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11 septiembre, 2011

Historia de una Estatua de Piedra

Cuando Lyda se despertó, era un nuevo día. Debía haber dormido toda la noche en medio del bosque, y ahora el sol lucía en lo alto, y al darse cuenta de la ausencia de la lluvia, recordó todo lo acontecido. Fue a levantarse y a correr hacia Dristán, pues se veía incapaz de formular un hechizo, estaba realmente agotada, cuando sintió un dolor punzante en la pierna. Aquél era uno de los mayores dolores físicos que había sentido Lyda, y se vio incapaz de caminar... Pero no se daría por vencida. Comenzó a gatear como podía, pues ahí en medio nadie la socorrería, y si no daba con Dristán, daría con alguien que la ayudara a llegar hasta él. Además, no debía estar ya lejos... ¿Dónde estaría? ¿Sería de nuevo un hombre, un montañés fuerte y guapo, que andaría desorientado por el bosque? Ella sólo pensaba en ese encentro... Gateó, se arrastró y se detuvo largos ratos a descansar. Cruzó todo aquel bosque, a través de barro, musgo, helechos y rocas, hasta que los altos abetos dieron paso al bosque de laurisilva. Allí los árboles de laurel se hacían retorcidos, y tenían hermosos líquenes cayéndoles de las ramas. Los helechos eran de mayor tamaño, y las rocas estaban cubiertas de musgo. Era un frondoso bosque, donde hacía mucho tiempo que nadie estaba, si es que alguien había pasado por ahí alguna vez... Lyda avanzó como pudo entre la maleza, hasta que se dio cuenta de que se encontraba muy cerca. Llevaba todo el día arrastrándose, no había comido, y estaba agotada, pero al fin llegó a donde se dirigía...





Por fin he terminado este cuento, que tanto me gusta. 
Llevo tres años escribiéndolo, aunque confieso que en el último año no lo había tocado. 
No puedo mostrároslo, pues lo voy a enviar al XX Premio Edebé de Literatura Infantil y Juvenil. 
Este cuento me gusta mucho, y creo que es una buena idea presentarme.
Ya os iré contando!!

30 agosto, 2011

XX Premio Edebé de Literatura Infantil y Juvenil

Hola a tod@s!

Sólo vengo para contaros que estos días mi máxima prioridad es terminar el cuento que voy a presentar al XX Premio Edebé de Literatura Infantil y Juvenil. Es un cuento del que mucho os hablé en su día y que no llegué a terminar. Estaba a falta de los tres últimos capítulos, en los que estoy trabajando ahora. El plazo para el concurso acaba el día 15 de septiembre, y espero tenerlo listo y enviado para entonces.
Os estoy hablando de Lyda de Lis. Historia de una Estatua de Piedra, que por cierto pasa a llamarse simplemente: Historia de una Estatua de Piedra.

Llevo unos días revisando notas, releyendo y corrigiendo capítulos, y espero tenerlo listo para la fecha indicada.
Creo que es una buena historia, vamos a ver qué les parece a los señores de Edebé.

Espero pronto contaros más cosas sobre este cuento que me gusta muchísimo!!

Saludos,
Darka.

23 junio, 2010

Un día en el mundo

Hola!!
Hoy vengo a contaros un poco de mí, y de lo que ando haciendo, porque parece que estoy un poco desconectado de aquí, pero no es así.
Cierto es que ando liado a nivel personal y académico-profesional, y eso me ha quitado tiempo, pero mi cabeza no deja de girar y girar con ideas del nuevo proyecto que tengo entre manos, y del que vengo a hablaros ahora.

Por un lado, anunciaros que el cuento de Lyda de Lis. Historia de una Estatua de Piedra. está casi terminado. Me quedan los últimos capítulos para darle fin, lo cual estoy deseando.
Es más, estoy recibiendo muy buenas críticas del cuento, aunque todo deba decirse, aun hay que revisarlo y cambiar algunas cosillas que me cogean. Pero puedo decir que está casi terminado. ¡Llevo 2 años escribiéndolo!

Y el proyecto que venía a presentaros, y del que ya os había hablado, es La Sirada. Aun no tengo un nombre definitivo para el cuento, pero la verdad es que está realmente avanzado. Como podéis ver en su página, ya tengo la estructura del cuento, y ya he comenzado a escribirlo. Tengo varios capitulos ya terminados, a pesar de no haberlos subido. Ahora mismo estoy trabajando en el capítulo XV, del que os mostré un fragmento en la entrada anterior de este blog. No significa que haya escrito los catorce anteriores, ya sabéis que voy escribiendo así como me van viniendo.
Tan pronto como pueda, actualizo la página de lcuento y subo los capítulos terminados.

Y bueno, en esto estoy trabajando actualmente.
Este cuento que estoy empezando, en el que llevo pensando unos meses, me está encantando. Personajes, argumento, e importancia en Mi Mundo, todo. Y sé que lo escribiré muy rápido!! Al menos, de momento, para ser un cuento largo, va muy avanzado!

Un saludo a todos los que hayan caído por aquí y me hayan leido!!
Darka.

05 abril, 2010

Lendaia, la bruja de pelo azul

(. . .)

- Me lo dirás… Oh, créeme que me lo dirás antes de que acabe contigo. ¿Has conocido el dolor niña? ¿Sabes cómo se resiente el cuerpo humano cuando le corre el millar de energías que descarga un rayo? La piel se marchita como papel, y se consume el alma con el fuego de los avernos… Pero tú ya sabes de eso, ¿no? Dime, ¿Has hecho un trato con él? ¿Has caído en tal error? Te veo así de estúpida…

- No sabes de qué hablas.

- ¡Tú no lo sabes, niña! ¿Qué sabrás tú de los avernos, o del hambre de los demonios…?- Ambas permanecieron en silencio unos instantes, una escrutando a la otra, tratando de intuir más allá de la que cada una decía. La tormenta pareció incrementarse, los rayos azulados caían por todos lados. Tremendas explosiones estallaban en la arena o en el Río de los Faraones al tomar contacto con la energía de la tempestad.- Dime, Lyda, Señora de la Magia Mutable. ¿Dónde está el Lunariu? ¿Dónde lo has escondido?

- Jamás lo sabrás.

Entonces la Dama Negra sonrió para sí. Retirándose unos metros hacia atrás, dejando a Lyda ahí tirada.- Si desperté tu curiosidad, ahora sabrás lo que se siente…- Y elevó su báculo al cielo, y la piedra que tenía se iluminó en toda su negrura, y de ella brotó un haz de luz que se proyectó sobre la tormenta. Y así, un gran rayó cayó hacia la pirámide, yendo a parar justo sobre Lyda.

Nunca antes sintió un dolor tan horrible. Sus extremidades se estiraron, y su cabello se erizó, y con aquel tono rojizo pareció arder en llamas. Cuando logró respirar, aturdida, sólo pudo aspirar ese aroma a quemado, a piel y bello abrasados y tela chamuscada. Entonces lanzó un segundo hipo con el que casi se ahoga, y la sola idea de lo que se avecinaba cruzó su mente como un segundo horror que la heló por completo.

- Habla, niña. Dime dónde lo dejaste…

- Nunca…

Pero la Dama Negra no se daría por vencida. Apuntó con su bastón a Lyda, y habló con palabras inaudibles, y de nuevo la piedra negra se iluminó. Entonces Lyda sintió un mareo, seguido de un cansancio mental que nunca había experimentado. Millones de preguntas le acosaron, y algunas hasta hallaron respuesta, y comenzó a gritar de pánico.

La bruja elfa sonrío de nuevo, y su belleza maligna se acentúo en la noche, justo para torcerse en un miedo desconsiderado…- No… Se lo diste a él… ¿Cómo has sido capaz?- Y fue a golpearle con báculo descargando toda su ira, con la intención explícita de acabar con ella. Pero entonces algo se interpuso en el golpe, y Lyda vio sobre sí una nueva figura en la escena. Era una elfa que vestía de blanco, con una capa azul oscuro y el cabello suelto. Éste bailaba con la tempestad, en un tono azulado que emulaba a los rayos que caían por doquier. Lendaia, la bruja de pelo azul que Lyda andaba buscando, ni la miraba sobre su cabeza. Había parado el golpe de la Dama Negra con su espada, un filo muy hermoso de plata que sostenía con una sola mano y gran estilo.

Entonces Lyda, desde el suelo sintió unos nervios incontrolables que duraron el instante previo a la sensación de hipo. Y cuando lo soltó, llevándose la mano a la boca, aquella escena, que parecía congelada bajo la tormenta, terminó. Todo comenzó a temblar, y algunas piedras de la pirámide comenzaron a desmoronarse. Lendaia y la Dama Negra casi pierden el equilibrio, pero ambas se mantuvieron aguantando el golpe de la otra. Y Lyda, su cuerpo joven y esbelto, se fue convirtiendo en un monstruo horrible.

Toda su columna se fue agrandando, y de cada vertebra nacieron diferentes cuernos. Su piel se oscureció, volviéndose verdosa, y toda ella creció y creció, de forma que las dos elfas enfrentadas debieron retirarse. Lyda alcanzó a ver a Lendaia caer a un escalón más bajo, sobre un gran bloque que se desprendió con su aterrizaje, obligándola a saltar a otro. La Dama Negra permaneció en su sitio, retrocediendo, y Lyda siguió creciendo y creciendo en aquella forma horrenda. Sus brazos y piernas se ensancharon con músculos que no existían antes, y su piel se recubrió de escamas. Su cabello se perdió, volándose con la tormenta y desapareciendo en el aire, y su cabeza se convirtió en el busto de un reptil gigante. Y entre tanto horror, Lyda sólo fue consciente de sí misma, de la tormenta y la pirámide, pero había perdido de vista todo lo demás, y justo cuando sentía enfurecerse cada célula del cuerpo y sentir un ansia sin medida, perdió la razón, cayendo en una oscuridad que le nubló todo…

(. . .)



Este es el capítulo décimo octavo del cuento de Lyda de Lis.
¡Sólo quedan cinco para terminarlo!
Para leerlo entero, consúltese el siguiente enlace:

06 marzo, 2010

La Dama Negra

Llevo unos días queriendo escribir un monográfico de la Dama Negra, uno de mis personajes preferidos. He pensado que puede ser un buen apartado para el blog, de vez en cuando hablaros sobre un personaje en concreto. En realidad ya lo hice en otras ocasiones, aunque no lo pensé como un nuevo apartado. Otros personajes de los que ya escribí monográficos aquí fueron Firin, de Firindain; Kalhia, de Quivarén; Murtagh, el Señor Caracol; Sebah, el Duende de Epoxi; o Ulara, la Llorona...


Pero hoy os hablaré de la Dama Negra, un personaje enigmático que dedicó sus vida a una empresa que jamás lograría cumplir.
Nunca he llegado a saber su nombre, pues seguramente fue conocida por diferentes en momentos y lugares diferentes... Pero en todo caso, siempre sería conocida por el sobrenombre de la Dama Negra.


