todo. Y sé que lo escribiré muy rápido!! Al menos, de momento, para ser un cuento largo, va muy avanzado!

Un saludo a todos los que hayan caído por aquí y me hayan leido!!
Darka.

19 junio, 2010

El Atolón

El Príncipe Assul viró el timón unos grados ligeramente a babor, utilizando su única mano. La nave surcaba el océano calmado, y todo alrededor estaba a oscuras. Aquélla era una noche sin luna, y sólo las estrellas brillaban en el cielo. Ni una nube lo surcaba. Por las noches apagaban todas las luces a bordo, para evitar ser vistos desde lejos, así que todo estaba completamente a oscuras. Corría una leve brisa, suficiente para hinchar la mayor, y avanzar a sotavento, hacia un destino donde sabía que nadie lo encontraría. El rumbo estaba fijado por el sol durante el día, había que navegar hacia donde éste nacía, y por Uzkulac durante la noche, una constelación que los marineros conocían como el Triángulo de Verano, que siempre apuntaba al este. En aquella dirección, sin desviarse del grado exacto, se encontraba el Atolón.

Aquél era un puerto franco, al que piratas, corsarios y otra calaña acudía a repostar. No era más que un peñasco que sobresalía en la inmensidad del océano, solitario, y donde tras muchas generaciones de marineros, se había levantado todo un puerto. Las viviendas se amontonaban en la loma, los muelles crecían mar adentro, y en su cúspide, se elevaba un faro, que siempre alumbraba el camino. El Atolón era el punto más cercano de tierra conocida por el hombre a los Mares de Eldor, el Torturado, una masa de agua cubierta siempre por una tormenta inmóvil. La visión desde el puerto franco, decían, era asombrosa. Por el día, que solía lucir cálido y luminoso en aquella región del mundo, se alcanzaba a ver al noroeste la inmensa tormenta, que jamás cesaba. Y por la noche, desde los muelles, alcanzaban a verse los relámpagos, en continua explosión. Era una visión increíble, y Assul soñaba con verla. Había oído hablar mucho del Atolón, y siempre había querido ir, y aquél le había parecido el mejor lugar para esconderse de su padre.

Junto al timón, de donde nacían varios cabos que se elevaban hasta lo alto del mayor, donde unos hombres se apostaban, había un caballete que sostenía una jaula de pájaro. En su interior, U se sentaba sobre el columpio que debía estar sosteniendo a un ave, y no a una Sirada como ella. Aquello, hasta indignaba a la pequeña U, si al menos ella hubiera tenido alas para volar… Sus piernecitas colgaban desnudas desde el columpio, al que se agarraba con ambas manos. Su vestidito azul celeste se mecía con la brisa que movía la carabela, mientras observaba a Assul. No terminaba de comprender a aquel hombre. De hecho, no entendía a ninguno de ellos. Se peleaban por cosas absurdas como bellas flores, coronas negras o reinos, hasta el punto de que padre e hijo pudieran odiarse de tal modo. A ella le daba exactamente igual lo que hicieran con esa corona, que por muy radiante que dijeran que fuera, no era más que un trozo de metal negro y consumido.

Frente a la sirada, Assul miraba al cielo mientras sostenía el timón, sin moverlo un ápice. Ninguno de los hombres a bordo había ido jamás al Atolón, y el Príncipe se guiaba por aquella constelación, sin saber siquiera si existía realmente aquel lugar. Definitivamente, pensó U, aquél era el mejor lugar del mundo para esconder la corona. Por mucho que les persiguiera el Rey de Grrim, jamás daría con ellos en un lugar así. O eso esperaban ambos. Lo que U no sabía, era si quería ir hasta allí, y aun menos quedarse. El Príncipe Assul le había hablado del Atolón, y no le gustaba nada ese lugar. Un peñasco con cuatro casas en mitad de la nada...

Aquella noche la constelación de Uzkulac cruzó la bóveda del cielo, y al final nació el día, y después otro, y otro. Aquellos largos días, calurosos bajo el sol del océano, fueron interminables para U. Assul pasó el viaje obsesionado, aquella flor significaba todo para él, y la pequeña U no podía entender por qué. Siempre la trató bien, la llevaba consigo a todos lados, aunque siempre encerrada en su jaula de pajarillos, salvo una ocasión, que le permitió salir.


Fragmento extraído del capítulo XV del cuento de 
en el que estoy trabajando actualmente.

27 mayo, 2010

El Trono vacío de Ëndolin

Los dos guerreros entraron al palacio y cerraron las grandes puertas tras ellos. Entonces se hizo la calma. Assul, rápido, colocó un gran madero que había para asegurarla por dentro, y se llevó la mano al brazo contrario, donde tenía una herida profunda. Los dos se miraron, sin verse, entre la oscuridad rota por los relámpagos, cuya luz azulada se colaba por las vidrieras, muchas de ellas destrozadas por los estragos del tiempo. Fuera habían quedado sus compañeros, los caídos y los que no habían logrado alcanzarlos.

Llegar hasta allí había sido una hazaña terrible. Cruzaron los mares, hacía semanas, desde las gélidas aguas del norte, hasta las cálidas del Mare Nostrum Interioris. Aquellas costas los habían recibido bien, pues sus gentes nunca supieron sus verdaderos propósitos, y encontrar el palacio derruido no había sido difícil. Llegar a él era lo que había costado. El castillo estaba abandonado hacía ya muchos años, y se hallaba en el fondo de un valle. Las altas montañas que lo rodeaban, la Cordillera de Eled-Ilais, nombre heredado de los elfos en viejos tiempos, estaban nevadas, y todos se reconfortaron con ello, recordando su hogar helado, el Reino de Grrim, en la lejana Escandinavia. La situación del valle entre estas montañas hacía de embudo para las corrientes de aire, y allí se arremolinaban continuamente oscuras nubes, que no cesaban en descargar una fuerte tormenta. En aquel lugar siempre estaba lloviendo, y terribles relámpagos caían incesantemente. Era un lugar desolador, donde la única forma de vida que podía crecer era aquel prado de helechos. Todo el Valle de Ëndolin, alrededor del palacio en ruinas, estaba cubierto por un manto de vivo verde, una alfombra de helechos. Era un lugar precioso, mágico incluso, con aquel castillo arruinado, cubierto de enredaderas, coronando el valle verde. Según decían las gentes que habían encontrado de camino, aquel lugar estaba encantado. Aquel castillo había sido una vez la capital del Reino de Himn, que desde la Cordillera de Eled-Ilais, descendía hacia el sur hasta la costa del Mar Interior. Nadie había habitado el lugar en el último Siglo, salvo, decían, los protectores del lugar, que cuidaban del castillo y hacían guardia ininterrumpida para salvaguardarlo de los invasores, que no habían sido pocos. En su interior, al parecer, se guardaba algún tipo de tesoro, una reliquia de antaño, cuya historia se perdía en los anales del tiempo…



Extraído de El Trono vacío de Ëndolin,
Prólogo al cuento de La Sirada
Darka Treake

12 mayo, 2010

Las piezas de puzle

A menudo hay objetos que perduran, resistiendo el paso del tiempo, los avatares y las adversidades, no porque sus materiales sean resistentes o porque nadie los pierda o deje olvidados en un rincón, sino porque tienen una vida propia. Porque forman parte de un cuento, y porque siempre hay alguien para contar su historia...

Hace mucho tiempo ya que comenzó esta historia que narro ahora. Se trata de un objeto singular, capaz de unir a las dos almas más distantes, y de separar a las mejor entrelazadas... En los albores de la civilización, cuando los hombres aprendieron a amarse y a sufrir, hubo un caballero que deseó atrapar para siempre a una bonita doncella. Con ese pretexto, acudió al alquimista de palacio, un hombre tan viejo y sabio como el mundo, y le rogó que le fabricara un objeto que soportara el paso del tiempo. El caballero precisaba un objeto que le uniera para siempre a su amada, y le rogó que les hiciera un objeto mágico, para que su amor no terminara nunca. El alquimista le dijo que el amor, como muchas otras cosas, puede ser para siempre, o no, y que si por su propia naturaleza se muere, hay que dejarlo morir. El caballero encolerizado, le ordenó amenazándolo con su espada que hiciera el encargo, y este, temiendo por su vida, aceptó. Pero le dijo que crear el amor era fácil, hacelro infinito ya no era cosa suya. Y como el caballero y la doncella ya se amaban, de ellos dependería que la magia del objeto funcionara.

Entonces el alquimista se marchó a buscar los materiales sagrados. Acudió a una gran montaña, cuyo nombre y ubicación se reservó, y extrajo de la tierra, con sus propias manos, los metales más bellos. Esperó a que la luna no mirara, pues aquel hechizo no podría ser legítimo en un mundo en que el amor sigue sus propias reglas. Y así, durante una larga noche de la luna nueva, forjó una pieza de aquellos metales. Primero los fundió con esmero, mezclando sus esencias, y después, sobre un yunque, forjó la pieza mientras narraba sortilegios prohibidos. El resultado fue una plancha de unos centímetros, con forma rectangular. Para terminar, la dividió en dos pedazos, que los dos amantes deberían poseer. La cortó cuidadosamente, con la forma de un dos piezas que encajaban como un puzle.

Ya devuelta en palacio, le entregó las dos piezas al caballero, y éste se lo agradeció con preciados tesoros que él se negó a aceptar. Cuando se las entregó, le advirtió que aquellas dos piezas de puzle poseían una magia poderosa, y que no funcionarían con cualquier pareja de amantes. Le dijo que esas piezas bien podrían convertir un amor terrenal en eterno, pero que, y le pidió que prestara atención a esto, sólo lo finito podría ser infinito si se trataba de un amor verdadero. Si dos amantes poseían las piezas y lograban hacerlas encajar, significaba que aquellas dos personas se amarían siempre, por numerosas que fueran las encrucijadas que los separaran, pero que si un amor debería morir por sí solo, esas dos piezas no podrían encajar jamás.

El caballero, seguro de que su amor por la doncella era verdadero, partió a regalarle una de las piezas del puzle. Ambos se encontraron en un bosque precioso, cuando la luna ya lucía en la noche, en su cuarto creciente, y a ella le maravilló. Los dos se abrazaron, se besaron e hicieron el amor por última vez. Entonces, desnudos en mitad del bosque, trataron de encajar las piezas, sin conseguirlo. ¡Aquél puzle era imposible de montar! Las dos piezas no llegaron a encajar, y el caballero, furioso, las arrojó al suelo, y ahí quedaron, en el bosque, olvidadas por mucho tiempo, hasta que otra pareja de amantes la encontrara.

Así, partió en busca del sabio alquimista, y allí le dijo que le había engañado, y que venía a matarlo. Entonces el alquimista le dijo que él jamás le engañó. Que le había advertido de que las piezas sólo encajaban en personas que se amarían siempre. Y que si en sus manos y las de su doncella, no había sido posible, sólo significaba su amor no sería para siempre... Antes de matarlo, se aseguró de hacerle entender aquello, las piezas funcionaban perfectamente, eran ellos dos los que no encajaban, si hubieran estado realmente conectados, las piezas habrían encajado. 

Después de aquello nadie volvió a ver al caballero. Y su doncella lo añoró mucho, y lloró impotente. Él se había marchado por miedo a perderla, y ella lo perdió para siempre...




Este cuentito es un relato paralelo al cuento que estoy comenzando a escribir. Aun desconozco su título, espero pronto hablaros de él.
Estos días he estado ausente, pues he tenido la cabeza en otras cosas y quehaceres. Y no sabéis cómo lo siento, echaba de menos venir por aquí. Cómo me alegro de haberlo hecho al fin.
Espero que os gustara el cuentito de las Piezas de Puzle!!!
No temais si es triste, pues este tan sólo es un relato que narra la historia de un poderoso objeto, no la de dos amantes que se perdieron...


Hasta pronto!
Darka.

16 abril, 2010

La Corona Radiante

Cuando la mayoría de los Dioses fueron exiliados a vivir en la otra cara del Mundo, hubo uno, un Semidios, que se escondió en el cuerpo de un elfo. Él fue Lúralan, Señor de la Luz y los Amaneceres. Por mucho tiempo habitó entre los elfos de Firindain, los Artesanos, una de las Doce Altas Estirpes de los Elfos, de quienes aprendió mucho. Con ellos combatió en las Guerras de la Sangre, que masacraron y terminaron por destruir la Tierra de Aradán, donde vivían. Pero cuando se hizo la paz, Lúralan partió junto a Firin, Primero de Firindain, a bordo de su Navío, a recorrer los Mares del Mundo, y junto a él pasó largo tiempo.

Así, pudo conocer tierras lejanas y exóticas, inhóspitos lugares y sitios que jamás habría soñado que pudieran existir. Estuvo en playas de sueño, en paraísos terrenales, y en oscuros desiertos en que sólo existe la maldad. Pero cuando visitó la Torre del Recuerdo, decidió quedarse allí, y comenzó a adorar al Dios del Recuerdo, que habita en lo de esta torre en interminable construcción.

Allí mismo, colocando piedras en la cúspide de la Torre del Recuerdo, observó a la Luna cruzar los cielos del Mundo, hasta enamorarse de ella, y de Moulth, Diosa de la Noche y las Estrellas, quien la habitaba. La Diosa, castigada, estaba presa al otro lado de la Luna, y había sido ansiada por muchos antes y después de Lúralan. El mismo Dios del Recuerdo la amaba sobre cualquier cosa que existiera. Pero Moulth, al conocer a Lúralan, encontró en él su única debilidad, y quedó cautiva por su amor.

Moulth, Diosa de la Noche y las Estrellas, y Lúralan, Señor de la Luz y los Amaneceres, se amaron ocultándole su pasión al Dios del Recuerdo, hasta que ella logró escapar una vez de su prisión tras la Luna, y ambos hicieron el amor apasionadamente, cuando éste los sorprendió y estalló en ira. Entonces, el Dios del Rercuerdo, convirtiéndose en la más poderosa tormenta, trató de acabar con Lúralan, para vengar la traición.

El Semidios, oculto en el cuerpo de un elfo, al hacerle el amor a la Diosa, tuvo una maravillosa visión, y con ella, forjó la Corona Radiante, con la intención de regalársela. Se trataba de un objeto que brillaba de forma tan intensa que logró ahuyentar a la tormenta en que había tomado forma el Dios del Recuerdo. Pero la Corona Radiante, cómo Moulth, tenía una debilidad también: sólo brillaba cuando la Luna surcaba el cielo, y así, durante una noche de luna nueva, el Dios del Recuerdo, sabiéndolo, encontró a Lúralan, allá donde se ocultaba, y le dio muerte terrible...


Ambos lucharon con valor, pero la tormenta sacudió la tierra que Lúralan pisaba con tal fuerza, que éste fue incapaz de detener su golpe. Y sin el brillo de la Corona Radiante, el Dios del Recuerdo fue capaz de derrotarlo, haciéndole pagar su traición con mucho sufrimiento antes de morir.

Entonces Moulth, que no pudo observar el combate desigual desde el cielo, entristeció hasta tal punto, que la Corona Radiante no volvió a brillar en mucho tiempo. El Dios del Recuerdo, que jamás desistió en amar a la Luna y a la Diosa oculta tras su rostro de plata, decidió asegurarse de que el poderoso objeto quedara oculto en algún lugar del Mundo.

Y así fue como la Corona Radiante, el poderoso objeto que forjara Lúralan, Señor de la Luz y los Amaneceres, para regalársela a Moulth, permaneció en lo más recóndito. En torno a ella creció la leyenda, y muchos fueron los que desde entonces la buscaran. El Dios del Recuerdo le encargó cuidar de su secreto a la Orden Negra, quienes la mantuvieron oculta en un aletargado silencio…

Fue mucho tiempo después, cuando el héroe Belean, de Himn, desconocedor de la historia relatada, la robara y con ella lograra grandes hazañas. Él fue quien derrotara, sirviéndose del poder de la Corona Radiante, a Golöel, el Demonio Resentido imaginado en el Amor de Orfgod, dando fin a la Gran Guerra de la Roca.

Belean la ciñó majestuoso, e inscribió su nombre en las Crónicas del Tiempo. A su muerte, sus herederos la poseyeron, y muchos trataron de apoderarse de ella, sin conseguirlo, hasta que su legado murió, y la Corona Radiante quedó en trono vacío, a la espera de que alguien la ciñera valeroso, sin ánimo de mimar a la Luna, eterna prisión en movimiento de Moulth, Diosa de la Noche y las Estrellas, quien una vez se enamorara de Lúralan…



Memorias Olvidadas
Darka Treake

NOTA: La imagen, aunque apropiada para el relato, 
es una instantánea tomada anoche, de una tormenta eléctrica 
durante la erupción del volcán Eyjafjallajökul, en Islandia.

26 marzo, 2010

Teether y la planta triste

Teether, el gnomo amigo de U, tropezó con una enorme caracola y cayó de bruces sobre la arena, y el tiesto que iba cargando a todos lados rodó amenazando desprender sus flores sobre la arena de la playa. Aquellos días las hojas de la planta crecían en un tono oscurecido, estaban resecas, aunque sus tallos aun eran verdes y firmes. Las flores, además, las dos que había, que una vez fueron blancas y hermosas, ahora estaban marrones, mustias. Sus pétalos, que una vez fueron bellos y relucientes, hoy cubrían el tremendo pistilo amarillo sin fuerza, a punto de caer muertos. A pesar de ello, aun estaban perfumadas, y si te acercabas, llegabas a oler aquel aroma tan delicioso que solo esas dos flores tenían en el mundo…

Teether quedó ahí tirado unos instantes, agradeciendo que la planta no saliera de su tiesto improvisado, por miedo a que muriera, o a que ella misma decidiera plantarse allí, en aquella playa donde no tendría alimento alguno, salvo el salado traído por el mar… Pero entonces echó a correr y la recogió, y la abrazó con cuidado de no romper ni una sola de sus hojas, o de que cayeran sus pétalos mustios. Y se acordó de U, sintió ese vínculo que la planta tenía con la sirada, y supo que ella estaba triste, en alguna parte.

Recordó cuando U le contó que aquella planta, la única en su especie, había nacido de una pequeña semilla caída de su árbol consciente, en su oasis de sueño, junto a su estanque precioso. Según le dijo el árbol consciente a la sirada, la planta que naciera de aquella semilla sería especial, diferente a las demás. U y ella siempre estarían unidas. Si U estaba alegre, la planta crecería hermosa, brillante y llena de vigor. Pero si ella estaba triste, la planta iría perdiendo su fuerza y su belleza, poco a poco iría escapándosele la vida… El árbol consciente, además, advirtió a U de algo muy importante, si una de las dos moría, la otra también lo haría. Pero le dijo que no se preocupara, que mientras ella viviera feliz, y sonriera todo el tiempo con esos labios tan bonitos, la planta que naciera de aquella semilla sería hermosa y estaría llena de vida. No necesitaba alimento alguno, además de la alegría de U…

Pero en ese momento, en que Teether buscaba a U, a su sirada amada, a su amiga inseparable, la planta lloraba y se marchitaba. Poco a poco se estaba muriendo. Y eso sólo podía significa una cosa. Allá donde estuviera U, estaba triste, y lloraba. Y así pronto la planta moriría, y entonces lo haría también la sirada. Y de la misma manera, moriría el mismo pobre Teether, quien amaba a U sobre cualquier cosa en aquel recóndito mundo imaginado…

14 marzo, 2010

El Rey Goromer, de Grrim

La puerta del palacio se abrió de golpe, chocando contra la pared, y dejando entrar una bocanada de aire frío y nieve que sacudió a todos los presentes. El fuego en el interior, situado al centro de la estancia, se tambaleó furioso, como si la ventisca que traía el recién llegado hubiera disturbado su calma… El guerrero entró y caminó firme. Iba ataviado con gruesas pieles, un yelmo con cuernos de dragón, y dos pesados martillos a la espalda. Sus botas habían recorrido un largo camino para traerle grandes nuevas al Rey, Goromer, de Grrim. Llegó ante el trono, donde el Rey, ebrio ya a esas horas de la noche, fornicaba con dos mujeres. Éste las empujó de encima suyo, quedó sentado en su trono de roca maciza, completamente desnudo, salvo por su corona de plata, que no se la quitaba ni para dormir. Tomó un sorbo de aguardiente y esperó a que el emisario hiciera una reverencia digna de sí. Sin ella no tendría derecho a hablar ante el Rey de Grrim. El recién llegado, a sabiendas del protocolo, se postró, arrodillando una pierna, se quitó el yelmo, y bajó la cabeza hasta que le dieran palabra.

- Hola, Rogho, llevábamos tiempo esperándote. Habla cuanto antes, y no escatimes en detalles.- La voz del Rey resonó en el gran salón, pues todos los presentes, la música y la fiesta, se habían detenido.

El emisario, sin levantar la cabeza, le habló, mirando a los pies descalzos de aquel hombre al que admiraba, y al que debía su vida y la de sus descendientes.- Mi Rey, es cierto. La Corona Radiante descansa en un trono vacío, esperando a ser ceñida por un alto señor…

- ¡Sí!- Gritó el Rey.- ¡Que suene la música, que continúen los bailes, y que las rameras sigan complaciéndonos! La celebración hasta ahora era por una esperanza. ¡Esta noche brindaremos por nuestra próxima conquista!- Esto último lo dijo de pie, elevando el cuerno que usaba por copa, y los vítores se elevaron en el salón, el gentío volvió a colmarlo todo, el fuego hasta estalló eufórico, y la música lo acompañó, en un redoble de tambores y una mezcla de cánticos y melodías de instrumentos de cuerda.- Mi buen Rogho, descansa esta noche, embriágate con la bebida de tu propia tierra, sáciate con alguna mujer, ¡y más le vale que te de cuánto mereces por tamaño recorrido y tales nuevas! Pues mañana ordenaré talar los bosques, acabaremos con todo árbol que aun se yergue en estas tierras, y pronto las naves estarán listas. En ellas nos haremos a la mar, y juntos regresaremos a la tierra que llaman Himn, donde los hombres esperan un Rey para ser gobernados…

13 febrero, 2010

El árbol consciente

Si siembras una ilusión y la riegas con tu amor y el agua de la constancia, 
brotara en ti una flor, su aroma y su calor te arroparán cuando todo vaya mal...
(...)
Y que mi luz te acompañe, 
pues la vida es un jardín donde lo bueno y lo malo se confunden, 
es humano no siempre saber elegir...

La Rosa de los Vientos
Mägo de Oz



A veces las cosas no suceden como cabe esperar, pero ello no significa que no sucedan como deben suceder... A menudo el destino tiene sus proopios métodos y maneras para maravillarnos, alcanzando sus fines más remotos e inesperados...