Ella es una elfa, de la Alta Estirpe de Gelidén, los amantes de las estrellas, que en algún momento de su vida, siendo aun joven, pudo leer un Lunariu, y así descubrir que los Demonios Resentidos llegarían al mundo, para devastarlo. Así, la Dama Negra dedicaría su vida a evitar que estos crueles demonios fueran invocados en el mundo.
Ella es una hechicera misteriosa, una ermitaña, que prefiere la soledad a la insustancial compañía. Se oculta en diferentes sitios, sin una residencia habitual, y ha vivido para ver nacer y morir a muchísimas generaciones de hombres... Es muy poderosa.
El primer dato conocido que tengo de ella, es que estuvo en la Torre de Teth Nolin, durante la Llegada de la Llorona, en el año -1253 del calendario de los hombres del Viejo Mundo más occidental. Estos hechos se narran en El Cuento de Siläe. En aquel momento sería invocada Ulara, la Llorona, el Demonio Resentido imaginado en la Tristeza de Orfgod... La Dama Negrahabría acudido a la torre perdida en aquel inmenso desierto en que siempre es de noche, pero no habría logrado su empresa.

Hasta entonces, parece que los elfos del Bosque Encantado de Loth-Darien pordrían haberla estado dando asilo, aunque éste es un dato aun por confirmar.
Después de la Llegada de la Llorona, la Dama Negra debió ocultarse por diversos lugares, rondando de aquí y allá, tratando decambiar lo que se avecinaba. Presumiblemente, estuvo tratando de dar caza a Ulara, es posible que hasta se batieran en duelo en alguna ocasión, pero de ello nada quedó escrito, que se sepa.

Mucho tiempo después, en el año 1008 del calendario de los hombres, la Dama Negra volvió a aparecer en el Nuevo COntinente de Ülathar, tratando de evitar que Gingoen, el Demonio Resentido imaginado en la Impotencia de Orfgod, fuera llamado. Ello es relatado en el cuento de Lyda de Lis.
¡Habían pasado más de 2000 años de la llegada de la Llorona! La Dama Negra habitó de aqui y allá, siendo conocida siempre como una ermitaña, tratando de pasar desapercibida, y viviendo como pudo. Frecuentó la Torre del Recuerdo, donde pudo consultar algún Lunariu, los libros que hablan de la llegada de los Demonios Resentidos. Tal vez vivió allí, adorando al Dios del Recuerdo, una temporada... Esa torre está situada en las Montañas del Anochecer, en algún punto de los Reinos Enanos, y en ella se alberga la mayor biblioteca del mundo.

Pocos datos comprobados se tienen de la Dama Negra. Es probable que aparezca en otros cuentos, como el de El Eviterno, que hablará de la llegada de Evilized, el Demonio Resentido imaginado en el Deseo de Orfgod, pero aun debemos esperar para saberlo.

La Dama Negra siempre vivió a parte de la sociedad. Era una vagabunda, una ermitaña, y una poderosa hechicera. Siempre vistió de negro, como si preveyera un luto por lo que estaba a punto de acontecer... Portaba un precioso báculo, con el cual podía hacer magia, y con lo largos años de estudio y práctica, había alcanzado gran sabiduria.
En la mayoría de las ocasiones, los protagonistas de los cuentos en que se deja ver, la toman por una bruja con fines oscuros... Si hace el bien o el mal, es relativo. ¿Justifica el fin los medios? tal vez ése sea el gran debate que presenta este personaje... Ella sabe que se va a desatar un gran horror en el mundo, que viene dispuesto a devorarlo todo, y tratará de evitarlo a toda costa, pagando cualquier precio por ello...

Me encanta este personaje. Y me alegra saber que aun me queda mucho por descubrir de ella... Ya os iré contando!!

Darka.

22 febrero, 2010

Murtagh, el Señor Caracol


El 22 de noviembre de 2008 fui al TEA (Tenerife Espacio de las Artes), donde pude ver la exposición de Óscar Dominguez (La Laguna, Tenerife, 3 de enero de 1906 – París, 31 de diciembre de 1957), artista surrealista canario. Su obra me maravilló y sorprendió por igual, en gran medida porque el surrealismo no suele llegarme como él consiguió. De entre sus obras, ésta me dijo algo en especial. Siento no poder daros nombre y fecha, pero por más que busco y rebusco, no doy con ella. Al verla, aquel día, me vino la imagen de Murtagh, el Señor Caracol, el personaje del cuento de Lyda de Lis. Historia de una Estatua de Piedra, del que vengo a hablaros. Fue verlo colgado en aquella pared blanca, y visualizar lo que os describo, tal y como Lyda se lo encontraría aquel día...
Espero que os "guste"!


(...)

- ¿Quién es la chica?- Dijo el cuarto enano, de forma brusca e imperativa.

- Viene a hablar con Murtagh, dice que sabe dónde está la bruja que cambia las cosas.

- Eso es imposible…- Contestó el enano más fuerte, y en ese momento se abrió la cortina de la litera, dejando al descubierto aquel ser horrible. Lyda hasta se asustó, dio un paso atrás, pero los cuatro enanos no se movieron. Tras la cortina, una figura deforme descansaba sobre cojines. Lyda jamás había visto cosa igual. Era un viejo escuálido, de tez clara, como muerta, arrugada y sin pelos. Las costillas se le marcaban de tal forma, que el horror de su rostro pasaba desapercibido. Era calvo, con una mandíbula que le sobresalía, mostrando sus dientes asomarse de una boca sin labios reconocibles. Sus ojos eran dos cuencas vacías que nadie había tenido la intención de ocultar y los huesos de su calavera se marcaban tanto, que parecía un espectro enfermizo. Pero lo más asqueroso era su alrededor… Por toda la litera, entre almohadones y cofres, había numerosos frascos llenos del líquido en que flotaban sus órganos… El corazón estaba a su derecha, un pulmón a cada lado, los riñones, el hígado y hasta el cerebro, en un estante sobre su cabeza… Era una imagen repulsiva.

- ¿Quién eres, muchacha?- Dijo aquella figura horrenda. Su mandíbula extraordinaria se movió, como si la calavera de un muerto viviente le hablara. Las cuencas vacías de sus ojos estaban clavadas en ella, como si de verdad la miraran.- ¿Por qué crees que busco a la Señora de la Magia Mutable?

- Sé dónde encontrarla.- Respondió Lyda muerta de miedo.

- Dime, pequeña, ¿cuál es tu nombre?

- Eso no importa.- Dijo ella, casi dando un paso atrás.- Vengo a ofrecértela.- En ese momento, Lyda sacó de su bolsillo una manzana, y comenzó a jugar con ella, lanzándola al aire.

Aquella calavera pareció sonreír.- ¿Quién te dice que no he dado ya con ella?

- Sé que no lo has hecho. Dime lo que quieres de ella, y es posible que te diga cómo encontrarla.

- De verdad, me siento intrigado… ¿Qué te hace pensar que la busco?

Lyda torció la cara. Aquel ser repulsivo le era fascinante en alguna manera que no podía comprender.- La necesitas. Los dos lo sabemos. Y yo vengo a entregártela.

- Y querrás algo a cambio… ¿Qué podría ofrecerte yo?

- Sólo quiero saber qué quieres de ella. Ella vendrá por su propia voluntad cuando lo sepa.

Los enanos los miraban, escuchando aquel diálogo sin mediar palabra. Estaban más intrigados en cómo acabaría aquello que interesados en interrumpir. Aquel brujo, lo que fuese aquello, vivo o no, habló muy despacio.

- De ella quiero que me ayude a traer un ser de otro mundo.

(...)



Extraido de Murtagh, el Señor Caracol
Darka Treake
Descarga el capítulo entero en PDF aquí.

02 septiembre, 2009

El Sueño de la Estatua

(...)


Se levantó, y se acercó a la estatua. Se acercó tanto que sintió como se invadían el espacio personal el uno al otro. Se le aceleró el pulso, creyendo que él podía sentir esa cercanía, ese momento. Pero dudó de que fuese así. Le rozó la cara, y sintió la piedra fría y empapada, y se acercó más, y más, hasta quedar frente a él. Su ojos de piedra parecían mirar más allá, tras ella, a una fiera enorme y peligrosa, pero no le importó y se aproximó más. Entonces, sin besarle, abrazó aquella estatua con todas su fuerzas, pero ella no le devolvió el abrazo, sino que se limitó a permanecer en su posición de ataque, bien alerta, en la eterna espera de la bestia.

Entonces a Lyda se le ocurrió que había una forma de acercarse más aun a él. De cruzar esa frontera de piedra que les separaba, de encontrar el último ápice de consciencia que quedara en la estatua. Si aquella piedra albergaba alguna vida aun, ella la encontraría, y la cuidaría. Pensó en el hechizo que su amiga Onírica, la bruja de la Magia Onírica le enseñó. Juntas habían logrado convertirse en el sueño de otra persona. Era algo muy complicado, y que jamás había logrado ella sola. Las dos, Onírica y Lyda, uniendo sus magias, habían logrado convertirse juntas en el sueño de otra persona, de manera que se introducían en él y lograban jugar con su sueños. Pensó que si aún quedaba algo de Dristan en aquella estatua, esa era la forma de encontrarlo, de comunicarse con él, de acercarse a él...

Lyda se concentró en recordar el hechizo. Sabía las palabras que Onírica decía, conocía su significado y sabía cuál era su parte en el conjuro. Pensó en Onírica, la pobre Onírica, ahí tendida bajo la columna caída de su Palacio de los Sueños... Pero luchó por mantenerse serena, por recordar sólo a Onírica y al hechizo. Abrazó a la estatua tan fuerte como pudo. Recitó las palabras de Onírica y las suyas, entrelazó cada vocal y cada letra para lograr recitarlas simultáneamente. Apretó con más fuerza la estatua. Vio la cara de Onírica. Se vio a sí misma volando hasta ese lugar. Vio la estatua desde el aire. Hizo más fuerza contra el cuerpo de piedra. Repitió las palabras, una y otra vez. Cada vez más rápido. Onírica. Dristan. El hechizo. La estatua. El dragón. La voz... Y entonces, como si todo un torbellino de ideas hubiera dejado de girar en su cabeza, sintió el olor de la magia flotar alrededor. Recordó el color que el aire tomaba cuando la Magia Onírica surtía efecto. Y ese violáceo nubló todo alrededor, hasta que Lyda no pudo ver nada. Sólo sentía la estatua contra sí. La piedra fría y húmeda. Y creyó sentir que ella también la abrazaba...

Cuando volvió en sí, ya no estaba allí. Estaba en cualquier otro lugar, y no era Lyda, sino un hada diminuta y pelirroja, que revoloteaba danzando sobre un páramo verde, cubierto de un pasto reluciente. Se trataba de un hermoso valle entre montañas, por el que corría un riachuelo de aguas cristalinas. Éste descendía por un sendero natural como producto del deshielo, y se perdía hacia el sur. Aquellas montañas eran muy diferentes a cualquiera que hubiera visto Lyda en su vida. Hacia el noroeste, sobre las cimas más altas, parecía que el cielo se tornaba en atardecer repentino, mientras que hacia el sureste, el día lucía radiante, como en las primeras horas de la mañana. Aquél espectáculo fue digno de un bonito sueño, y Lyda se preguntó cómo alguien podía imaginar un atardecer a medio día, tras aquellas altísimas montañas... El azul brillante se iba anaranjando sobre las montañas al noroeste, para oscurecer por completo tras éstas... Era algo increíble, y precioso. No supo si era su imaginación la que componía el sueño, o si sería la de Dristan, tratando de evadirse de su eterno letargo... Entonces cayó en la cuenta de que Dristan estaba allá abajo, en el suelo, tomando el sol sobre el pasto, tumbado boca arriba.