Existe una verdad secreta que pocos conocen. Todos los árboles viven, eso lo sabemos, nos lo enseñan en el colegio, así como a cuidarlos, aunque muchos olvidan esto. Pero hay ciertos árboles que viven de una forma que pocos pueden imaginar. Éstos árboles tienen conciencia, sienten y piensan, se motivan por vanalidades como los hombres, y se enojan, asustan y sufren como cualquier otro ser vivo con libre albedrio. Algunos de ellos pueden moverse, aunque sólo lo hagan cuando nadie mira, otros en cambio son incapaces. Unos hablan, otro sólo escuchan. Y todos, sin excepción, bailan al son del viento, cantando con el roce de sus ramas. Hay muchas clases de árboles conscientes: abetos, encinas, sacues llorones, almendros, ficus de troncos retorcidos... Pero del que vengo a hablaros, es un laurel de las indias.
El secreto que nadie sabe y que procedo a revelar aquí en un susurro escrito, es que todos estos árboles conscientes tienen un dama que los cuida, los anima y da conversación. Esta dama es en esencia como su árbol, aunque en forma puede adoptar múltiples posibilidades.

He aquí el relato de uno de estos árboles conscientes, desde sus comienzos, hasta donde debe narrarse: resulta que una vez, por capricho del hades o de cualquier otro limbo, un inmenso árbol dejó caer una de sus semillas. Lo habitual en aquel bosque es que sus retoños crecieran extendiénse en la planicie, como en los últimos milenios, pero esta vez no fue el caso. Cuando la semilla calló al pasto, a los pies de este gran árbol, el viento la recogió y llevó lejos. Se trató de una ráfaga enviada o no por algo mayor. Algunos pensaron que era el destino, esas fuerzas inmesurables que lo hacen todo, pero otros pensaron que el viento es el único que se miueve sólo, a su propio ritmo, y que la semilla viajó por mera casualidad. El caso es que viajando grandes leguas, cruzando campos yermos, saltando ríos y pasando desapercibida entre hombres y otros habitantes de la tierra que podrían haberlo arruinado todo, llegó a caer a una charca que hasta ese momento no era más que lodo.

Tal vez la porquería y la inmundicia engendraron la vida, alimentando la semilla, y así nació un loto en tono azulado. Fue una flor bellísima, cuyas hojas flotantes pronto cubrieron el pantano, creciendo y creciendo, hasta que un tallo fue capaz de elevarse del agua. Así nació aquel árbol consciente. Aquel tallo se irguió cuanto pudo, alimentándose de la podredumbre del pantano, purificándolo, y así sus aguas quedaron cristalinas y bellas. Aquello que una vez fue una ciénaga, se convirtió en un lindo bosque. Los árboles retorcidos de alrededor se estiraron buscando la luz. Los helechos, marrones y arruinados, coogieron un color verde vivo. El suelo arcilloso se cubrió de pasto y florecillas de diferentes colores. Brotaron setas de todas las formas y sabores, acudieron animales de todos los lugares, piaron los pajarillos y nacieron los peces en la charca. Aquel sitio se convirtió en un bello oasis en mitad de aquel lúgubre bosque.

Fue encontonces cuando nacio ella: la dama del árbol. La primera semilla que un árbol consicente deja caer no es para reproducirse, sino para traerla a ella al mundo. Ésta calló desde las ramas bajas, y fue a parar al agua cristalina. Y allí, en las profundidades, nació U, una sirada. U no era un hada, ni una sirena, era una sirada. Fue diminuta y nunca creció. Pronto le crecieron largos y oscuros cabellos sobre una tez marrón. Cuando estaba sumergida tenía el cuerpo de una preciosa sirena, y cuando emergía, adoptaba la forma de un hada sin alas.

U cuidó por largo tiempo de su árbol consicente, con quien hablaba. Habitó entre sus raíces sumergidas, entre sus ramas en lo alto de su copa, y en el interior de su tronco, donde nadie podría encontrarla. Fue feliz, aunque siempre ansió muchas cosas. Hasta que un día apareció alguien que le invitó a echar un vistazo más allá de aquel lugar encantador, a internarse entre los árboles retorcidos que crecían alrededor del oasis en que vivía, y a conocer la realidad de un mundo cambiante e inmenso... Ella renegó desde un principio, sin querer saber, pero un día se despertó con la duda, y lloró con la idea de abandonar su árbol y aquel lugar maravilloso en que se sentía protegida, al que pertenecía. No podía abandonar su árbol, ni sus aguas cristalinas, ni sus ramas y hojas... Adoraba demasiado ese lugar mágico...

06 febrero, 2010

El Trono Vacío

Érase una vez un Reino sin Rey. En el gran salón de palacio, dos fuertes guardias custodiaban día y noche un torno vacío, en el que sólo había una corona, a la espera de ser ceñida por un hombre valeroso. La esperanza del pueblo ya había decaido, y en las tierras que dominaba la Torre del Rey, ya no crecía nada. El ganado moría de hambre y sed, y las gentes se aburrían y desfallecían de tristeza. Muchos fueron los que aspiraron a cuidar al pueblo, pero ninguno de ellos fue digno de tal honor. Era la desesperación tal, que se organizaban torneos y justas para nombrar un candidato, pero en ellas jamás había vencedor. Se decía que había caido una maldición, y que ya jamás ningún otro reinaría.

Antaño aquellas tierras fueron territorio de los moros, pero un gran héroe, al que llamaban Belean, llegó para hacerles retroceder. Empuñando las Espadas Gemelas logró derrotarlos y fundar tan basto Reino, y tras generaciones de paz y prosperidad, el último Rey, viejo y arruinado, les dio a sus dos hijos la oportunidad de disputarse el trono. Ambos se marcharon, y cuando uno regreso, dijo no ser digno de gobernar. Había asesinado a su hermano, y perdido las Espadas Gemelas del héroe Belean. Y desde entonces, el trono quedó vacío, a la espera.

Se libraron grandes batalllas, los campos y las playas se tiñeron con la sangre de guerreros que acudían a disputarse aquella corona, pero jamás ninguno logró cruzar las puertas del gran salón de palacio. Aquella torre quedó triste, abandonada, y el paso de los años la arruinó. Pero siempre sus dos guardías permanecieron firmes, ante el trono vacío.

Una vez, un valiente guerrero llegó ante la puerta del palacio arruinado, y justo allí, una tormenta imprevista descargó un gran rayo y lo fulminó, esparciendo sus cenizas por el campo. Otro llegó a llamar a la puerta, tres golpes fuertes sonaron sobre su madera, y los los dos guardias se inquietaron, pensando que podrían por fin abandonar su empresa. Pero cuando abrieron los grandes portones del salón, aquel hombre estaba muerto, sin mayor explicación, ni rastros de enfermedad. Uno, que había derrotado a cuantos se habían interpuesto en su camino, llegado de tierras del sur, más allá del mar, se lo llevó un territble huracán. Lo encontraron mal herido en la playa, y dijo antes de morir que nadie podría jamás reinar allí.

Todo aquél que lo intentó, que vislumbró la posibilidad de traer paz y calma a aquellas tierras, pereció en el intento. Las gentes se sublevaron, y un tiempo de oscuridad cayó sobre todos ellos. Los cielos se entristecieron, y la lluvia no dejó de caer. El mar embraveció, y sus costas recogieron restos de incontables naufragios. Los más bravos se aventuraron a cruzar las tierras colindantes, pero ninguno pudo llegar hasta aquel trono.

Los guardias esperaron, apoyados sobre sus lanzas, a que alguno fuera capaz de entrar en el gran salón del Rey, y para aquél que lo lograra, le esperaban con una última prueba. Éste debería resolver un acertijo, que aun no había sido nombrado...



Continuará...
Esto han sido sólo breves notas, que giraban en mi cabeza, y que seguro darán algún resultado. Iba a escribirlo en mi cuaderno, pero he pensado en contároslo aquí, pues así me animo a continuarlo.
Espero que os guste! !


Las notas hay que escribirlas en verso...
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02 diciembre, 2010

El Árbol de las Mil Estrellas

Aquél era el único lugar del mundo en que el cielo se tornaba rosa al atardecer. No se trataba del anaranjado que en la última hora de la tarde cubre el cielo, o del rojizo con que el sol desaparece en el horizonte del mar. Se trataba de un color rosado, tan claro que parecía que el cielo se acolchara, que se fundiera con la magia del bosque cuando el día terminaba. Era algo precioso. Y sólo ocurría en esa porción de bosque, justo sobre aquel árbol de hojas negras y flores blancas. El árbol de las mil estrellas, lo llamaban, o así le gustaba llamarlo a ella, la dama del árbol.

En aquel momento, ella se encontraba columpiándose, sentada sobre una liana que colgaba de su árbol, a la que había atada un gran palo, que le servía columpio. Ella llevaba un vestidito negro, y una red negra y roja le hacía de medias. Estaba descalza, y tenía unos guantes fuxia rotos por los dedos, que asomaban, bien aferrados a la liana. Se daba impulso con las alas, cuyos tonos rojos chillón se mezclaban en hermosas formas con el negro. La melena morena bailaba también con el vaivén, estaba cortada de una extraña forma, pues cada vez que se aburría, ella misma le daba forma con unas tijeras.

Justo entonces apareció Teether, que también era amigo suyo. Éste venía cabalgando en un gato grisáceo, de angora, de largo pelo reluciente, y parecían apresurados. Lo cabalgaba sobre una silla de montar, cual caballo a medida, y en la grupa del gato, llevaba atado un tiesto con una planta. Las hojas de la planta estaban comenzando a secarse, como si haberla sacado de su lugar le hubiera puesto triste, y la firmeza con que una vez brillaron sus flores blancas, ahora estaba decayendo.

- Anda, hola.- Le dijo ella riéndose, pues a menudo era la frase que utilizaba él para saludarla.

Teether sonrió.- Hola.- Y desmontó a su gato, ignorando la burla del hada. El minino, al verse libre, dio una vuelta sobre sí mismo, y se puso a lamerse la entrepierna. Entonces miró a la dama del árbol, y se quedó con esa mirando que ponen ellos antes de atacar a una presa.

- Dile a tu gato que no me mire así.

- No te preocupes, pues no te hará nada...- Y le acarició la cabeza.- Más le vale... ¿Verdad grandullón?

Y el gato desvió la mirada, volviendo a su entrepierna.

- ¿Cómo estás, Teether?- Le preguntó ella sonriendo, estaba muy feliz de que el gnomo hubiera ido a verla. Siempre que aparecía le contaba un cuento, y a ella le encantaba.

- Apresurado.- Contestó.- Estoy muy apresurado.

- ¿Por qué?

- Se ha perdido una amiga mía...

- ¿Quién?- Preguntó ella, deteniendo el columpio al instante con las alas.

- U, una sirada... ¿La has visto por aquí?

- No...- Se encogió de hombro el hada desde su liana.

Teether observó aquel árbol enorme. Su tronco se elevaba mucho, y sus ramas estaban plagas de tremendas hojas negras y de flores blancas. Entonces el gnomo observó el cielo, de aquel color rosado, y el pareció maravilloso, le asombraba cada vez que lo veía. Después le habló a la dama del Árbol de las Mil Estrellas, mirando a su alrededor.- Veo que te has portado bien.

Ella asintió muy contenta.- Claro.

- Eso está bien. Oye, si ves a U, ¿le dirás que la ando buscando, y que regrese a su charca...?

- ¿A cambio de qué?- El hada sonrió pícara.

- mmmm... Te puedo contar una adivinanza.- Ella asintió, deseándolo.- ¿Qué es aquello que no se puede ver, y que sólo pueden tocar aquellos que creen que existe?

El hada volvió a sonreír, y se quedó pensativa. Miró al gnomo, y le habló, poniéndose de pronto muy seria.- Esa es difícil...