No muy lejos pastaban unos animales de grandes proporciones, con manchas blancas y negras, y grandes cuernos en la cabeza. Y al otro lado del río, en la vertiente occidental, crecían miles y miles de flores rojas, que cubrían gran parte de la pradera. Más allá, las montañas volvían a nacer, elevándose hacia donde el día lucía azul y maravilloso. No había una sola nube. Un lugar idílico, digno de un bonito sueño.


(...)


El Sueño de la Estatua
Lyda de Lis. Historia de una estatua de piedra
www.modt.net



Esto será el capítulo V del cuento de Lyda de Lis.
Descárgalo completo aquí:

>El Sueño de la Estatua

21 agosto, 2009

La Tragedia del Día y la Noche

El trovador reunió aquella mañana a muchos seguidores en la plaza. Era un bereber viejo, un trotamundos, famoso por sus cuentos de diferentes partes del mundo. Había recorrido y visto cosas que ni siquiera podríamos imaginar. Había estado en tierras donde la magia se permitía, y no se perseguía… Donde los ancianos sabios eran venerados, donde los dioses antiguos aun eran recordados. Lugares donde los reyes eran efímeros, y otros donde eran altos guerreros, ya conocidos como clásicos. Había visto bestias de grandes portes y fieros aspectos. Había pernoctado en los más oscuros abismos, y había regresado para hablarnos de ellos… Vestía una túnica gris y un turbante envolviéndole la cabeza. Tenía una barba oscura, sobre la piel bronceada, y hablaba con un acento que arrastraba las palabras, dando a su relato la fuerza de un antiguo cuentacuentos. Fumaba en pipa de marfil, y no tocaba ningún instrumento musical, pues según contó, jamás se había compuesto una melodía tan triste para acompañar este relato. Tituló el cuento La Tragedia del Día y la Noche. Según dijo, no era algo que él hubiera visto, sino un cuento popular de la sabana donde habitan las tribus Chagna, muy, muy al sur del Viejo Mundo, de hecho en otro continente, llamado Ülathar. Lo que si había visto, era la estatua del cuento, que aun se erguía, en recuerdo de lo que estaba a punto de narrarnos…

Aquellas estepas una vez fueron selva cubriendo una tierra que ahora se secaba bajo un sol incesante, donde ya sólo habitaban las tribus Chagna. Éstos eran pueblos nómadas que aun seguían los credos antiguos. Creían en el fuego, el viento y el agua, en el tiempo y la vejez, en el día y la noche… No vestían ropas, sólo pieles de animales fieros que aun corrían libres por aquellos parajes, con cuyos colmillos se armaban, combatían, y los daban caza. Se agujereaban la piel, para alojar huesos, piedras o argollas, y se tatuaban todo el cuerpo con símbolos religiosos. Aquellas gentes, nos contó, se reunían en diferentes tribus o clanes, que dominaban ciertos territorios en imperturbable paz. Cada tribu tenía una serie de chamanes, de sabios o sacerdotes, a quienes el pueblo seguía, pues ellos guiaban con la palabra de los dioses, a quienes llamaban en tiempos de necesidad. En eso no se diferenciaban mucho a nosotros, nos insultó. Los dioses Chagna aquí serían paganos y perseguidos, a diferencia de lo que harían ellos con los nuestros.

Nos habló entonces de sus ritos y creencias, de sus invocaciones, de sus llamadas a los dioses y de sus mitos. Y entre tantos nombres, hubo dos que adquirieron especial interés para los oídos de todos cuantos escuchábamos: Sanae y Xiam. Sanae era una de las chamanes más mayores de todas las tribus Chagna, una anciana muy venerada por su sabiduría y por sus logrados consejos. Era la chamán de la noche, la sacerdotisa de la Magia Nocturna, lo que aquí habríamos llamado una verdadera Bruja. Era seguidora de la noche, se comunicaba con los espíritus de la noche y amaba a la luna y las estrellas por igual. Dormía por el día y vivía por la noche, cuando rezaba y hablaba con los dioses de las tribus. Xiam, por el contrario, era una chaman muy joven, pero muy sabia. Era la chamán del día, la Bruja de la Magia Diurna. Adoraba al sol y le rezaba cual dios incandescente en la bóveda del día. Dormía por las noches y sólo vivía durante los días abrasadores de la sabana. Ambas eran incompatibles, pues habitaban reinos diferentes, Sanae habitaba la noche y Xiam el día. Pero una vez ocurrió algo inesperado, algo que conmocionó a las tribus, el mensaje de un dios. En aquel momento el día y la noche se unieron, fueron uno, y las tribus se reunieron para observar el fenómeno, y rezar a los dioses. Durante el día, cuando el sol se elevaba allá en lo alto, su luz cegadora fue menguando hasta desaparecer en una fina aureola, y se hizo la oscuridad. A dicho fenómeno, aquí lo llamamos eclipse de sol.

En aquel instante, durante la reunión de las tribus, Sanae y Xiam se conocieron. El eclipse duró los suficiente como para que ambas entablaran una amistad especial. Desde aquello, las sacerdotisas del día y la noche se hicieron amigas, y se reunieron cada ocaso y cada alba, en los últimos instantes en que una permanecía despierta, y cuando la otra justo acababa de despertar. Durante aquellos instantes, tantos y tantos amaneceres y crepúsculos, las dos intercambiaron conocimientos, experiencias, rituales y secretos. Fue una amistad que se alimentó con el conocimiento de una y la curiosidad de la otra, con las palabras y la brevedad del instante. Entre las dos chamanes nació una amistad que se fue tornando en romance, y de aquella unión surgió un amor entre las dos sacerdotisas que se hizo imposible.

Xiam habitaba el día, y Sanae, la noche. Cada ocaso y cada alba, en esos breves instantes en que el firmamento duda entre la noche y el día, ellas dos se abrazaban, se hablaban y se amaban. Pero aquel romance no podría durar demasiado, pues Sanae, que era la más mayor, no viviría mucho. Y Xiam, que era joven y la veía marcharse en vida, sin poder aprovechar el tiempo debido a sus diversas condiciones, decidió hacerle un regalo a Sanae.

Fue entonces cuando acudió hasta el Gran Volcán, donde por aquel entonces habitaba un demonio que deseaba ser invocado. El trovador bereber no quiso darnos su nombre, pues según dijo, aquel demonio hizo mucho daño un tiempo después de lo ocurrido en este cuento. Pero Xiam no sabía nada sobre él, salvo que era capaz de cumplir cualquier deseo. Cuando una persona está enamorada, a menudo desea cosas y toma decisiones sin mirar las consecuencias que vendrán. Y Xiam, así, hizo un trato con el demonio. Le pidió su regalo para Sanae, y el demonio se lo concedió, a cambio de su alma. Xiam, por amor, por descaro, creyendo que sus dioses protegerían su alma del demonio, y que en todo caso, sería al final de su vida cuando debiera entregarla, aceptó el trato. Pero se equivocaba.

Así, regresó Xiam con el regalo para Sanae. Y al mismo día siguiente, cuando Sanae aun dormía y ella rezaba, ocurrió un segundo eclipse que duró largos minutos. Las tribus se reunieron de nuevo, y Sanae despertó en mitad del día, pues éste se oscureció, volviéndose noche, y ambas, Xiam y Sanae pudieron encontrarse por largos minutos y amarse sin reparo.

Primero el sol se fue oscureciendo en el cielo, hasta que se convirtió en una aureola. Fue entonces cuando Sanae y Xiam se reunieron, se abrazaron y se besaron. Adoraron juntas al día y a la noche, unieron sus magias, y dieron gracias al demonio por regalarles eclipse. Pero en el momento en que la oscuridad fue clareando, y el sol asomando de nuevo en el cielo, Sanae sintió que Xiam, entre sus brazos, estaba cambiando… Su piel, tersa y joven, comenzó a endurecer. Sus piernas se hicieron pesadas y le fue imposible caminar. Sus movimientos, hasta ese momento rebosantes de agilidad y ritmo, se enlentecieron, y su rostro se fue apenando. La sonrisa que siempre lucía se fue apagando y en su mirada, a escasa distancia de Sanae, se fue volviendo gris y marchita. ¡Se estaba convirtiendo en piedra! Su cabello, anudado y enredado por los rituales, dejó de ondear al viento, para caer pesado sobre su espalda desnuda. Sus brazos dejaron de moverse, y el abrazo que se daban se convirtió en una postura fingida, un recuerdo de algo que jamás se repetiría. Cuando el sol volvió a lucir en lo alto, iluminando con su magia la Sabana de las tribus Chagna, Xiam era una estatua de piedra, pues su alma ya no le pertenecía, sino al demonio que le había engañado. Y a sus pies yacía la anciana Sanae, a quien la luz del día había cegado primero, y adormilado después.

Al caer la noche, cuando Sanae despertó, encontró a Xiam en aquel estado, y la sacerdotisa de la noche se horrorizo, quedando desconsolada y triste. Ya jamás sería la misma. Dicen que, desde aquello, durante la noche en la sabana se respira la pura tristeza, que cae del cielo nocturno envolviendo a los que no duermen. Y que durante el día, aquellos que le rezan a los dioses, o que invocan a la magia, no logran alcanzar su propósito en último término, pues falta algo que les ayude a invocar la Magia Diurna…



29 julio, 2009

Historia de una estatua de piedra


Mucho tiempo atrás, contó el dragón nimio, llegó a estas tierras un pueblo nómada. Vivían del pastoreo, y al encontrarse en estos parajes, se vieron maravillados. Era una tierra casi inexplorada, muy lejos de donde ellos habían venido, y decidieron quedarse. Todas aquellas montañas, llamadas ahora el Macizo de las Estatuas, fue para ellos una oportunidad, una tierra virgen donde sus rebaños podrían pastar sin temor, y donde decidieron asentarse un tiempo. Su apego fue aún mayor cuando su líder, un hombre muy anciano, murió amando este bosque. Por él, por su deseo de formar allí un hogar, se quedaron. Provenían del Viejo Mundo, otro continente muy al norte de aquí. Habían vivido entre montañas siempre, sintiéndose seguros entre las cumbres, por lo que eran conocidos allá a donde habían ido como un clan de hombres de alta montaña, o sólo montañeses. Algunos decían que eran una raza mestiza, entre enanos y hombres, aunque ni siquiera ellos lo creían.

Aquí vivieron hasta su fin, pues hace no mucho que se extinguió su cultura. Aquí descubrieron que las montañas, como el inmenso volcán, estaban habitadas por criaturas oscuras y peligrosas. El Dragón Dorado los atemorizó, pero no quisieron ya marcharse. Y desde entonces combatieron a los orcgluds, una raza de bestias que Lyda conocía bien, y a quienes evitaba. Eran unas criaturas de piel negra, del tamaño de un hombre, o incluso mayor, a pesar de caminar encorvados. Con la edad les crecían cuernos, en cualquier parte del cuerpo, y los ancianos a menudo no eran capaces ni de moverse por ello. Todos tenían el espinazo bien marcado, con pequeños de estos cuernos creciendo a lo largo de toda la espalda. Recordaban a los orcos, que también había por aquellas tierras, pero éstos eran peores, aseguró el dragón nimio. Vivían en túneles naturales del Gran Volcán, se alimentaban de raíces y de todas aquellas presas que lograban capturas. Adoraban a Mëryl, el Dorado, el cual los repudiaba y a menudo utilizaba. Lyda los había visto alguna vez, pero siempre había huido pues la atemorizaban. Los orcgluds no vestían ropa, salvo una máscara horrorosa que infundía un terror incomprensible al que los miraba... Su líder portaba además el Medallón del Dragón, hecho con una escama del mismísimo Mëryl, según se decía, de oro puro. A éste se le llamaba Umbduch, como al primer líder al que el dragón le dio el medallón. Desde entonces todos heredaban el amuleto y el nombre a modo de título. Llevaban allí muchísimo tiempo, tanto que ya se había olvidado su origen. Al parecer lucharon en las Guerras del Desierto, contra los elfos que habitaron Nilith tanto tiempo atrás, una ciudad en ruinas en la costa oriental de Ülathar, no muy lejos de donde se encontraban. Ya quedaban muy pocos, pero los suficientes para suponer un peligro para los montañeses.

En sus últimos momentos, el clan decidió que para acabar con los orcgluds debían acabar con Mëryl, el Dragón Dorado que habitaba el Gran Volcán. Y fue Dristan McKeltar el elegido para tamaña empresa. Aquel hombre que Lyda tenía delante había venido hasta aquí a derrotar al dragón para salvar a su pueblo. Fue considerado un gran héroe, y ahora no era más que una estatua de piedra. Poco después de aquello, al no regresar Dristan, llegó el final de los montañeses. Los orcgluds acabaron con los que quedaban de ellos, otros huyeron y como consecuencia, su cultura ya se había perdido. Aquel pueblo ya no existía, y Dristan, en la forma de aquella estatua, era el único recuerdo que quedaba de ellos.

En su recorrer en busca del dragón, Dristan McKeltar había dado con la figura del elfo Quinos, amo del dragón nimio, y ambos habían hablado, justo antes de que Drsitan se convirtiera en piedra. Según le contó a Lyda, el guerrero de las altas montañas le dijo al dragón que ya había escuchado la voz, y que le había hecho la promesa. El dragón nimio le dijo entonces que ya estaba perdido, pero que a Dristan no le importó, pues con su promesa se había asegurado la gloria, y el recuerdo...

Cuando se marchó, y se encontraba en el lugar donde estaban Lyda y el dragón nimio hablando, apareció el Dragón Dorado, y se dispuso a combatirle. Pero justo en el momento en que se iban a enfrentar, Dristan se transformó en la estatua de piedra que era ahora...

Así había sido. Aquella era la historia de Dristan McKeltar. El dragón dudaba si habría logrado su empresa, pues derrotar al gran dragón era un mérito digno de un gran guerrero, a pesar de que Dristan le había parecido muy valeroso y diestro. Pero, según se contaba, Mëryl, el Dragón Dorado, se había enfrentado a los dioses y había sobrevivido a su ira...



Éste es el capítulo IV del cuento de Lyda de Lis.
También he terminado el capítulo III, por título El dragón nimio, pero me faltán unos retoques que no me permiten aun mostrároslo!!
Pero en resumen, viene a contar cómo Lyda da con la estatua de Dristan.
Allí será un dragón nimio quien le cuente esta historia.

He decidido, además, añadir un nuevo episodio, el que será el V, con el título
El sueño de la estatua.

Pronto os enseño más!!




Estos días estoy trabajando en la inscripción del registro de propiedad intelectual.
Esta obra ya está inscrita:
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22 julio, 2009

La Señora de la Magia Mutable

La muchacha batió las manos llenas de dados tan fuerte como pudo, y cuando se detuvo, miró directamente a los ojos a la anciana que tenía delante. Aquellos ojos amarillos, profundos como el atardecer, te dejaban atontado si permanecías más de un segundo mirándolos. La bruja lo sabía, y bien que le sacaba partido. La chica abrió las manos sobre la mesa y el destino en la forma de una docena de dados cayeron sobre el tepate cubierto de inscripciones y coloridos exóticos. La chica, muy despacio, apartó las manos. Ya no dependía de ella. Su suerte estaba echada. Ahora sólo había que leerlo. En ese momento, la bruja, sentada justo en frente, en esa mesa redonda y pequeña, comenzó a contar como si le fuera la vida en ello. Ambas manos se movían de dado a dado, y sus dedos iban contando los valores de los dados al pasar por encima, mientras, parecía, los iba anotando en la cabeza. A la chica le pareció que pasó varias veces por cada dado. Había un dado de cuatro caras, tres dados de seis, un dado de ocho, un dado de diez, tres dados de doce lados, uno de veinte, uno de cien y uno que debía tener incluso más allá de cien caras, y que no tenía números, sino unas inscripciones incomprensibles. Cada dado era de un color diferente, y a la luz de la vela sobre la mesita la escena no parecía verosímil.

- Ciento treinta y dos.- Dijo la bruja escasos segundos después. La chica dudó si era cierto o si se había inventado la cifra, pues a ella le habría resultado imposible contar a tal velocidad.- Pero,- Se dispuso a añadir la bruja señalando el dado que no tenía números.- este dado indica que el valor debe dividirse por tres. Por lo tanto tu resultado es cuarenta y cuatro.- Para la chica, es como si la bruja hablara en otro idioma. Cuarenta y cuatro, pues cuarenta y cuatro. ¿Y eso qué significaba?- El doble cuatro indica valor. No significa que vayas a hacerlo, sólo que eres capaz. ¿Ves el dado de cuatro? En él obtuviste un tres, lo que le quita valor a tu doble cuatro. Pero en los de seis has sacado un cuatro, y dos doses, lo que podría indicar que vas a hacerlo.- La bruja hablaba a toda prisa, sin dejar que la chica razonara su comentarios, sin importarle demasiado. Movía ambas manos sobre el extraño tapete, dirigiéndose a los diferentes dados que iba nombrando, como si todo aquello tuviese un sentido que sólo ella pudiera ver, o que fuera una gran mentira, o que fuese la auténtica verdad del mundo.- En el de veinte, en cambio, ha sido un veinte, máxima puntuación. El dado de veinte es el de la fuerza. Así que si lo haces, es probable que te resulte. Pero hay un problema. Has sacado tres seises. ¿Ves? En el dado de diez, y en dos de los de doce. Eso indica un posible fracaso. Si hubiera sido en tres dados iguales, los de doce o los de seis, yo te aconsejaría que no lo hicieras, pues las consecuencias podrían ser terribles, pero si ha sido en dos de los de doce y en el de diez... Es posible que no signifique nada, o que te vaya mal. En todo caso, el cincuenta y uno te indica que el azar no está de tu lado, pero tampoco en tu contra. Todo depende de ti. Yo te diría, como consejo personal, que lo hagas, pues sino la duda se acomodará en ti y jamás podrás resolverla. Y los dados te dan valor y fuerza, aunque no te aseguran el éxito.

La bruja se calló, como si aquel veredicto fuera definitivo e inapelable. El destino estaba leído. Pero la chica no había comprendido nada. Fue a hablar, pero la bruja endureció los ojos, ni te atrevas, le decían en ese amarillo profundo. Aun así, ella pagaba, ella preguntaba.

- Pero... ¿Si no tengo un destino sobre esta cuestión, cómo puedo resolver el asunto?- Ella lo único que quería saber era si podía ir a ver a un hombre, del que estaba enamorada, y si éste le invitaría a un paseo, o una cena. Pero la bruja no le estaba ayudando nada.

- ¡Sí tienes un destino!- Casi le gritó, escupiendo las palabras de su garganta arrugada.- Todos lo tenemos. Es sólo que el destino no es definitivo. Siempre puede cambiar. Todo depende de lo que tú decidas hacer. Los dados sólo son una herramienta para leerlo. ¿No esperarías una respuesta contundente sobre un futuro incierto, verdad? Eso sería absolutamente ridículo.


(...)


La Señora de la Magia Mutable
Lyda de Lis. Historia de una estatua de piedra
Darka Treake





Hoy os dejo este fragmento, introducción de la Señora de la Magia Mutable, capítulo segundo del cuanto de Lyda de Lis. No os dejo aquí la versión descargable, aunque ya la haya subido, porque estoy pensando en algunos cambios.
Pero este fragmento me gustó como quedó, y quería mostrároslo.
Ya estoy con el tercer capítulo del cuento, y tengo ya escritos el quinto y sexto. La verdad es que va más avanzado de lo que esperaba. Os dejo aquí la lista de capítulos:

Lista de capítulos (Provisional)

Prólogo. Lluvia

LIBRO PRIMERO. El Lunariu

1. Lyda de Lis y la Bruja de los Sueños
2. La Señora de la Magia Mutable
3. El dragón nimio
4. Historia de una estatua de piedra
5. El sueño de la estatua
6. La advertencia del hombre extraño

7. Sebah, el duende de epoxi
8. Las botas bajo la cama
9. La última baronesa
10. Autorretrato
11. La Voz del Demonio
12. La Dama Negra
13. El Lunariu
14. Mircea, la Señora que guarda la Entrada
15. El muñeco
16. Impotencia


LIBRO SEGUNDO. La Fortaleza

17. Murtagh, el Señor Caracol
18. Lluvia
19. Lendaia, la bruja de pelo azul
20. Gudrun, la bruja orcglud
21. El arco de entrada
22. La Fortaleza
23. Gingoen, el Demonio Resentido
24. La estatua de piedra

Epílogo. El pacto de Dristán con Gingoen




Pronto vuelvo con más!!

19 julio, 2009

Concurso literario en LYF

Hola!!

Vengo a contaros que me he presentado a un concurso literario propuesto en el blog LYF - Lietaratura Youth Fantasy.
Lo llevan dos chicas muy entusiastas, en el que hablan de lietaratura fantástica, lo vi y me pareció muy interesante, y propuesto un concurso como éste, cuya premisa es escribir un relato sobre dragones, me animé de inmediato.



Una de las condiciones en las bases, es anunciar el concurso en el blog de los participantes, así que aquí estoy, cumpliendo.

El relato con el que me presento es Lluvia (entrada del 20 de septiembre de 2008), Prólogo al cuento de Lyda de Lis. Historia de una estatua de Piedra.

A ver si alquien más se anima y les envía algo!! Hay de término hasta el 30 de julio.

Sólo era eso!!
Pronto más!!
Darka.

16 julio, 2009

Lyda de Lis y la Bruja de los Sueños

Lyda abrió los ojos en la noche y se inundó de pánico al encontrarse completamente a oscuras. Aun no se había dormido, cierto era que solía tardar en hacerlo una vez acostada, y aquella noche llevaba un rato en la cama cuando sintió aquella brisa colarse bajo el umbral de la puerta, apagando la vela. La bonita muchacha no podía dormir sin una luz que le iluminara la oscuridad. La sensación de que algo acechaba en las sombras era algo que le venía persiguiendo desde que era niña, y contra la que ya se había dado por vencida. Simplemente no podía dormir a oscuras, no podía si quiera estar a oscuras. Le daba un miedo irracional, un pánico tal, que en ocasiones hasta le había hecho dudar de lo real y de lo que podía no parecer real…

Al sentir aquella sensación de ahogo, como si la oscuridad lo envolviera todo, apretándola, se levantó y apresurada se dirigió a la vela apagada, entonces, en sus dedos, brotó una llamarada roja, que le devolvió la seguridad a la cámara. Y así, acercando las yemas de sus dedos ardientes, prendió la vela sobre la encimera.