- ¡Te dejo pensándolo!- Y lanzó un silbido que hizo que gato diera un salto. Él lo montó, y después se despidió.

- Hasta pronto, ¡espero que la próxima vez que nos veamos me digas la respuesta!
Ella ni le contestó, pues se quedó pensativa. Y cuando él había desaparecido entre los árboles, cabalgando su gato con aquella planta marchita a cuestas, batió sus alas para volver a columpiarse...



Extraído de La Sirada.

20 noviembre, 2010

Mis Cuentos Terminados


Ésta es la historia de Mëryl, el Dorado, un poderoso dragón que cayó rendido de amor por Tai, una sirena que le tenía un miedo incontenible. Ella, asustada, nadó hasta una costa muy lejana, donde se elevaba un castillo habitado por un malvado brujo. Lo que a todos ellos les sucedió, ya sólo forma parte de sus páginas. El viaje que hizo la sirena fue tan trascendental en la historia de todo un Mundo, que su cuento fue relatado por largo tiempo...



Alba fue una bonita niña encontrada en alta mar por los elfos, que la cuidaron y alejaron de las tierras de los hombres. Así, creció en una isla virgen, llamada Niaghara, en el Mar de las Sirenas, que baña la costa norte del Continente Prohibido de Hiria. Ella vivió feliz en su selva, con los elfos, pero una vez tuvo un sueño que lo cambio todo...



¿Cómo es posible que una melodía pueda contener tanto odio? La Canción de Clauda fue donde se guardó el odio más irracional, y sus notas estaban destinadas a concebir a uno de los más poderoso Demonios Resentidos. Dos fueron las elegidas, una mujer y una elfa, a conseguir la partitura, robada de las incontables estanterías de la alta Torre del Recuerdo. Sólo él sabía la que se avecinaba...



Si existe el destino, es algo que no desvelaremos en este cuento, aunque en él se narre la historia de un hombre que trató de burlarlo. Además, en sus páginas se relata la vida de Agenon, un héroe de la Edad Antigua. Este cuento habla de diferentes acontecimientos que sucedieron a lo largo de la historia de todo un Mundo, presentados a modo de pedazos, que en realidad guardan todos relación.



Una noche de celebración y gloria, de embriaguez y festejo, lo cambió todo. Los ejércitos de elfos, enanos y hombres, juntos, habían derrotado a Golöel, el último de los Siete Demonios Resentidos. Y aquella misma noche, nació su leyenda. Kelpie, a la que llamarían la Dama del Amanecer, fue una mujer que cambió la historia, al acostarse con el Héroe Belean, de Himn, quien había logrado derrotar al poderoso demonio... En este cuento se narra lo sucedido a lo largo de cinco noches, todas ellas lo cambiarían todo. Lo arruinarían todo.



Scrópolo llegaría a ser un gran sacerdote de Ssuhl, el Dios Muerto, pero antes de obtener tanta recompensa, no era más que un despojo, que malvivía alimentándose de sus víctimas. Éste es un capítulo de su vida, en su largo recorrer hacia la no vida que prometía el Dios Muerto...



Los pequeños gestos a veces pueden cambiar las cosas. Éste es un cuento de piratas en que se narra la historia de un navío de leyenda, a la que entrarían a formar parte algunos de los que, ávidos por sus tesoros, estuvieran tan locos como para ir a encontrarlo...



Todos los héroes de leyenda tienen su ocaso, y en esos días en que ven sus fuerzas menguar, añoran las viejas glorias, y desean regresar. El nombre de Halkirk, Castigo de los Monstruos, fue muy sonados en las canciones de los juglares y trovadores por mucho tiempo. Éste sólo fue uno de los cuentos que contaron de él, la leyenda de todo un lago...



Los Doce Navíos Elfos fueron puestos en los Mares del Mundo al comienzo de la Edad de los Elfos, tras la Batalla del Juicio. Los doce llegaron a una gran isla, a la que llamaron La Tierra de Aradán. Ésta es su historia, la de las Doce Altas Estirpes de los Elfos, que pronto dominarían bastas regiones del Mundo. Aquí se relata lo sucedido a las doce familias elfas, durante la Edad de los Elfos y la de los Hombres. Se habla de sus guerras, de sus Reyes, y de sus pasiones. Es, además de un gran cuento, un compendio con todo lo que sé de los elfos en Mi Mundo, al menos hasta la fecha...



Si existe una historia que pueda ser un cuento de hadas, un cuento de piratas, un cuento de amor y de lucha por la libertad, de crecimiento personal y de cambio, una historia de odio familiar en que haya cabida para la política y el idealismo, en el que aparezcan tanto hadas, como gnomos o árboles parlantes, monstruos, reyes y brujas, príncipes desterrados, lugares de sueño y objetos mágicos, venerados como reliquias de épocas remotas, ese cuento es La Sirada...

01 noviembre, 2010

Sinopsis de La Sirada

Si existe una historia que pueda ser un cuento de hadas, un cuento de piratas, un cuento de amor y de lucha por la libertad, de crecimiento personal y de cambio, una historia de odio familiar en que haya cabida para la política y el idealismo, en el que aparezcan tanto hadas, como gnomos o árboles parlantes, monstruos, reyes y brujas, príncipes desterrados, lugares de sueño y objetos mágicos, venerados como reliquias de épocas remotas, ese cuento es...






Ya estoy acabando este cuentito, y está quedando precioso.
Creo que voy a probar a enviarlo a editoriales, para ver si hay suerte. La Idea no me termina de convencer del todo, pero el gusanillo es más fuerte. Me encantaría ver un título mío en las estanterías de las librerías... en fin, habrá que intentarlo.
Me queda nada! pronto os cuento.

saludos!
Darka.

17 octubre, 2010

El Periodo de la Sombra

Se encontraban en lo alto de una loma, y en el fondo del valle formado por dos montañas que bajaban desde bien alto, se hallaba la ciudadela, sobre un manto de verdes helechos. Decidieron hacer noche allí, y acercarse con la luz del día. No hicieron fuego, pues tampoco tenían nada que llevarse a la boca, y preferían no ser vistos. Y como pudieron, se acurrucaron para darse calor. Allá abajo estaba el Palacio de Ëndolin, y era precioso.

- Teníais que haberlo visto con la Luna de fondo, en noches como ésta, tanto tiempo atrás que ninguno de los que conocía de aquella época vive aun...- Dijo Orfo, el semiorco.

- ¿La Lula?- Preguntó U de repente.

- No, la Luna. Era una hermosa roca que flotaba en el cielo, era enorme, redonda y preciosa. Brillaba a intervalos, sonriendo cuando comenzaba a encenderse o se apagaba. Pero la robaron del cielo.

- ¿mmm?- Volvió a preguntar U.

- Una noche, simplemente no salió. Y así llevamos ya, casi cerca de un Siglo.- Quedó callado un momento.- El Valle de Ëndolin era precioso aquellas noches, en que su luz azulada bañaba de plata los torreones y ese mar de helechos que lo rodea... Sin ella, deberás esperar hasta mañana, pequeña sirada, para observar la belleza del Palacio, pues su luz de plata no lo bañará esta noche.


(...)


- La Corona Radiante no brilla porque no hay Luna.- Teether contestó sin más. Lo creía a pies juntillas, pues lo había leído en las hojas de su árbol, y ellas jamás mentían.

- Eso es una leyenda.- Dijo tajante el hombre.- Jamás existió tal cosa.

- Por supuesto que existió. Yo misma la vi lucir en el cielo nocturno, cruzar las noches, creciendo y muriendo entre las estrellas... Yo era una niña cuando desapareció del cielo. Simplemente, una noche no salió por el horizonte.

- Cuentos de viejas...- Escupió la voz del hombre.

- Ella tiene razón.- Dijo Teether.- La Luna existió, la creó el Dios del Recuerdo durante las Guerras de los Dioses, antes de que nacieran los primeros mortales... Incontables vueltas debió dar alrededor del Mundo, y muchos fueron los que se enamoraron de su belleza... De ella decían que detrás habitaba Moulth, Diosa de la Noche y de los Sueños, castigada a habitar siempre su otra cara. Pero al final fue un poderoso demonio el que se la llevó del cielo, Golöel lo llaman, pues muchos afirman que aun sigue en este Mundo, y la oculta en alguna parte.



Extraído del cuento de La Sirada

05 octubre, 2010

La Bruja del Mar


La bruja anduvo arrastrando los pies en el camarote de su nave. Sus ropajes harapientos caían hasta los tablones de madera del suelo, y la seguían varios metros ahí donde iba. Aquel camarote era inmenso. Ella vivía a bordo de esa nave, escondida en la escarpada costa norte de la Tierra de Vikinga. Sus siervos la llevaban donde ella deseaba, y ahora debía atender las peticiones de su Rey, Goromer de Grrim. Lo detestaba. Sus cabellos le caían, blancos como la nieve más pura, por la espalda, y se le alborotaban en la cara. Su tez estaba chupada por la edad, un número que ya ni recordaba. Incontables arrugas dibujaban una forma grotesca, con aquella aguileña nariz y orejas puntiagudas. La barbilla también estaba afilada, como si toda ella fuera una arisca forma de vida. Los ojos eran blancos completamente, sin iris ni pupila. Sólo ella sabía porque sus ojos se habían marchitado, y aun a duras penas le dejaban ver de alguna forma espectral. Un colchón raído en el suelo le servía de lecho, e incontables cirios blancos alumbraban la escena. Estaban repartidos por todo el camarote, sobre la mesa, alrededor de la cama, por el suelo, junto a la vidriera que debía ocultar al mar, apaciguado aun en el exterior... En el centro había una mesa llena de folios escritos, e infinidad de tinteros. Además, había un cofre cerrado, y una planta preciosa en un tiesto de madera. Todas las paredes del camarote estaban plagadas de libros, eran una hilera de estanterías con cientos, sino miles, de libros y libros. En el centro de cada una de las estanterías, opuestas en el camarote, había una vitrina. Una contenía un grandioso mapa del mundo conocido, con todas sus costas bien delimitadas, y en la otra había un inmenso rollo de pergamino, frente al cual se había detenido la bruja. Abrió el cristal con una llave que llevaba al cuello y extrajo el tremendo pergamino, con ambas manos y gran esfuerzo, para llevarlo a la mesa. Lo colocó para poder abrirlo, entre el cofre y la planta. Consistía en dos grandes rollos, con bonitas empuñaduras de madera tallada. Tomó cada una de ellas con sus manos arrugadas, casi esqueléticas, y lo abrió para leer en qué parte de su pergamino de hechizos se encontraba. Aquél rollo de papel era inmenso. En él venían escritas las Cartas de Aënor, un compendio de magia que incluía todos los sortilegios de ese Saber de la Magia. La bruja lo había leído por completo, varias veces en su vida, y su conocimiento era tal, que había logrado llevar a cabo muchos de los hechizos que en él había escritos. Por donde el pergamino se abrió había una infinidad de hileras de palabras que iban de un extremo al otro del pergamino. Todo él estaba escrito a lo largo, y cada línea de letras, al llegar al extremo opuesto, volvía a comenzar escrita debajo de ésta.

La bruja acarició las palabras diminutas con la yema de su dedo, y sin querer arañó el papel con su afilada uña. Estaba negra, y retorcida, como las otras nueve. Entonces se maldijo a sí misma en voz baja, y corrió los rollos de pergamino a la vez para leer más adelante. Los sortilegios se sucedían unos tras otros. De cada uno se contaba su historia, cómo se había descubierto, y cómo llevarlo a cabo. Estuvo largo rato buscando, y leyendo a trozos, y cuando comenzaba sentir el balanceo de la nave, dio con el hechizo que buscaba. Se llamaba Leer la Verdad.