Su pequeño hogar consistía en una estancia circular, con una cama, un baúl, un armario y una cocina improvisada junto a la chimenea. En el suelo, cubriendo el espacio que quedaba a los pies de la cama, bajo el baúl, una antigua alfombra, ya raída tras el paso del tiempo, que aun mostraba un escudo familiar olvidado: una Flor de Lis en terciopelo de plata gastada. Lyda, para evitar que se repitiera la intromisión, arrojó un trapo al umbral de la puerta que daba al jardín. Ahora la fría noche no podría colarse para dejarla de nuevo a oscuras…

Aquella noche Lyda durmió inquieta, sintiendo la presencia que acechaba, pero la mañana llegó pronto y pudo olvidarse de ella mientras el sol surcaba iluminando el cielo. Así vivía Lyda, disfrutando los días, viviendo el momento, y temiendo las noches, deseando que acabaran pronto.

A la mañana siguiente, Lyda se levantó con la extraña sensación de aquello que le había rondado por la noche, pero trató de olvidarlo todo. Últimamente el sentimiento de aquella presencia nocturna era más latente. Incluso alguna vez había llegado a escuchar alguna voz en la oscuridad... Pero resuelta a olvidarlo todo, al menos mientras durase el día, salió a su jardín y la hermosa visión de los frutales y las flores le regocijó. Lyda era una joven esbelta, preciosa y con muchos secretos. Su cabello rojo, de un color ígneo fulgurante daba cuenta de sus peculiaridades. Se trataba de una chica solitaria, con demasiadas rarezas como para que algún cualquiera la entendiera. Además, a ella tampoco le gustaba la gente cualquiera. Vivía sola en su casita, en mitad de las junglas de Agana, al sur del Gran Volcán, en el inmenso continente de Ülathar, muy al sur del Viejo Mundo. Aquella mañana, como de costumbre, Lyda vestía el camisón que además utilizaba para dormir. Era de un color verdoso claro, estampado con cientos de pequeños símbolos en forma de la Flor de Lis, como su emblema familiar, ya olvidado en aquella región del mundo. Siempre iba descalza. Se acercó a la platanera y bostezó tras morder un rico plátano, y el aire a su alrededor flotó hasta sus pulmones. Un aire fresco de las montañas, húmedo como el bosque de cuento en que vivía, de árboles retorcidos, cubiertos de musgo, y helechos, rocas y tierra empapada por doquier. A Lyda le encantaba aquel lugar, y su olor mágico. Le hacía sentirse viva, llena de energía. Cuando hubo tomado todo el fruto, movió la mano dando una vuelta sobre la muñeca, y la cascara amarillenta se transformó en florecillas diminutas que cayeron entre sus dedos al pasto. La chica pelirroja sonrió, era un pequeño juego personal: eran preferibles las flores a los desperdicios… Fue entonces cuando, sin pensarlo dos veces, echó a volar. Ahora, el camisón a modo de túnica se fue tornando en aterciopelado, para después convertirse en un manto de incontables plumas rojizas que cubrieron su cuerpo, como piel de ave milenaria, mientras que sus pies descalzos se elevaron convirtiéndose en pezuñas. Sus brazos se batieron para iniciar el vuelo, mientras que se agrandaban hasta tornarse en tremendas alas. Su cuerpo disminuyó de tamaño y cambió de forma, y su rostro, tan suave y hermoso como era, se alargó hasta que sus labios fueron un pico afilado… Y es que Lyda era una bruja, una hechicera que dominaba la Magia Mutable. Y así, con el cuerpo de un águila rojiza, emprendió el vuelo hacia la falda norte del Gran Volcán, más allá de los límites del Bosque de Agana, donde vivía una de sus mejores y más antiguas amigas, Onírica, la Bruja de los Sueños.


(...)


Fragmento de Lyda de Lis y la Bruja de los Sueños
Lyda de Lis. Historia de una Estatua de Piedra
Darka Treake



Para descargar el texto completo en format PDF:

Lyda de Lis y la Bruja de los Sueños




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13 julio, 2009

El Lunariu


Antes de que los mortales poblaran el Mundo, durante las Guerras en que de los Dioses casi lo destruyen por completo, dejándolo plano como una moneda con dos caras, Ivette, una de las Grandes Lüe, la Diosa del Destino, escribió seis libros, los Lunarius.

Un Lunariu, dijeron, era un calendario de las lunaciones, de cómo y cuánto se asomaría la luna al manto del cielo. Según se dijo, en los Lunarius se podía leer todo cuanto estaba por acontecer, pudiéndose interpretar predicciones del futuro... Pero además, cada Lunariu gurdaba un secreto: leyéndolo del revés, era posible invocar un gran demonio.

Ivette, que soñó con el Destino, supo cuánto iba a contecer en el largo transcurrir del tiempo tras la caída de los Dioses, tras la Batalla del Juicio, en que éstos se vieron exiliados a un lado del mundo, dejando el otro para los mortales. Se decía que Ivette podía ver lo que ocurriría a través del sol, y de la luna, y así, observó a los mortales antes de que nada sucediese. De esta manera, podía ver lo que ocurriría durante los días y durante las noches, salvo aquellas de luna nueva, pues sin ella, sólo vio oscuridad.
Y así, ella supo que la Luna sería secuestrada por uno de los Demonios Resentidos mucho tiempo después de lo acontecido en este cuento. Por ello que Ivette, Diosa del Destino, huyó del mundo, despavorida, mucho antes de que ninguno de los que hoy moran el mundo naciese.

Pero de ella quedaron los Lunarius. Libros mágicos que contenían el secreto del Destino, y de como invocar a los Demonios Resentidos.
Como se supo después, los Demonios Resentidos fueron siete: Ivirida, Legumes, Evilized, Anarade, Ulara, Gingoen y Golöel. Pero sólo seis Lunarius fueron escritos por Ivette, pues Ulara, Demonio Resentido imaginado en la Tristeza de Orfgod, fue invocado en los Páramos de las Estrellas, un desierto en que siempre es de noche y que nunca surca la Luna...

En este cuento hablaremos de uno de los Lunarius, aquél con el que podría ser invocado Gingoen, Demonio Resentido imaginado en la Impotencia de Orfgod. Es un libro que algunos buscarán, y que nuestra protagonista tendrá... Lo que debemos esperar ahora, es que Lyda sepa dar buen uso de él...

30 junio, 2009

Mensaje con el sol

Adoro cuando te conviertes en sueño, para que ambos soñemos juntos.
Me encanta cómo me acaricias cuando, en forma de hada, me haces el amor soñando.
Me vuelves loco cada vez que vienes y me tocas, y me duele cuando te alejas.
No sé bien qué eres, salvo mi salvación en esta eternidad de condena.
Ruego al sol que te lleve mi lamento, que te apiades de mí, y que vuelvas a abrazarme...







Mensaje que el sol entregó a Lyda,
de parte de Dristan McKeltar, convertido en piedra...

08 junio, 2009

La Voz del Demonio II

Continua de: La Voz del Demonio I


(...)


Lyda, acudo a ti porque ambos tenemos un anhelo por conseguir, porque los dos queremos algo prohibido. Algo inaccesible.- La voz calló un segundo, para continuar.- Esa impotencia, es lo que nos une, Lyda de Lis…- A medida que Lyda fue formulando sus interrogantes en su cabeza, el demonio los fue respondiendo. La voz le aterraba, pero al mismo tiempo no le amenazaba. El miedo nunca desapareció, pero cada palabra que escuchaba en la oscuridad le acercaba más a la feroz criatura. - Lyda, yo puedo hacer que logres cualquier deseo. Mi alimento es mi secreto, mi codicia los anhelos mortales, mi conexión con el mundo la impotencia de las personas… Si me ayudas, yo puedo ayudarte. Cumplir el mayor deseo de un cualquiera siempre es tarea sencilla para mí, y el precio siempre es alto. En tu caso, Lyda, necesito de ti más de lo que cualquier otro podría darme…- Lyda no puedo evitar sentirse intrigada, y él lo supo.- Yo te ofrezco la eternidad con él. Y a cambio sólo has de liberarme de mis necesidades… El guerrero que te espera en forma de piedra, ya hizo un pacto conmigo. En mi mano está liberarlo. Sólo has de hacer cuanto necesito de ti.- Lyda dejó escapar en su mente un pensamiento arriesgado.- Debes liberarme en el mundo, Lyda. Debes hallar la forma de traerme a tu mundo. Cuando esté ahí, podré hacer que estés con el guerrero de las montañas altas para siempre. En mi mano está liberarlo. Y en tu mano liberarme a mí. Cumple esta promesa, y yo cumpliré con mi parte…

Ambas mentes permanecieron un instante infinito en silencio, negociando, calculando consecuencias, aceptando y rechazando deseos incontrolables, hasta que Lyda formuló un pensamiento en positivo. Aquello selló el trato en la bruja y el demonio. Sólo tenía que lograr invocarlo en el mundo, y podría estar con el guerrero al que ya amaba, tanto, como para firmar sobre su vida con el demonio…

Sellado el trato, la voz no volvió a sonar en su mente… Entonces la vela se encendió, devolviendo la luz a la estancia. Lyda se encontró tendida en la cama, sudando y bien despierta. Aquella noche no volvería a dormir. Todo había sido real, o no. En sueños o en la realidad, había hecho un trato con el demonio que pensaba cumplir. Se levantó de la cama y caminó hasta la vela. Se quedó observándola un rato, largos minutos que se consumieron como la cera, desvaneciéndose en el aire. De pronto, lanzó un soplido que lo dejó todo a oscuras. Regresó a la cama y quedó pensativa, hasta que las primeras luces del alba, horas después, aparecieran en su bosque, en su casa, y en su vida… Nada sería igual desde aquella noche.


La Voz del Demonio
Lyda de Lis. Historia de una Estatua de Piedra
Darka Treake

03 junio, 2009

La Voz del Demonio I

Lyda escuchó una voz en sueños que le llamaba. Escuchó claramente su nombre, donde no alcanzaba a ver absolutamente nada. Una sola palabra repetida, desde una garganta profunda y áspera, invisible: Lyda, Lyda, Lyda. Una vez más, la bruja se despertó en la noche. Estaba en su habitación, tumbada en su lecho, bocarriba y medio tapada. La vela seguía encendida, pero titilaba como mecida por una brisa inexistente. Entonces, escuchó la voz otra vez: Lyda… Sólo que esta vez no soñaba. La vela bailó ágilmente, para apagarse al instante. Todo quedó a oscuras, y Lyda casi siente parársele el cuerpo, el corazón, y la vida.

- Lyda…- Aquella voz la mantuvo paralizada un rato. Estaba segura de escucharla. Estaba segura de estar despierta. Estaba segura de estar en su cama y de estar escuchando su nombre. Y lo peor de todo… Estaba segura de estar sola en su casa.- Lyda…- Otra vez. Ella dejó de respirar. No veía nada, sólo sentía el contacto con las sábanas, su corazón latir a punto de salírsele del pecho, y su cuerpo paralizado del horror.- No temes a la oscuridad, Lyda…- Aquello ya era imposible. La voz articuló esas cuatro palabras, desde una garganta que no existía, entonando con cuerdas vocales imposibles.- Me temes a mí… Siempre lo has hecho. Siempre has sabido que acecho en la oscuridad, me escondo entre tus miedos, ante tus ojos cuando no puedes ver… Y aunque has intentado huir de mí, te he alcanzado.

Lyda no podía hablar, no moverse ni hacer nada, salvo mantenerse con vida ante ese terror que la empujaba a salir huyendo de su propio cuerpo, de aquel momento, incluso a enfrentarse a la muerte por escapar de esa voz infernal. Deseó poder abrir la boca, pero sus labios no respondieron. Pronunció mentalmente, sin vocalizar:- ¿Quién eres?

- Ya conoces mi nombre, aquél con el que me llaman algunos. Tengo múltiples y a la vez ninguno. Para ti soy el miedo, y la impotencia… Me conoces desde siempre, me has escuchado sin verme, y siempre te he acompañado en la oscuridad…- La voz respondió a ésta y tantas preguntas como Lyda se formuló en la cabeza. Y ella se imaginó dos alternativas, o había perdido la cordura, o era un demonio que habitaba en sus sueños más remotos.- La cordura te acompaña, como este momento, que es real. Cierto es que en tu cultura me llamarían demonio, pero las connotaciones temerosas que el sólo concepto provocan no nos ayudarán en este intercambio de intenciones… En todo caso, esa es tu respuesta, soy un demonio esperando a poder nacer, sabiendo que jamás lo lograré…- La voz pareció apenada, incluso, dentro de lo horrenda que sonaba en aquel momento imposible.


26 mayo, 2009

El arco de entrada

Las dos brujas iban caminando por el bosque más frondoso del continente. Era una selva en que la llovizna era constante, insanciable, y que a penas dejaba ver el sol, pero que alguna vez era posible encontrar ambos fonómenos entrelazados. Aquella mañana, Lyda y Gudrun, estaban a punto de presenciar uno de esos fenómenos. Movidas por diferentes motivaciones, caminaban juntas hacia un destino tan común como remotamente alejado. Lo que iban a hacer era algo que ninguna deseaba, y que ambas ansiaban terminar, y olvidar.

El bosque, aquella mañana, regaló a las brujas uno de esos momentos que pocos pueden apreciar. Uno de esos en que has de encontrarte en el momento preciso en el lugar preciso, o te lo pierdes. Es posible que el bosque fuera consciente de su presencia entonces, y por ello les otorgara con aquella visión espectacular. Entre las nubes bajas y su llovizna surgió un rayo de sol, suficiente para evocar todo un haz de luz multiculor... El arcoiris que apareció frente a ellas, colina abajo, fue impresionante. Era un semicírculo perfecto, y ambas se maravillaron, aunque por unos minutos no dejaron de caminar, ni hablaron, hasta que Gudrun, la bruja orcglud, rompió el silencio.

- ¿Conoces, Lyda, el secreto del arcoiris?

Ella miró a la bruja deforme. Era tan horrenda que sin dudar, devolvió la mirada al arcoiris, una visión que contratstaba agradablemente con el rostro negro de la bruja.
- He oido que en su base habita un duende,- Lyda calló un segundo, al acordarse de Sebah, y para evitar apenarse, continuó hablando.- y que aquel que consigue llegar hasta allí, puede hacerse con su tesoro.

La bruja orcglud comenzó a reir, primero escupiendo y después estornudando, como si se ahogara.- ¿Y lo guarda en un caldero?- Siguió riendo, hasta que no pudo más.- No, Lyda. El secreto del arcoiris es que es un arco de entrada...- La bruja pelirroja se quedó perpleja, sin comprender.- Aquel que logra atravesar el arco de entrada, ese semicírculo que desaparecerá en unos minutos, a medida que nos acercamos, puede viajar en el espacio. Cada vez que ves un arcoiris frente a ti, es porque hay otros seis arcoiris en otros lugares del Mundo. Siempre se abren siete puertas, y aquel que atraviesa una, y pocos los han logrado, sale por cualquiera de las otras seis puertas multiculores...

Lyda no podía dejar de mirar el haz de luz semicircular. Era tan bello...

- Ese es el verdadero secreto del arcoiris, Lyda de Lis.



28 abril, 2009

Autorretrato

La falda del volcán ofrecía pocos días soleados, pocos días como aquél. Las nubes, que atravesaban el continente velozmente, se detenían al toparse con la monatña más alta de aquel mundo recóndito. En torno a ella, se establecían, y aquel que ascendía la empinada ladera lo suficiente, podía apreciar un mar de nbes que a menudo cubría el horizonte, sin dejar ver las bastas tierras que se extendían hacia el sur, cubriendo la Selva de Agana.

Aquella mañana era diferente. El sol lucía radiante, y Lyda, al despertar, no pudo evitar salir al jardín a disfrutarlo. La bonita muchacha llevaba unos días preocupada. Últimamente se sentía diferente. Su conocimiento de la magia mutable había cambiado. Cada vez sabía más, y sus secretos se le iban desvelando, pero ello traía consecuencias. El hecho de poder convertirse en un pajarillo rojo y volar entre los árboles, era demasiado tentador como no hacerlo amenudo, y Lyda iba sintiendo la parte oscura que toda magia conlleva...

Una vez, recordaba, su madre le contó que conocía a un hechicero ilusionista. Al parecer, éste había perdido la cordura, pues con su magia era capaz de engañar los sentidos, y hacer que se viera u oyera aquello que no existía. Llegó a crear los olores más increíbles, y las más impresionantes visiones. Podía incluso hacer aparecer cientos como él mismo, para engañar a los asaltantes... Pero la magia de la ilusión tenía una pega, uno corría el riesgo de engañarse a sí mismo, de perder la razón y de creer que existía lo que él mismo había creado... Este hechicero estaba sufriendo las consecuencias de la magia.

Y Lyda pensaba que le estaba sucediendo lo mismo. La magia mutable era diferente, y la pérdida de la cordura giraba en torno a otras secuelas... Lyda sentía que a veces su verdadera forma era diferente a la de su cuerpo esbelto y precioso. Las alas de pajarillo le parecían sus brazos, su piernas a menudo las sentía en la forma de las raices de las plantas en que era capaz de transformarse, y su cuello parecía más largo de lo normal, como el los monstruos reptiles que tanto adoraba.

Le había ocurrido ya varias veces, que tras escpársele varios hipos seguidos, se convertía en una horrorosa figura, sin querer, y hasta que n se tranquilizaba, no era capaz de volver a su estado original. Era algo que le aterraba, estaba perdiendo el control... Pero ella adoraba su magia, conocerla era algo que ansiaba, y manejarla algo con lo que disfrutaba. Tenía que encontrar el modo de controlarla.

Su pérdida de identidad, le hicieron sentirse muy desconsolada. Pero aquel día que había nacido, tan brillante, parecía brindarle la oportunidad de regocijarse con su vida, con su conocimiento. No pensó en volverse un águila y sobrevolar el volcán, ni en un roedor y corretear entre los helechos. Decidió, sino, dibujarse a sí misma, así como se sentía, y como más quería sentirse. Lo que ella era, y lo que quería ser.

La magia no era más que magia. Ella sería más fuerte, podía con ello. Se sentó en su jardín, sobre el pasto, con un lienzo de pergamino, y una pluma húmeda, y comenzó a dejar que el arte y la magia fluyeran por sus trazos...





Autorretrato
Lyda de Lis

02 abril, 2009

La Batalla de las Estatuas

"Mirad, parece sonreír, será que es el demonio.
Un chico así, jamás debió pasar...
Oh Dios, terrible engaño..."

Meteoro y el Señor Conejo
Iván Ferreiro



El campo de batalla estaba completamente cubierto de cadáveres cuando el guerrero divisó al demonio a poca distancia. Unos cuántos hombres aun se mantenían con él, agrupados en medio de aquel caos de muerte y destrucción. Sus tropas estaban siendo diezmadas, pero aun podía ganar aquella batalla. Quedaban suficientes para retener al enemigo mientras él plantaba cara al demonio. Era el momento, si quería la victoria, tenía que ir a buscarla.

No hizo falta que inidicara a sus hombres que lo siguieran. Caminó con paso firme, blandiendo su espada de acero pridonio, junto a su escudo, con el emblema de la Casa Real de Tradorón, derecho hacia el objetivo. Si acaba con el demonio, terminaría aquella masacre.

Se ahogó en el pánico, es cierto, pero fue fiel a su intención, y no detuvo el paso hasta encontrarlo por la espalda. Era conocido por su honor, e hizo acopio de él por última vez, gritándole un desafío.

- Gingoen, Señor de la Impotencia, girad sobre vuestra horrenda forma, y que mi espada os dé el destierro de nuestro mundo para siempre.

El demonio, convertido en un gigante de metal, se giró hacia el guerrero. Su rostro repugnante hizo dar un paso a sus hombres, que lo rodeaban detrás, pero él se mantuvo firme, aunque no por ello menos aterrado. Incontables pinchos y cuernos metálicos salían de su cara, que no mostraba boca, ni ojos, ni orejas. Sus garras eran cuchillas, ya impregnadas de la sangre de sus hombres, y sus piernas eran ágiles como el viento.

Por sus gestos, el demonio pareció mofarse, reirse su hubiera podido, y sin detenerse a dudar, le asestó un golpe que cualquier mortal no hubiera podido resistir. Pero el guerrero, diestro, interpuso su escudo, y sus pies se arrastraron varios metros al resistir el golpe. Cayó al suelo, pero no había sufrido herida alguna. Uno de sus hombres se acercó a ayudarlo, mientras unos cuantos no pudieron más y huyeron de la escena. El gigante metálico, entonces, cercenó al compañero junto al guerrero, que se bañó con su sangre desparramada.

Su espada salió disparada hacia el brazo del demonio, que no logró sino quebrarse. Mas el guerrero se puso en pie, dispuesto a frenar al demonio ya sólo con su escudo y la empuñadura de su arma, antigua reliquia familiar ahora perdida. Cuando éste, inmenso, lo agarró por el cuello, entre dos cuernos de acero.

El guerrero sintió elevarse del suelo, y jamás supo si fue por el miedo o por la asfixia, pero casi cae desmayado en aquel mismo momento. Con el tiempo llegó a arrepentirse de aquella lucidez, más le habría valido caer muerto ahí mismo, que dejar que los acontecimientos se sucedieran...

Entonces, cuando ya etsaba solo, en lo alto en el campo de batalla, donde sus tropas se batían ya sin esperanza alguna, el demonio le habló. Su rostro mutó hasta convertirse en una cara, los pinchos y cuernos menguaron hasta desaparecer, y su rostro fue por un momento como el de un ogro. Su tez metálica, fue ablandándose hasta volverse en una piel gruesa de las montañas. Aunque su cuepro no menguó, quedando en al forma de un gran gigante, de esos que se ocultan en los valles.

- Guerrero, podría acabar con tu vida ahora mismo, pero te daré una oportunidad de vivir. Tus tropas no valen nada para mí, pero tu honor es jugoso manjar para saciar mi sed de impotencia... Esta batalla la has perdido, y yo aun así te doy la oportunidad de regresar a tu hogar. Sólo debes prometerme tu alma por la vida.

El guerrero carraspeó, pensando. Tenía brazos, piernas y tronco aprisionado en su puño cerrado. Lo que antes eran unos cuernos metálicos ahora eran los dedos de aquel gigante demoníaco. No tenía escape, la muerte le aterraba, y la huída bien le valía la pena, aunque no a ese precio... Que su alma sirviera al demonio para siempre era algo que aun le aterraba más que la idea de la muerte. La derrota ya era suya, y sus hombres caerían, no había otro final posible. O eso se dijo para convencerse a sí mismo justo antes de pronunciar las siguientes palabras, que matarían su honor y lo sumirían en la desesperación para siempre...