(...)
Extraído de La Bruja del Mar, capítulo décimo noveno del cuento de La Sirada.

26 septiembre, 2010

El Monstruo Acarulga

U era tan bonita... Era muy pequeña, diminuta, pero no le importaba. Vivía entre las ramas de su árbol consciente, bailando sin igual. Jugaba con las libélulas, brincaba de hoja en hoja de los nenúfares, asustando a las ranas. Entre las hojas danzaba, trepando por tronco y brazos, saltando con destreza, pero ansiaba poder alzar en vuelo, planear hasta el pasto y a ras del agua, saborear cada segundo en el aire... Pero no tenía alas, y no había otra cosa que anhelara más en el mundo. Su mayor deseo eran unas alas en su espalda preciosa y morena, con las que revolotear por la pradera, entre el bosque, ir y venir gritando, verse capaz. Pero no lo era. Por ello, era una sirada triste, esperando que le crecieran.

Envidiaba a las mariposas, a quienes miraba en su viajar, codiciosa por sus alas. Recelosa, trataba de cazarlas, para quitárselas e intentar pegárselas a la espalda, pero al ver que no podía, lloraba desde lo alto de su árbol viejo. Entre hojas, en los recovecos de su tronco, en las alturas, vivía triste aquella sirada preciosa. Sólo aguardaba a que crecieran en su espalda...

Alguna vez había pensado en adentrarse a aquel bosque retorcido, pues curiosidad no le faltaba, pero le daba muchísimo miedo. Su charca, y su árbol consciente, eran un lugar maravilloso, del que no deseaba alejarse, pero aquella curiosidad siempre estuvo ahí. Aquel manantial terminaba donde los árboles retorcidos crecían entre gigantes helechos, con sus copas prohibiendo la entrada al sol, y los musgos creciendo de sus ramas. Era aterrador. Su árbol consciente, y un gnomo amigo suyo, le habían hablado mucho del exterior. Y de entre todas aquellas historias de miedo, la del monstruo Acarulga era la que más le aterraba. Era una bestia tan horrible, que hasta le quitaba el sueño por las noches... La verdad es que U era un poco miedica. Aunque le encantaban los cuentos, después a menudo tenía pesadillas, en que los recordaba vívidamente. Jamás se había atrevido a saciar aquella curiosidad, y hasta ahora desconocía lo que pudiera haber más allá de su charca...



Extraído de La Sirada.

09 septiembre, 2010

Dunluce, la Atalaya del Cuerno Marino

La nave zozobró con el oleaje a estribor, y después a babor, y U, asustada, se agarró fuertemente a los barrotes de su jaulita para pájaros. Aquellos mares eran muy arduos para la navegación, y la travesía se había ido complicando a medida que se acercaban a las Islas Flotantes. Estas tierras no se hallaban lejos de la Península de Vikinga, y el Príncipe Assul esperaba encontrar allí refugio y ayuda contra su padre. El viaje fue largo, y ella, que odiaba navegar, estaba harta de sentirse llena de sal sobre su suave piel, sin poder salir de esa jaulita que Assul siempre llevaba consigo, desde su camarote hasta el puente y a lo largo de toda la embarcación. Una vez, incluso la había subido al mayor para mirar desde la cofa, pero ella sólo vio mar a su alrededor, y la tormenta perpetua de los Mares de Eldor, el Torturado, que fueron dejando, primero a babor, y después a popa… Días después de haber perdido de vista a aquel tremendo monstruo de truenos y nubes, avistaron tierra, llegaban a las Islas Flotantes. Aquella costa era muy escarpada, tremendos acantilados se elevaban desde el mar, donde las olas rompían como si trataran de derrumbar unos muros infranqueables. U pensó que, aunque ella no lo viera, a lo largo de los milenios, las diminutas olas iban venciendo a la roca, y que la iban cambiando. Eso le dio esperanza en este mundo en que todo parecía perpetuo, y que iba descubriendo poco a poco. De entre todos los lugares que conoció mas allá de su charca, y de su árbol consciente, aquellas tierras fueron las que más la maravillaron, aunque eso lo sabría mas tarde. Los acantilados de la costa se fueron haciendo cada vez más altos, a medida que se acercaban, y el día fue transcurriendo bajo unos nubarrones grises que no iban a desaparecer en toda su estancia en la isla. Aquella luz gris, filtrada por las nubes, bañaba todo con una magia especial, y cuando la sirada respiró el olor de aquella tierra, sintió que aquel lugar era diferente. Habían llegado a Dunluce, la Atalaya del Cuerno Marino.

La nave surcó las olas que reventaban contra los acantilados, dejando Dunluce a un lado, para dirigirse a Puerto Cliath, que consistía en unos muelles en una playa cercana al castillo. El Príncipe Assul, la sirada y gran parte de la tripulación no pudieron evitar apostarse en el puente, a observar la belleza de la ciudad desde el mar. La fortaleza se elevaba al borde del acantilado, con sus altas murallas defendiendo de ataques marítimos. Era un gran castillo, que mostraba los torreones de una hermosa iglesia y de un gran palacio en su interior, pero lo más impresionante era que frente al acantilado se elevaba un escarpado promontorio separado de la tierra principal, donde habían levantado una atalaya fortificada. Esta sección de la fortaleza se unía a tierra a través de un imponente puente, bajo el cual, afiladas rocas sobresalían del mar. Aquél era un puesto perfecto para defenderse de ataques por mar y por tierra. Era el mejor lugar para edificar la torre donde debía vivir Caira, Señora de la Atalaya. A U le impresionó sobremanera que a ambos lados de la muralla que se levantaba al borde del acantilado, caían dos preciosas cascadas directamente al mar, que debían provenir del propio foso que rodeaba la fortaleza. Era un lugar mágico, impresionante, una atalaya inexpugnable, y Assul, sin dejar de mirarla, habló a la sirada, sabiendo lo intrigada que ella se sentía por el lugar.

(...)

Cuenta la leyenda que una vez un monstruo marino llego hasta aquí para acabar con la vieja ciudad, que por aquel entonces se llamaba Cliath, la Fortaleza de las Cascadas. El monstruo arremetió con todas sus fuerzas contra el acantilado, y Cliath se estremeció. Sus habitantes temieron ser devorados por la criatura marina, pero se defendieron tras sus altas murallas, y al final le dieron muerte, no sin sufrir su ferocidad, pues se levó muchas vidas en el ataque, o eso cuentan. Aquel monstruo, venido de las profundidades del océano, quedo aquí varado para siempre, y su cuerno quedó sobresaliendo del mar, junto a la costa. Y ahí es donde los habitantes de Cliath levantaron una atalaya fortificada, que unieron a la tierra por un puente de piedra. Desde entonces llamaron a la ciudad Dunluce, la Atalaya del Cuerno Marino.


Textos extraídos del capítulo XVIII de La Sirada
Dunluce, la Ataaya del Cuerno Marino
Darka Treake





Recién llegado de tierras celtas, donde he hallado gran inspiración, vengo a presentar tres textos del cuento de La Sirada, que ya he escrito. Cuando me marché, hace más de un mes, estaba un poco perdido, y no me salía nada, pero aquel lugar ha sido revelador...

Allí he pensado mucho en Dunluce, la Atalaya del Cuerno Marino, y en la parte del cuento que se desarrolla en este lugar, y por este momento del cuento. Esta parte estaba bastante negra antes, no sabía bien qué pasaba, sólo que Assul iba hasta allí con U, y que debían escapar, pues llegaba Goromer, para enfrentarse después en la Morada del Viento. Ahora ya sé muchas más cosas, conozco nuevos personajes que aparecen en el cuento, y puedo hablaros de ellos. He vuelto con las pilas cargadas.

Algunos de estos personajes nuevos son Caira, la Señora del Atolón, y la Bruja del Mar. Hoy vengo a presentaros los capítulo 18 y 20, además del Epílogo II del cuento.

06 septiembre, 2010

El Arbol de las Mil Ideas

En un bosque recóndito, encantado dicen algunos, existía un árbol diferente a todos los demás. Se hallaba en la falda de una montaña, bajo la sombra de los atardeceres de las Altas Ered Ilais. Allí, oculto por el bosque, se erguía el poderoso árbol, viejo como el mundo. Sus hojas nacían blancas, y jamás se le caían, era tan bello... De sus ramas aun colgaban hojas desde épocas inmemorables, y en todas ellas, venían escritos cuentos e historias ocurridas a lo largo y ancho del Mundo, en el recorrer de las eras... Su tronco y ramas crecían fuertes, en un tono marrón que entonaba con el infinito blanco de las hojas. Los hechos ocurridos, aquellos dignos de ser contados, y recordados, habían nacido escritos en ellas. Nadie sabía qué era aquél árbol, ni cuál era el propósito de tal tesoro de palabras y palabras encadenadas. Suele existir distancia entre lo que se dijo a la realidad, pero algunos aventuraron que nació de una semilla puesta por uno de los Siete Grandes Lüe, los siete grandes dioses que lo crearon todo. Unos pocos susurraron que no era un árbol en realidad, sino un Semidios, hijo del Dios del Recuerdo en el Mundo. Que lo fuera o no, poco importa ya, pero todo lo que contó, quedó ahí recordado... Y de entre sus hojas, de entre sus infinitas hojas de sabiduría e historia, nació una en que se narró el cuento de U, la sirada, del Principe Assul, y de la Corona Radiante. Una hoja en la que se contaba un cuento en el que aparecía él mismo, el Árbol de las Mil Ideas.



He vuelto.




PS: Para Gemita, que fue idea suya!

13 agosto, 2010

Girasoles...

(. . .)

Y por fin se hizo la luz… El Príncipe Assul corrió la roca, que cayó sobre la tierra seca, y una bocanada de brillo y aire entró en la gruta. ¿Cuánto tiempo podía llevar ahí encerrado? No tenía ni idea. Le acompañaban aquel semiorco y la pequeña U, que ahora estaba sentada en su hombro. Habían caminado cruzando la prisión subterránea, escapando de aquel infierno, hasta dar con aquella salida. Era medio día, y el sol estaba en lo alto, sin una sola nube, deslumbrando sus ojos acostumbrados a la completa oscuridad…

Los tres salieron y quedaron tendidos en la tierra de cultivo, seca y arenosa. El orco comenzó a olfatearla, y él a tomarla entre sus manos. Por fin eran libres de aquel lugar horrible que en ocasiones les había hecho perder la esperanza.

Cuando sus retinas se fueron acostumbrando a la claridad, y el brillo del día dejó de deslumbrarles, se vieron en un extenso campo de girasoles. La gruta comenzaba ahí, tal vez era una entrada vieja, olvidada ya y sin protección. Los girasoles crecían todos hacia lo alto, mirando descarados al sol, con sus tallos verdes y sus pétalos amarillos relucientes. Era un lugar precioso, y U se maravilló, pues no habría podido concebir un campo de flores como aquellas. Entonces, la Sirada se dio cuenta de que ésta era la primera vez que veía el mundo exterior, más allá de su charca y de su árbol consciente. Y le pareció mucho más bonito de lo que le habían hecho saber… Más allá del campo de girasoles comenzaba el bosque, donde debía ocultarse su charca en algún lugar soñado, y tras el manto de abetos y nogales oscuros, nacían las Altas Ered-Ilais. Aquellas montañas mostraban sus cimas nevadas, incluso para aquella época del año. Estaban cubiertas de ese manto verde oscuro, que se elevaba hasta perderse de la vista. Y en algún lugar de aquel bosque, aguardaba el Palacio Encantado de Ëndolin. Y ellos tres iban a encontrarlo.