- En este campo de batalla fracasado aun soy dueño de muchas almas. Todos mis guerreros morirían por mí ahora mismo, salvo aquellos que les venza el horror y logren escapar de esto. Mi alma es un precio que no podría pagarte, pero te prometo las almas de cuantos aun luchan hoy por mí. Tuyas son sus almas si me dejas volver a mi hogar con la cabeza gacha.

El demonio sonrío, ahora sí lo apreció el guerrero, que sintió una angustia que le duraría siempre por lo que acababa de decir, sin arrepentirse debido al miedo.

- Que así sea.- Aceptó el demonio.- Las almas de tus hombres son mías ahora. Tú puedes ir, que de ti ya me cobro con tu cobardía, con tu traición. Me has saciado.



Cuando el guerrero despertó estaba allí mismo tendido, en el centro del campo de batalla. Una batalla que había perdido. Era de noche, el demonio no estaba, y el paisaje se veía tranquilo, aunque lo que encontró fue tan horroroso que jamás pudo volver a dormir sin verlo... El cielo estaba despejado, y por la llanura corría una fresca brisa que mecía el pasto, bañado por la luz plateada de la luna. Se puso de pié sin poder creerlo. Los cuerpos de los caídos no ensombrecieron la escena. Por toda la bajada de la loma, donde la batalla se hubo librado y resuelto en fracaso, permanecían los cuerpos de sus hombres que aun combatían cuando la promesa funesta. Estaban convertidos en pieda, tal y como estuvieran en aquel momento. La escena parecía haberse congelado, las estatuas estaban ahí, en posición ofensiva, unos batiéndose con lo que una vez debió ser el enemigo, otros huyendo, algunos muriendo, otros asestando sus últimas estocadas...

El demonio los había convertido en piedra. A todos, menos a él. No pudo evitar llorar, desear volver a despertarse en otro momento y en otra escena, o a poder rebobinar y morir en su lugar.
Ahora sus hombres no eran más que estatuas sin alma que siempre adornarían aquella aciaga llanura.









Hola!! Espero que os guste este relatillo que me acaba de salir. Venía pensándolo en la guagua.
Además de dejároslo aquí, quería deciros que por un tiempo estaré out, pues me voy de vacaciones!! La cosa pinta bien:
El sábado a la Isla de La Gomera con el Bichillo, hasta el lunes. Y el martes de road trip por Andalucía!! Undía con Popi en Sevilla, después ya con todos a Tarifa y Granada. El día 13 estoy de vuelta.
Hasta entonces!!

22 marzo, 2009

Las botas bajo la cama

Lyda y Sebah estaban tumbados sobre el pasto, boca arriba, y bajo el sol llameante. Les encantaba hacer eso, tirarse ahí un rato, y disfrutar del bosque y la charla.

Un día en que las libélulas sobrevolaban el prado, ellos se tumbaron a verlas pasar sobre sus cabezas. Aquella mañana fue cuando Lyda le contó a Sebah que en su casa vivía un demonio, que la acosaba por las noches. Que estaba muerta de miedo, que sentía su presencia y le horrorizaba. Le contó las voces, los ruidos, y hasta que a veces le escondía cosas...

Lo que Lyda le pidió entonces a Sebah fue lo peor que pudo hacer. El pobre le ayudaría, confiándole su vida, y sufriendo las consecuencias...

Tras el fracaso, Lyda decidió por sí sola acabar con la amenaza de aquel demonio que habitaba su casa. Iba a terminar ella misma con sus miedos, e iba a invocarlo.

Así es como Lyda dio con con Mircea, la Señora que guarda la entrada.






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11 septiembre, 2011

Historia de una Estatua de Piedra

Cuando Lyda se despertó, era un nuevo día. Debía haber dormido toda la noche en medio del bosque, y ahora el sol lucía en lo alto, y al darse cuenta de la ausencia de la lluvia, recordó todo lo acontecido. Fue a levantarse y a correr hacia Dristán, pues se veía incapaz de formular un hechizo, estaba realmente agotada, cuando sintió un dolor punzante en la pierna. Aquél era uno de los mayores dolores físicos que había sentido Lyda, y se vio incapaz de caminar... Pero no se daría por vencida. Comenzó a gatear como podía, pues ahí en medio nadie la socorrería, y si no daba con Dristán, daría con alguien que la ayudara a llegar hasta él. Además, no debía estar ya lejos... ¿Dónde estaría? ¿Sería de nuevo un hombre, un montañés fuerte y guapo, que andaría desorientado por el bosque? Ella sólo pensaba en ese encentro... Gateó, se arrastró y se detuvo largos ratos a descansar. Cruzó todo aquel bosque, a través de barro, musgo, helechos y rocas, hasta que los altos abetos dieron paso al bosque de laurisilva. Allí los árboles de laurel se hacían retorcidos, y tenían hermosos líquenes cayéndoles de las ramas. Los helechos eran de mayor tamaño, y las rocas estaban cubiertas de musgo. Era un frondoso bosque, donde hacía mucho tiempo que nadie estaba, si es que alguien había pasado por ahí alguna vez... Lyda avanzó como pudo entre la maleza, hasta que se dio cuenta de que se encontraba muy cerca. Llevaba todo el día arrastrándose, no había comido, y estaba agotada, pero al fin llegó a donde se dirigía...





Por fin he terminado este cuento, que tanto me gusta. 
Llevo tres años escribiéndolo, aunque confieso que en el último año no lo había tocado. 
No puedo mostrároslo, pues lo voy a enviar al XX Premio Edebé de Literatura Infantil y Juvenil. 
Este cuento me gusta mucho, y creo que es una buena idea presentarme.
Ya os iré contando!!

30 agosto, 2011

XX Premio Edebé de Literatura Infantil y Juvenil

Hola a tod@s!

Sólo vengo para contaros que estos días mi máxima prioridad es terminar el cuento que voy a presentar al XX Premio Edebé de Literatura Infantil y Juvenil. Es un cuento del que mucho os hablé en su día y que no llegué a terminar. Estaba a falta de los tres últimos capítulos, en los que estoy trabajando ahora. El plazo para el concurso acaba el día 15 de septiembre, y espero tenerlo listo y enviado para entonces.
Os estoy hablando de Lyda de Lis. Historia de una Estatua de Piedra, que por cierto pasa a llamarse simplemente: Historia de una Estatua de Piedra.

Llevo unos días revisando notas, releyendo y corrigiendo capítulos, y espero tenerlo listo para la fecha indicada.
Creo que es una buena historia, vamos a ver qué les parece a los señores de Edebé.

Espero pronto contaros más cosas sobre este cuento que me gusta muchísimo!!

Saludos,
Darka.

23 junio, 2010

Un día en el mundo

Hola!!
Hoy vengo a contaros un poco de mí, y de lo que ando haciendo, porque parece que estoy un poco desconectado de aquí, pero no es así.
Cierto es que ando liado a nivel personal y académico-profesional, y eso me ha quitado tiempo, pero mi cabeza no deja de girar y girar con ideas del nuevo proyecto que tengo entre manos, y del que vengo a hablaros ahora.

Por un lado, anunciaros que el cuento de Lyda de Lis. Historia de una Estatua de Piedra. está casi terminado. Me quedan los últimos capítulos para darle fin, lo cual estoy deseando.
Es más, estoy recibiendo muy buenas críticas del cuento, aunque todo deba decirse, aun hay que revisarlo y cambiar algunas cosillas que me cogean. Pero puedo decir que está casi terminado. ¡Llevo 2 años escribiéndolo!

Y el proyecto que venía a presentaros, y del que ya os había hablado, es La Sirada. Aun no tengo un nombre definitivo para el cuento, pero la verdad es que está realmente avanzado. Como podéis ver en su página, ya tengo la estructura del cuento, y ya he comenzado a escribirlo. Tengo varios capitulos ya terminados, a pesar de no haberlos subido. Ahora mismo estoy trabajando en el capítulo XV, del que os mostré un fragmento en la entrada anterior de este blog. No significa que haya escrito los catorce anteriores, ya sabéis que voy escribiendo así como me van viniendo.
Tan pronto como pueda, actualizo la página de lcuento y subo los capítulos terminados.

Y bueno, en esto estoy trabajando actualmente.
Este cuento que estoy empezando, en el que llevo pensando unos meses, me está encantando. Personajes, argumento, e importancia en Mi Mundo, todo. Y sé que lo escribiré muy rápido!! Al menos, de momento, para ser un cuento largo, va muy avanzado!

Un saludo a todos los que hayan caído por aquí y me hayan leido!!
Darka.

05 abril, 2010

Lendaia, la bruja de pelo azul

(. . .)

- Me lo dirás… Oh, créeme que me lo dirás antes de que acabe contigo. ¿Has conocido el dolor niña? ¿Sabes cómo se resiente el cuerpo humano cuando le corre el millar de energías que descarga un rayo? La piel se marchita como papel, y se consume el alma con el fuego de los avernos… Pero tú ya sabes de eso, ¿no? Dime, ¿Has hecho un trato con él? ¿Has caído en tal error? Te veo así de estúpida…

- No sabes de qué hablas.

- ¡Tú no lo sabes, niña! ¿Qué sabrás tú de los avernos, o del hambre de los demonios…?- Ambas permanecieron en silencio unos instantes, una escrutando a la otra, tratando de intuir más allá de la que cada una decía. La tormenta pareció incrementarse, los rayos azulados caían por todos lados. Tremendas explosiones estallaban en la arena o en el Río de los Faraones al tomar contacto con la energía de la tempestad.- Dime, Lyda, Señora de la Magia Mutable. ¿Dónde está el Lunariu? ¿Dónde lo has escondido?

- Jamás lo sabrás.

Entonces la Dama Negra sonrió para sí. Retirándose unos metros hacia atrás, dejando a Lyda ahí tirada.- Si desperté tu curiosidad, ahora sabrás lo que se siente…- Y elevó su báculo al cielo, y la piedra que tenía se iluminó en toda su negrura, y de ella brotó un haz de luz que se proyectó sobre la tormenta. Y así, un gran rayó cayó hacia la pirámide, yendo a parar justo sobre Lyda.

Nunca antes sintió un dolor tan horrible. Sus extremidades se estiraron, y su cabello se erizó, y con aquel tono rojizo pareció arder en llamas. Cuando logró respirar, aturdida, sólo pudo aspirar ese aroma a quemado, a piel y bello abrasados y tela chamuscada. Entonces lanzó un segundo hipo con el que casi se ahoga, y la sola idea de lo que se avecinaba cruzó su mente como un segundo horror que la heló por completo.

- Habla, niña. Dime dónde lo dejaste…

- Nunca…

Pero la Dama Negra no se daría por vencida. Apuntó con su bastón a Lyda, y habló con palabras inaudibles, y de nuevo la piedra negra se iluminó. Entonces Lyda sintió un mareo, seguido de un cansancio mental que nunca había experimentado. Millones de preguntas le acosaron, y algunas hasta hallaron respuesta, y comenzó a gritar de pánico.

La bruja elfa sonrío de nuevo, y su belleza maligna se acentúo en la noche, justo para torcerse en un miedo desconsiderado…- No… Se lo diste a él… ¿Cómo has sido capaz?- Y fue a golpearle con báculo descargando toda su ira, con la intención explícita de acabar con ella. Pero entonces algo se interpuso en el golpe, y Lyda vio sobre sí una nueva figura en la escena. Era una elfa que vestía de blanco, con una capa azul oscuro y el cabello suelto. Éste bailaba con la tempestad, en un tono azulado que emulaba a los rayos que caían por doquier. Lendaia, la bruja de pelo azul que Lyda andaba buscando, ni la miraba sobre su cabeza. Había parado el golpe de la Dama Negra con su espada, un filo muy hermoso de plata que sostenía con una sola mano y gran estilo.