(. . .)



Este fragmento está extraido del Capítulo 8 de La Sirada.
Estos días estoy poco productivo, 
pero no quería dejar pasar esta visión que he tenido, 
de ese campo de girasoles sobre la prisión subterránea. 
Me pareció una bonita imagen para el momento 
en que por fin salen de ese lugar horrible y oscuro...

Lo que está claro, es que todo llega...

05 julio, 2010

La Sirada



El gnomo sopló sobre su cabeza, y la flor de algodón flotó alejándose, mecida por su aliento. Estaba tumbado sobre el pasto, recostado donde nacía el tronco de su árbol, pensando en U. Se acercó la pipa a la boca, y una bocanada de humo ascendió haciendo espirales desde sus fosas nasales. Aquel lugar era su pequeño paraíso, su árbol. Teether era un gnomo muy peculiar. Le gustaba creer que cuidaba de las hadas y otras criaturas del bosque. A menudo se alejaba de su árbol, uno de los más especiales de aquel bosque, el árbol consciente más viejo de todas las Altas Ered-Ilais. Teether nació de la primera semilla que pudo germinar en el árbol. Cayó al suelo, sobre el pasto, y de ahí nació primero un tallito, y después una bonita flor. Era turquesa, y violácea, en una combinación de tonos preciosos. Cuando la flor brotó, de su capullo nació Teether, un gnomo diminuto que pronto aprendió cual era su tarea en esta vida: contar cuentos. El árbol consciente de Teether era tan especial porque sus hojas nacían blancas como papiros, con cuentos escritos. Palabras y palabras ordenadas, que contaban millares de historias. Y Teether era el gnomo que debía cuidarlas.



Hola!!
Este es un fragmento extraído de capítulo III del cuento de La Sirada, titulado Teether, el gnomo amigo de U.
Os lo dejo aquí para ver si os gusta, como muestrita de este cuento que estoy escribiendo. Hoy he subido al menos 9 capítulos, la verdad es que sin darme cuenta, llevo el cuento muy avanzado!!

Bueno, si alguien se anima a echarles un vistazo, que me dé su opinión!
¿Trato?
Se pueden leer, aquí:





.

23 junio, 2010

Un día en el mundo

Hola!!
Hoy vengo a contaros un poco de mí, y de lo que ando haciendo, porque parece que estoy un poco desconectado de aquí, pero no es así.
Cierto es que ando liado a nivel personal y académico-profesional, y eso me ha quitado tiempo, pero mi cabeza no deja de girar y girar con ideas del nuevo proyecto que tengo entre manos, y del que vengo a hablaros ahora.

Por un lado, anunciaros que el cuento de Lyda de Lis. Historia de una Estatua de Piedra. está casi terminado. Me quedan los últimos capítulos para darle fin, lo cual estoy deseando.
Es más, estoy recibiendo muy buenas críticas del cuento, aunque todo deba decirse, aun hay que revisarlo y cambiar algunas cosillas que me cogean. Pero puedo decir que está casi terminado. ¡Llevo 2 años escribiéndolo!

Y el proyecto que venía a presentaros, y del que ya os había hablado, es La Sirada. Aun no tengo un nombre definitivo para el cuento, pero la verdad es que está realmente avanzado. Como podéis ver en su página, ya tengo la estructura del cuento, y ya he comenzado a escribirlo. Tengo varios capitulos ya terminados, a pesar de no haberlos subido. Ahora mismo estoy trabajando en el capítulo XV, del que os mostré un fragmento en la entrada anterior de este blog. No significa que haya escrito los catorce anteriores, ya sabéis que voy escribiendo así como me van viniendo.
Tan pronto como pueda, actualizo la página de lcuento y subo los capítulos terminados.

Y bueno, en esto estoy trabajando actualmente.
Este cuento que estoy empezando, en el que llevo pensando unos meses, me está encantando. Personajes, argumento, e importancia en Mi Mundo, todo. Y sé que lo escribiré muy rápido!! Al menos, de momento, para ser un cuento largo, va muy avanzado!

Un saludo a todos los que hayan caído por aquí y me hayan leido!!
Darka.

19 junio, 2010

El Atolón

El Príncipe Assul viró el timón unos grados ligeramente a babor, utilizando su única mano. La nave surcaba el océano calmado, y todo alrededor estaba a oscuras. Aquélla era una noche sin luna, y sólo las estrellas brillaban en el cielo. Ni una nube lo surcaba. Por las noches apagaban todas las luces a bordo, para evitar ser vistos desde lejos, así que todo estaba completamente a oscuras. Corría una leve brisa, suficiente para hinchar la mayor, y avanzar a sotavento, hacia un destino donde sabía que nadie lo encontraría. El rumbo estaba fijado por el sol durante el día, había que navegar hacia donde éste nacía, y por Uzkulac durante la noche, una constelación que los marineros conocían como el Triángulo de Verano, que siempre apuntaba al este. En aquella dirección, sin desviarse del grado exacto, se encontraba el Atolón.

Aquél era un puerto franco, al que piratas, corsarios y otra calaña acudía a repostar. No era más que un peñasco que sobresalía en la inmensidad del océano, solitario, y donde tras muchas generaciones de marineros, se había levantado todo un puerto. Las viviendas se amontonaban en la loma, los muelles crecían mar adentro, y en su cúspide, se elevaba un faro, que siempre alumbraba el camino. El Atolón era el punto más cercano de tierra conocida por el hombre a los Mares de Eldor, el Torturado, una masa de agua cubierta siempre por una tormenta inmóvil. La visión desde el puerto franco, decían, era asombrosa. Por el día, que solía lucir cálido y luminoso en aquella región del mundo, se alcanzaba a ver al noroeste la inmensa tormenta, que jamás cesaba. Y por la noche, desde los muelles, alcanzaban a verse los relámpagos, en continua explosión. Era una visión increíble, y Assul soñaba con verla. Había oído hablar mucho del Atolón, y siempre había querido ir, y aquél le había parecido el mejor lugar para esconderse de su padre.

Junto al timón, de donde nacían varios cabos que se elevaban hasta lo alto del mayor, donde unos hombres se apostaban, había un caballete que sostenía una jaula de pájaro. En su interior, U se sentaba sobre el columpio que debía estar sosteniendo a un ave, y no a una Sirada como ella. Aquello, hasta indignaba a la pequeña U, si al menos ella hubiera tenido alas para volar… Sus piernecitas colgaban desnudas desde el columpio, al que se agarraba con ambas manos. Su vestidito azul celeste se mecía con la brisa que movía la carabela, mientras observaba a Assul. No terminaba de comprender a aquel hombre. De hecho, no entendía a ninguno de ellos. Se peleaban por cosas absurdas como bellas flores, coronas negras o reinos, hasta el punto de que padre e hijo pudieran odiarse de tal modo. A ella le daba exactamente igual lo que hicieran con esa corona, que por muy radiante que dijeran que fuera, no era más que un trozo de metal negro y consumido.

Frente a la sirada, Assul miraba al cielo mientras sostenía el timón, sin moverlo un ápice. Ninguno de los hombres a bordo había ido jamás al Atolón, y el Príncipe se guiaba por aquella constelación, sin saber siquiera si existía realmente aquel lugar. Definitivamente, pensó U, aquél era el mejor lugar del mundo para esconder la corona. Por mucho que les persiguiera el Rey de Grrim, jamás daría con ellos en un lugar así. O eso esperaban ambos. Lo que U no sabía, era si quería ir hasta allí, y aun menos quedarse. El Príncipe Assul le había hablado del Atolón, y no le gustaba nada ese lugar. Un peñasco con cuatro casas en mitad de la nada...

Aquella noche la constelación de Uzkulac cruzó la bóveda del cielo, y al final nació el día, y después otro, y otro. Aquellos largos días, calurosos bajo el sol del océano, fueron interminables para U. Assul pasó el viaje obsesionado, aquella flor significaba todo para él, y la pequeña U no podía entender por qué. Siempre la trató bien, la llevaba consigo a todos lados, aunque siempre encerrada en su jaula de pajarillos, salvo una ocasión, que le permitió salir.


Fragmento extraído del capítulo XV del cuento de 
en el que estoy trabajando actualmente.

27 mayo, 2010

El Trono vacío de Ëndolin

Los dos guerreros entraron al palacio y cerraron las grandes puertas tras ellos. Entonces se hizo la calma. Assul, rápido, colocó un gran madero que había para asegurarla por dentro, y se llevó la mano al brazo contrario, donde tenía una herida profunda. Los dos se miraron, sin verse, entre la oscuridad rota por los relámpagos, cuya luz azulada se colaba por las vidrieras, muchas de ellas destrozadas por los estragos del tiempo. Fuera habían quedado sus compañeros, los caídos y los que no habían logrado alcanzarlos.

Llegar hasta allí había sido una hazaña terrible. Cruzaron los mares, hacía semanas, desde las gélidas aguas del norte, hasta las cálidas del Mare Nostrum Interioris. Aquellas costas los habían recibido bien, pues sus gentes nunca supieron sus verdaderos propósitos, y encontrar el palacio derruido no había sido difícil. Llegar a él era lo que había costado. El castillo estaba abandonado hacía ya muchos años, y se hallaba en el fondo de un valle. Las altas montañas que lo rodeaban, la Cordillera de Eled-Ilais, nombre heredado de los elfos en viejos tiempos, estaban nevadas, y todos se reconfortaron con ello, recordando su hogar helado, el Reino de Grrim, en la lejana Escandinavia. La situación del valle entre estas montañas hacía de embudo para las corrientes de aire, y allí se arremolinaban continuamente oscuras nubes, que no cesaban en descargar una fuerte tormenta. En aquel lugar siempre estaba lloviendo, y terribles relámpagos caían incesantemente. Era un lugar desolador, donde la única forma de vida que podía crecer era aquel prado de helechos. Todo el Valle de Ëndolin, alrededor del palacio en ruinas, estaba cubierto por un manto de vivo verde, una alfombra de helechos. Era un lugar precioso, mágico incluso, con aquel castillo arruinado, cubierto de enredaderas, coronando el valle verde. Según decían las gentes que habían encontrado de camino, aquel lugar estaba encantado. Aquel castillo había sido una vez la capital del Reino de Himn, que desde la Cordillera de Eled-Ilais, descendía hacia el sur hasta la costa del Mar Interior. Nadie había habitado el lugar en el último Siglo, salvo, decían, los protectores del lugar, que cuidaban del castillo y hacían guardia ininterrumpida para salvaguardarlo de los invasores, que no habían sido pocos. En su interior, al parecer, se guardaba algún tipo de tesoro, una reliquia de antaño, cuya historia se perdía en los anales del tiempo…



Extraído de El Trono vacío de Ëndolin,
Prólogo al cuento de La Sirada
Darka Treake

12 mayo, 2010

Las piezas de puzle

A menudo hay objetos que perduran, resistiendo el paso del tiempo, los avatares y las adversidades, no porque sus materiales sean resistentes o porque nadie los pierda o deje olvidados en un rincón, sino porque tienen una vida propia. Porque forman parte de un cuento, y porque siempre hay alguien para contar su historia...

Hace mucho tiempo ya que comenzó esta historia que narro ahora. Se trata de un objeto singular, capaz de unir a las dos almas más distantes, y de separar a las mejor entrelazadas... En los albores de la civilización, cuando los hombres aprendieron a amarse y a sufrir, hubo un caballero que deseó atrapar para siempre a una bonita doncella. Con ese pretexto, acudió al alquimista de palacio, un hombre tan viejo y sabio como el mundo, y le rogó que le fabricara un objeto que soportara el paso del tiempo. El caballero precisaba un objeto que le uniera para siempre a su amada, y le rogó que les hiciera un objeto mágico, para que su amor no terminara nunca. El alquimista le dijo que el amor, como muchas otras cosas, puede ser para siempre, o no, y que si por su propia naturaleza se muere, hay que dejarlo morir. El caballero encolerizado, le ordenó amenazándolo con su espada que hiciera el encargo, y este, temiendo por su vida, aceptó. Pero le dijo que crear el amor era fácil, hacelro infinito ya no era cosa suya. Y como el caballero y la doncella ya se amaban, de ellos dependería que la magia del objeto funcionara.

Entonces el alquimista se marchó a buscar los materiales sagrados. Acudió a una gran montaña, cuyo nombre y ubicación se reservó, y extrajo de la tierra, con sus propias manos, los metales más bellos. Esperó a que la luna no mirara, pues aquel hechizo no podría ser legítimo en un mundo en que el amor sigue sus propias reglas. Y así, durante una larga noche de la luna nueva, forjó una pieza de aquellos metales. Primero los fundió con esmero, mezclando sus esencias, y después, sobre un yunque, forjó la pieza mientras narraba sortilegios prohibidos. El resultado fue una plancha de unos centímetros, con forma rectangular. Para terminar, la dividió en dos pedazos, que los dos amantes deberían poseer. La cortó cuidadosamente, con la forma de un dos piezas que encajaban como un puzle.

Ya devuelta en palacio, le entregó las dos piezas al caballero, y éste se lo agradeció con preciados tesoros que él se negó a aceptar. Cuando se las entregó, le advirtió que aquellas dos piezas de puzle poseían una magia poderosa, y que no funcionarían con cualquier pareja de amantes. Le dijo que esas piezas bien podrían convertir un amor terrenal en eterno, pero que, y le pidió que prestara atención a esto, sólo lo finito podría ser infinito si se trataba de un amor verdadero. Si dos amantes poseían las piezas y lograban hacerlas encajar, significaba que aquellas dos personas se amarían siempre, por numerosas que fueran las encrucijadas que los separaran, pero que si un amor debería morir por sí solo, esas dos piezas no podrían encajar jamás.

El caballero, seguro de que su amor por la doncella era verdadero, partió a regalarle una de las piezas del puzle. Ambos se encontraron en un bosque precioso, cuando la luna ya lucía en la noche, en su cuarto creciente, y a ella le maravilló. Los dos se abrazaron, se besaron e hicieron el amor por última vez. Entonces, desnudos en mitad del bosque, trataron de encajar las piezas, sin conseguirlo. ¡Aquél puzle era imposible de montar! Las dos piezas no llegaron a encajar, y el caballero, furioso, las arrojó al suelo, y ahí quedaron, en el bosque, olvidadas por mucho tiempo, hasta que otra pareja de amantes la encontrara.

Así, partió en busca del sabio alquimista, y allí le dijo que le había engañado, y que venía a matarlo. Entonces el alquimista le dijo que él jamás le engañó. Que le había advertido de que las piezas sólo encajaban en personas que se amarían siempre. Y que si en sus manos y las de su doncella, no había sido posible, sólo significaba su amor no sería para siempre... Antes de matarlo, se aseguró de hacerle entender aquello, las piezas funcionaban perfectamente, eran ellos dos los que no encajaban, si hubieran estado realmente conectados, las piezas habrían encajado. 

Después de aquello nadie volvió a ver al caballero. Y su doncella lo añoró mucho, y lloró impotente. Él se había marchado por miedo a perderla, y ella lo perdió para siempre...




Este cuentito es un relato paralelo al cuento que estoy comenzando a escribir. Aun desconozco su título, espero pronto hablaros de él.
Estos días he estado ausente, pues he tenido la cabeza en otras cosas y quehaceres. Y no sabéis cómo lo siento, echaba de menos venir por aquí. Cómo me alegro de haberlo hecho al fin.
Espero que os gustara el cuentito de las Piezas de Puzle!!!
No temais si es triste, pues este tan sólo es un relato que narra la historia de un poderoso objeto, no la de dos amantes que se perdieron...


Hasta pronto!
Darka.

16 abril, 2010

La Corona Radiante

Cuando la mayoría de los Dioses fueron exiliados a vivir en la otra cara del Mundo, hubo uno, un Semidios, que se escondió en el cuerpo de un elfo. Él fue Lúralan, Señor de la Luz y los Amaneceres. Por mucho tiempo habitó entre los elfos de Firindain, los Artesanos, una de las Doce Altas Estirpes de los Elfos, de quienes aprendió mucho. Con ellos combatió en las Guerras de la Sangre, que masacraron y terminaron por destruir la Tierra de Aradán, donde vivían. Pero cuando se hizo la paz, Lúralan partió junto a Firin, Primero de Firindain, a bordo de su Navío, a recorrer los Mares del Mundo, y junto a él pasó largo tiempo.

Así, pudo conocer tierras lejanas y exóticas, inhóspitos lugares y sitios que jamás habría soñado que pudieran existir. Estuvo en playas de sueño, en paraísos terrenales, y en oscuros desiertos en que sólo existe la maldad. Pero cuando visitó la Torre del Recuerdo, decidió quedarse allí, y comenzó a adorar al Dios del Recuerdo, que habita en lo de esta torre en interminable construcción.

Allí mismo, colocando piedras en la cúspide de la Torre del Recuerdo, observó a la Luna cruzar los cielos del Mundo, hasta enamorarse de ella, y de Moulth, Diosa de la Noche y las Estrellas, quien la habitaba. La Diosa, castigada, estaba presa al otro lado de la Luna, y había sido ansiada por muchos antes y después de Lúralan. El mismo Dios del Recuerdo la amaba sobre cualquier cosa que existiera. Pero Moulth, al conocer a Lúralan, encontró en él su única debilidad, y quedó cautiva por su amor.

Moulth, Diosa de la Noche y las Estrellas, y Lúralan, Señor de la Luz y los Amaneceres, se amaron ocultándole su pasión al Dios del Recuerdo, hasta que ella logró escapar una vez de su prisión tras la Luna, y ambos hicieron el amor apasionadamente, cuando éste los sorprendió y estalló en ira. Entonces, el Dios del Rercuerdo, convirtiéndose en la más poderosa tormenta, trató de acabar con Lúralan, para vengar la traición.

El Semidios, oculto en el cuerpo de un elfo, al hacerle el amor a la Diosa, tuvo una maravillosa visión, y con ella, forjó la Corona Radiante, con la intención de regalársela. Se trataba de un objeto que brillaba de forma tan intensa que logró ahuyentar a la tormenta en que había tomado forma el Dios del Recuerdo. Pero la Corona Radiante, cómo Moulth, tenía una debilidad también: sólo brillaba cuando la Luna surcaba el cielo, y así, durante una noche de luna nueva, el Dios del Recuerdo, sabiéndolo, encontró a Lúralan, allá donde se ocultaba, y le dio muerte terrible...


Ambos lucharon con valor, pero la tormenta sacudió la tierra que Lúralan pisaba con tal fuerza, que éste fue incapaz de detener su golpe. Y sin el brillo de la Corona Radiante, el Dios del Recuerdo fue capaz de derrotarlo, haciéndole pagar su traición con mucho sufrimiento antes de morir.

Entonces Moulth, que no pudo observar el combate desigual desde el cielo, entristeció hasta tal punto, que la Corona Radiante no volvió a brillar en mucho tiempo. El Dios del Recuerdo, que jamás desistió en amar a la Luna y a la Diosa oculta tras su rostro de plata, decidió asegurarse de que el poderoso objeto quedara oculto en algún lugar del Mundo.

Y así fue como la Corona Radiante, el poderoso objeto que forjara Lúralan, Señor de la Luz y los Amaneceres, para regalársela a Moulth, permaneció en lo más recóndito. En torno a ella creció la leyenda, y muchos fueron los que desde entonces la buscaran. El Dios del Recuerdo le encargó cuidar de su secreto a la Orden Negra, quienes la mantuvieron oculta en un aletargado silencio…

Fue mucho tiempo después, cuando el héroe Belean, de Himn, desconocedor de la historia relatada, la robara y con ella lograra grandes hazañas. Él fue quien derrotara, sirviéndose del poder de la Corona Radiante, a Golöel, el Demonio Resentido imaginado en el Amor de Orfgod, dando fin a la Gran Guerra de la Roca.

Belean la ciñó majestuoso, e inscribió su nombre en las Crónicas del Tiempo. A su muerte, sus herederos la poseyeron, y muchos trataron de apoderarse de ella, sin conseguirlo, hasta que su legado murió, y la Corona Radiante quedó en trono vacío, a la espera de que alguien la ciñera valeroso, sin ánimo de mimar a la Luna, eterna prisión en movimiento de Moulth, Diosa de la Noche y las Estrellas, quien una vez se enamorara de Lúralan…



Memorias Olvidadas
Darka Treake

NOTA: La imagen, aunque apropiada para el relato, 
es una instantánea tomada anoche, de una tormenta eléctrica 
durante la erupción del volcán Eyjafjallajökul, en Islandia.

26 marzo, 2010

Teether y la planta triste

Teether, el gnomo amigo de U, tropezó con una enorme caracola y cayó de bruces sobre la arena, y el tiesto que iba cargando a todos lados rodó amenazando desprender sus flores sobre la arena de la playa. Aquellos días las hojas de la planta crecían en un tono oscurecido, estaban resecas, aunque sus tallos aun eran verdes y firmes. Las flores, además, las dos que había, que una vez fueron blancas y hermosas, ahora estaban marrones, mustias. Sus pétalos, que una vez fueron bellos y relucientes, hoy cubrían el tremendo pistilo amarillo sin fuerza, a punto de caer muertos. A pesar de ello, aun estaban perfumadas, y si te acercabas, llegabas a oler aquel aroma tan delicioso que solo esas dos flores tenían en el mundo…

Teether quedó ahí tirado unos instantes, agradeciendo que la planta no saliera de su tiesto improvisado, por miedo a que muriera, o a que ella misma decidiera plantarse allí, en aquella playa donde no tendría alimento alguno, salvo el salado traído por el mar… Pero entonces echó a correr y la recogió, y la abrazó con cuidado de no romper ni una sola de sus hojas, o de que cayeran sus pétalos mustios. Y se acordó de U, sintió ese vínculo que la planta tenía con la sirada, y supo que ella estaba triste, en alguna parte.

Recordó cuando U le contó que aquella planta, la única en su especie, había nacido de una pequeña semilla caída de su árbol consciente, en su oasis de sueño, junto a su estanque precioso. Según le dijo el árbol consciente a la sirada, la planta que naciera de aquella semilla sería especial, diferente a las demás. U y ella siempre estarían unidas. Si U estaba alegre, la planta crecería hermosa, brillante y llena de vigor. Pero si ella estaba triste, la planta iría perdiendo su fuerza y su belleza, poco a poco iría escapándosele la vida… El árbol consciente, además, advirtió a U de algo muy importante, si una de las dos moría, la otra también lo haría. Pero le dijo que no se preocupara, que mientras ella viviera feliz, y sonriera todo el tiempo con esos labios tan bonitos, la planta que naciera de aquella semilla sería hermosa y estaría llena de vida. No necesitaba alimento alguno, además de la alegría de U…

Pero en ese momento, en que Teether buscaba a U, a su sirada amada, a su amiga inseparable, la planta lloraba y se marchitaba. Poco a poco se estaba muriendo. Y eso sólo podía significa una cosa. Allá donde estuviera U, estaba triste, y lloraba. Y así pronto la planta moriría, y entonces lo haría también la sirada. Y de la misma manera, moriría el mismo pobre Teether, quien amaba a U sobre cualquier cosa en aquel recóndito mundo imaginado…

14 marzo, 2010

El Rey Goromer, de Grrim

La puerta del palacio se abrió de golpe, chocando contra la pared, y dejando entrar una bocanada de aire frío y nieve que sacudió a todos los presentes. El fuego en el interior, situado al centro de la estancia, se tambaleó furioso, como si la ventisca que traía el recién llegado hubiera disturbado su calma… El guerrero entró y caminó firme. Iba ataviado con gruesas pieles, un yelmo con cuernos de dragón, y dos pesados martillos a la espalda. Sus botas habían recorrido un largo camino para traerle grandes nuevas al Rey, Goromer, de Grrim. Llegó ante el trono, donde el Rey, ebrio ya a esas horas de la noche, fornicaba con dos mujeres. Éste las empujó de encima suyo, quedó sentado en su trono de roca maciza, completamente desnudo, salvo por su corona de plata, que no se la quitaba ni para dormir. Tomó un sorbo de aguardiente y esperó a que el emisario hiciera una reverencia digna de sí. Sin ella no tendría derecho a hablar ante el Rey de Grrim. El recién llegado, a sabiendas del protocolo, se postró, arrodillando una pierna, se quitó el yelmo, y bajó la cabeza hasta que le dieran palabra.

- Hola, Rogho, llevábamos tiempo esperándote. Habla cuanto antes, y no escatimes en detalles.- La voz del Rey resonó en el gran salón, pues todos los presentes, la música y la fiesta, se habían detenido.

El emisario, sin levantar la cabeza, le habló, mirando a los pies descalzos de aquel hombre al que admiraba, y al que debía su vida y la de sus descendientes.- Mi Rey, es cierto. La Corona Radiante descansa en un trono vacío, esperando a ser ceñida por un alto señor…

- ¡Sí!- Gritó el Rey.- ¡Que suene la música, que continúen los bailes, y que las rameras sigan complaciéndonos! La celebración hasta ahora era por una esperanza. ¡Esta noche brindaremos por nuestra próxima conquista!- Esto último lo dijo de pie, elevando el cuerno que usaba por copa, y los vítores se elevaron en el salón, el gentío volvió a colmarlo todo, el fuego hasta estalló eufórico, y la música lo acompañó, en un redoble de tambores y una mezcla de cánticos y melodías de instrumentos de cuerda.- Mi buen Rogho, descansa esta noche, embriágate con la bebida de tu propia tierra, sáciate con alguna mujer, ¡y más le vale que te de cuánto mereces por tamaño recorrido y tales nuevas! Pues mañana ordenaré talar los bosques, acabaremos con todo árbol que aun se yergue en estas tierras, y pronto las naves estarán listas. En ellas nos haremos a la mar, y juntos regresaremos a la tierra que llaman Himn, donde los hombres esperan un Rey para ser gobernados…

13 febrero, 2010

El árbol consciente

Si siembras una ilusión y la riegas con tu amor y el agua de la constancia, 
brotara en ti una flor, su aroma y su calor te arroparán cuando todo vaya mal...
(...)
Y que mi luz te acompañe, 
pues la vida es un jardín donde lo bueno y lo malo se confunden, 
es humano no siempre saber elegir...

La Rosa de los Vientos
Mägo de Oz



A veces las cosas no suceden como cabe esperar, pero ello no significa que no sucedan como deben suceder... A menudo el destino tiene sus proopios métodos y maneras para maravillarnos, alcanzando sus fines más remotos e inesperados...

Existe una verdad secreta que pocos conocen. Todos los árboles viven, eso lo sabemos, nos lo enseñan en el colegio, así como a cuidarlos, aunque muchos olvidan esto. Pero hay ciertos árboles que viven de una forma que pocos pueden imaginar. Éstos árboles tienen conciencia, sienten y piensan, se motivan por vanalidades como los hombres, y se enojan, asustan y sufren como cualquier otro ser vivo con libre albedrio. Algunos de ellos pueden moverse, aunque sólo lo hagan cuando nadie mira, otros en cambio son incapaces. Unos hablan, otro sólo escuchan. Y todos, sin excepción, bailan al son del viento, cantando con el roce de sus ramas. Hay muchas clases de árboles conscientes: abetos, encinas, sacues llorones, almendros, ficus de troncos retorcidos... Pero del que vengo a hablaros, es un laurel de las indias.
El secreto que nadie sabe y que procedo a revelar aquí en un susurro escrito, es que todos estos árboles conscientes tienen un dama que los cuida, los anima y da conversación. Esta dama es en esencia como su árbol, aunque en forma puede adoptar múltiples posibilidades.

He aquí el relato de uno de estos árboles conscientes, desde sus comienzos, hasta donde debe narrarse: resulta que una vez, por capricho del hades o de cualquier otro limbo, un inmenso árbol dejó caer una de sus semillas. Lo habitual en aquel bosque es que sus retoños crecieran extendiénse en la planicie, como en los últimos milenios, pero esta vez no fue el caso. Cuando la semilla calló al pasto, a los pies de este gran árbol, el viento la recogió y llevó lejos. Se trató de una ráfaga enviada o no por algo mayor. Algunos pensaron que era el destino, esas fuerzas inmesurables que lo hacen todo, pero otros pensaron que el viento es el único que se miueve sólo, a su propio ritmo, y que la semilla viajó por mera casualidad. El caso es que viajando grandes leguas, cruzando campos yermos, saltando ríos y pasando desapercibida entre hombres y otros habitantes de la tierra que podrían haberlo arruinado todo, llegó a caer a una charca que hasta ese momento no era más que lodo.

Tal vez la porquería y la inmundicia engendraron la vida, alimentando la semilla, y así nació un loto en tono azulado. Fue una flor bellísima, cuyas hojas flotantes pronto cubrieron el pantano, creciendo y creciendo, hasta que un tallo fue capaz de elevarse del agua. Así nació aquel árbol consciente. Aquel tallo se irguió cuanto pudo, alimentándose de la podredumbre del pantano, purificándolo, y así sus aguas quedaron cristalinas y bellas. Aquello que una vez fue una ciénaga, se convirtió en un lindo bosque. Los árboles retorcidos de alrededor se estiraron buscando la luz. Los helechos, marrones y arruinados, coogieron un color verde vivo. El suelo arcilloso se cubrió de pasto y florecillas de diferentes colores. Brotaron setas de todas las formas y sabores, acudieron animales de todos los lugares, piaron los pajarillos y nacieron los peces en la charca. Aquel sitio se convirtió en un bello oasis en mitad de aquel lúgubre bosque.

Fue encontonces cuando nacio ella: la dama del árbol. La primera semilla que un árbol consicente deja caer no es para reproducirse, sino para traerla a ella al mundo. Ésta calló desde las ramas bajas, y fue a parar al agua cristalina. Y allí, en las profundidades, nació U, una sirada. U no era un hada, ni una sirena, era una sirada. Fue diminuta y nunca creció. Pronto le crecieron largos y oscuros cabellos sobre una tez marrón. Cuando estaba sumergida tenía el cuerpo de una preciosa sirena, y cuando emergía, adoptaba la forma de un hada sin alas.

U cuidó por largo tiempo de su árbol consicente, con quien hablaba. Habitó entre sus raíces sumergidas, entre sus ramas en lo alto de su copa, y en el interior de su tronco, donde nadie podría encontrarla. Fue feliz, aunque siempre ansió muchas cosas. Hasta que un día apareció alguien que le invitó a echar un vistazo más allá de aquel lugar encantador, a internarse entre los árboles retorcidos que crecían alrededor del oasis en que vivía, y a conocer la realidad de un mundo cambiante e inmenso... Ella renegó desde un principio, sin querer saber, pero un día se despertó con la duda, y lloró con la idea de abandonar su árbol y aquel lugar maravilloso en que se sentía protegida, al que pertenecía. No podía abandonar su árbol, ni sus aguas cristalinas, ni sus ramas y hojas... Adoraba demasiado ese lugar mágico...

06 febrero, 2010

El Trono Vacío

Érase una vez un Reino sin Rey. En el gran salón de palacio, dos fuertes guardias custodiaban día y noche un torno vacío, en el que sólo había una corona, a la espera de ser ceñida por un hombre valeroso. La esperanza del pueblo ya había decaido, y en las tierras que dominaba la Torre del Rey, ya no crecía nada. El ganado moría de hambre y sed, y las gentes se aburrían y desfallecían de tristeza. Muchos fueron los que aspiraron a cuidar al pueblo, pero ninguno de ellos fue digno de tal honor. Era la desesperación tal, que se organizaban torneos y justas para nombrar un candidato, pero en ellas jamás había vencedor. Se decía que había caido una maldición, y que ya jamás ningún otro reinaría.

Antaño aquellas tierras fueron territorio de los moros, pero un gran héroe, al que llamaban Belean, llegó para hacerles retroceder. Empuñando las Espadas Gemelas logró derrotarlos y fundar tan basto Reino, y tras generaciones de paz y prosperidad, el último Rey, viejo y arruinado, les dio a sus dos hijos la oportunidad de disputarse el trono. Ambos se marcharon, y cuando uno regreso, dijo no ser digno de gobernar. Había asesinado a su hermano, y perdido las Espadas Gemelas del héroe Belean. Y desde entonces, el trono quedó vacío, a la espera.

Se libraron grandes batalllas, los campos y las playas se tiñeron con la sangre de guerreros que acudían a disputarse aquella corona, pero jamás ninguno logró cruzar las puertas del gran salón de palacio. Aquella torre quedó triste, abandonada, y el paso de los años la arruinó. Pero siempre sus dos guardías permanecieron firmes, ante el trono vacío.

Una vez, un valiente guerrero llegó ante la puerta del palacio arruinado, y justo allí, una tormenta imprevista descargó un gran rayo y lo fulminó, esparciendo sus cenizas por el campo. Otro llegó a llamar a la puerta, tres golpes fuertes sonaron sobre su madera, y los los dos guardias se inquietaron, pensando que podrían por fin abandonar su empresa. Pero cuando abrieron los grandes portones del salón, aquel hombre estaba muerto, sin mayor explicación, ni rastros de enfermedad. Uno, que había derrotado a cuantos se habían interpuesto en su camino, llegado de tierras del sur, más allá del mar, se lo llevó un territble huracán. Lo encontraron mal herido en la playa, y dijo antes de morir que nadie podría jamás reinar allí.

Todo aquél que lo intentó, que vislumbró la posibilidad de traer paz y calma a aquellas tierras, pereció en el intento. Las gentes se sublevaron, y un tiempo de oscuridad cayó sobre todos ellos. Los cielos se entristecieron, y la lluvia no dejó de caer. El mar embraveció, y sus costas recogieron restos de incontables naufragios. Los más bravos se aventuraron a cruzar las tierras colindantes, pero ninguno pudo llegar hasta aquel trono.

Los guardias esperaron, apoyados sobre sus lanzas, a que alguno fuera capaz de entrar en el gran salón del Rey, y para aquél que lo lograra, le esperaban con una última prueba. Éste debería resolver un acertijo, que aun no había sido nombrado...



Continuará...
Esto han sido sólo breves notas, que giraban en mi cabeza, y que seguro darán algún resultado. Iba a escribirlo en mi cuaderno, pero he pensado en contároslo aquí, pues así me animo a continuarlo.
Espero que os guste! !


Las notas hay que escribirlas en verso...