Entonces Lyda, desde el suelo sintió unos nervios incontrolables que duraron el instante previo a la sensación de hipo. Y cuando lo soltó, llevándose la mano a la boca, aquella escena, que parecía congelada bajo la tormenta, terminó. Todo comenzó a temblar, y algunas piedras de la pirámide comenzaron a desmoronarse. Lendaia y la Dama Negra casi pierden el equilibrio, pero ambas se mantuvieron aguantando el golpe de la otra. Y Lyda, su cuerpo joven y esbelto, se fue convirtiendo en un monstruo horrible.

Toda su columna se fue agrandando, y de cada vertebra nacieron diferentes cuernos. Su piel se oscureció, volviéndose verdosa, y toda ella creció y creció, de forma que las dos elfas enfrentadas debieron retirarse. Lyda alcanzó a ver a Lendaia caer a un escalón más bajo, sobre un gran bloque que se desprendió con su aterrizaje, obligándola a saltar a otro. La Dama Negra permaneció en su sitio, retrocediendo, y Lyda siguió creciendo y creciendo en aquella forma horrenda. Sus brazos y piernas se ensancharon con músculos que no existían antes, y su piel se recubrió de escamas. Su cabello se perdió, volándose con la tormenta y desapareciendo en el aire, y su cabeza se convirtió en el busto de un reptil gigante. Y entre tanto horror, Lyda sólo fue consciente de sí misma, de la tormenta y la pirámide, pero había perdido de vista todo lo demás, y justo cuando sentía enfurecerse cada célula del cuerpo y sentir un ansia sin medida, perdió la razón, cayendo en una oscuridad que le nubló todo…

(. . .)



Este es el capítulo décimo octavo del cuento de Lyda de Lis.
¡Sólo quedan cinco para terminarlo!
Para leerlo entero, consúltese el siguiente enlace:

06 marzo, 2010

La Dama Negra

Llevo unos días queriendo escribir un monográfico de la Dama Negra, uno de mis personajes preferidos. He pensado que puede ser un buen apartado para el blog, de vez en cuando hablaros sobre un personaje en concreto. En realidad ya lo hice en otras ocasiones, aunque no lo pensé como un nuevo apartado. Otros personajes de los que ya escribí monográficos aquí fueron Firin, de Firindain; Kalhia, de Quivarén; Murtagh, el Señor Caracol; Sebah, el Duende de Epoxi; o Ulara, la Llorona...


Pero hoy os hablaré de la Dama Negra, un personaje enigmático que dedicó sus vida a una empresa que jamás lograría cumplir.
Nunca he llegado a saber su nombre, pues seguramente fue conocida por diferentes en momentos y lugares diferentes... Pero en todo caso, siempre sería conocida por el sobrenombre de la Dama Negra.


Ella es una elfa, de la Alta Estirpe de Gelidén, los amantes de las estrellas, que en algún momento de su vida, siendo aun joven, pudo leer un Lunariu, y así descubrir que los Demonios Resentidos llegarían al mundo, para devastarlo. Así, la Dama Negra dedicaría su vida a evitar que estos crueles demonios fueran invocados en el mundo.
Ella es una hechicera misteriosa, una ermitaña, que prefiere la soledad a la insustancial compañía. Se oculta en diferentes sitios, sin una residencia habitual, y ha vivido para ver nacer y morir a muchísimas generaciones de hombres... Es muy poderosa.
El primer dato conocido que tengo de ella, es que estuvo en la Torre de Teth Nolin, durante la Llegada de la Llorona, en el año -1253 del calendario de los hombres del Viejo Mundo más occidental. Estos hechos se narran en El Cuento de Siläe. En aquel momento sería invocada Ulara, la Llorona, el Demonio Resentido imaginado en la Tristeza de Orfgod... La Dama Negrahabría acudido a la torre perdida en aquel inmenso desierto en que siempre es de noche, pero no habría logrado su empresa.

Hasta entonces, parece que los elfos del Bosque Encantado de Loth-Darien pordrían haberla estado dando asilo, aunque éste es un dato aun por confirmar.
Después de la Llegada de la Llorona, la Dama Negra debió ocultarse por diversos lugares, rondando de aquí y allá, tratando decambiar lo que se avecinaba. Presumiblemente, estuvo tratando de dar caza a Ulara, es posible que hasta se batieran en duelo en alguna ocasión, pero de ello nada quedó escrito, que se sepa.

Mucho tiempo después, en el año 1008 del calendario de los hombres, la Dama Negra volvió a aparecer en el Nuevo COntinente de Ülathar, tratando de evitar que Gingoen, el Demonio Resentido imaginado en la Impotencia de Orfgod, fuera llamado. Ello es relatado en el cuento de Lyda de Lis.
¡Habían pasado más de 2000 años de la llegada de la Llorona! La Dama Negra habitó de aqui y allá, siendo conocida siempre como una ermitaña, tratando de pasar desapercibida, y viviendo como pudo. Frecuentó la Torre del Recuerdo, donde pudo consultar algún Lunariu, los libros que hablan de la llegada de los Demonios Resentidos. Tal vez vivió allí, adorando al Dios del Recuerdo, una temporada... Esa torre está situada en las Montañas del Anochecer, en algún punto de los Reinos Enanos, y en ella se alberga la mayor biblioteca del mundo.

Pocos datos comprobados se tienen de la Dama Negra. Es probable que aparezca en otros cuentos, como el de El Eviterno, que hablará de la llegada de Evilized, el Demonio Resentido imaginado en el Deseo de Orfgod, pero aun debemos esperar para saberlo.

La Dama Negra siempre vivió a parte de la sociedad. Era una vagabunda, una ermitaña, y una poderosa hechicera. Siempre vistió de negro, como si preveyera un luto por lo que estaba a punto de acontecer... Portaba un precioso báculo, con el cual podía hacer magia, y con lo largos años de estudio y práctica, había alcanzado gran sabiduria.
En la mayoría de las ocasiones, los protagonistas de los cuentos en que se deja ver, la toman por una bruja con fines oscuros... Si hace el bien o el mal, es relativo. ¿Justifica el fin los medios? tal vez ése sea el gran debate que presenta este personaje... Ella sabe que se va a desatar un gran horror en el mundo, que viene dispuesto a devorarlo todo, y tratará de evitarlo a toda costa, pagando cualquier precio por ello...

Me encanta este personaje. Y me alegra saber que aun me queda mucho por descubrir de ella... Ya os iré contando!!

Darka.

22 febrero, 2010

Murtagh, el Señor Caracol


El 22 de noviembre de 2008 fui al TEA (Tenerife Espacio de las Artes), donde pude ver la exposición de Óscar Dominguez (La Laguna, Tenerife, 3 de enero de 1906 – París, 31 de diciembre de 1957), artista surrealista canario. Su obra me maravilló y sorprendió por igual, en gran medida porque el surrealismo no suele llegarme como él consiguió. De entre sus obras, ésta me dijo algo en especial. Siento no poder daros nombre y fecha, pero por más que busco y rebusco, no doy con ella. Al verla, aquel día, me vino la imagen de Murtagh, el Señor Caracol, el personaje del cuento de Lyda de Lis. Historia de una Estatua de Piedra, del que vengo a hablaros. Fue verlo colgado en aquella pared blanca, y visualizar lo que os describo, tal y como Lyda se lo encontraría aquel día...
Espero que os "guste"!


(...)

- ¿Quién es la chica?- Dijo el cuarto enano, de forma brusca e imperativa.

- Viene a hablar con Murtagh, dice que sabe dónde está la bruja que cambia las cosas.

- Eso es imposible…- Contestó el enano más fuerte, y en ese momento se abrió la cortina de la litera, dejando al descubierto aquel ser horrible. Lyda hasta se asustó, dio un paso atrás, pero los cuatro enanos no se movieron. Tras la cortina, una figura deforme descansaba sobre cojines. Lyda jamás había visto cosa igual. Era un viejo escuálido, de tez clara, como muerta, arrugada y sin pelos. Las costillas se le marcaban de tal forma, que el horror de su rostro pasaba desapercibido. Era calvo, con una mandíbula que le sobresalía, mostrando sus dientes asomarse de una boca sin labios reconocibles. Sus ojos eran dos cuencas vacías que nadie había tenido la intención de ocultar y los huesos de su calavera se marcaban tanto, que parecía un espectro enfermizo. Pero lo más asqueroso era su alrededor… Por toda la litera, entre almohadones y cofres, había numerosos frascos llenos del líquido en que flotaban sus órganos… El corazón estaba a su derecha, un pulmón a cada lado, los riñones, el hígado y hasta el cerebro, en un estante sobre su cabeza… Era una imagen repulsiva.

- ¿Quién eres, muchacha?- Dijo aquella figura horrenda. Su mandíbula extraordinaria se movió, como si la calavera de un muerto viviente le hablara. Las cuencas vacías de sus ojos estaban clavadas en ella, como si de verdad la miraran.- ¿Por qué crees que busco a la Señora de la Magia Mutable?

- Sé dónde encontrarla.- Respondió Lyda muerta de miedo.

- Dime, pequeña, ¿cuál es tu nombre?

- Eso no importa.- Dijo ella, casi dando un paso atrás.- Vengo a ofrecértela.- En ese momento, Lyda sacó de su bolsillo una manzana, y comenzó a jugar con ella, lanzándola al aire.

Aquella calavera pareció sonreír.- ¿Quién te dice que no he dado ya con ella?

- Sé que no lo has hecho. Dime lo que quieres de ella, y es posible que te diga cómo encontrarla.

- De verdad, me siento intrigado… ¿Qué te hace pensar que la busco?

Lyda torció la cara. Aquel ser repulsivo le era fascinante en alguna manera que no podía comprender.- La necesitas. Los dos lo sabemos. Y yo vengo a entregártela.

- Y querrás algo a cambio… ¿Qué podría ofrecerte yo?

- Sólo quiero saber qué quieres de ella. Ella vendrá por su propia voluntad cuando lo sepa.

Los enanos los miraban, escuchando aquel diálogo sin mediar palabra. Estaban más intrigados en cómo acabaría aquello que interesados en interrumpir. Aquel brujo, lo que fuese aquello, vivo o no, habló muy despacio.

- De ella quiero que me ayude a traer un ser de otro mundo.

(...)



Extraido de Murtagh, el Señor Caracol
Darka Treake
Descarga el capítulo entero en PDF aquí.

02 septiembre, 2009

El Sueño de la Estatua

(...)


Se levantó, y se acercó a la estatua. Se acercó tanto que sintió como se invadían el espacio personal el uno al otro. Se le aceleró el pulso, creyendo que él podía sentir esa cercanía, ese momento. Pero dudó de que fuese así. Le rozó la cara, y sintió la piedra fría y empapada, y se acercó más, y más, hasta quedar frente a él. Su ojos de piedra parecían mirar más allá, tras ella, a una fiera enorme y peligrosa, pero no le importó y se aproximó más. Entonces, sin besarle, abrazó aquella estatua con todas su fuerzas, pero ella no le devolvió el abrazo, sino que se limitó a permanecer en su posición de ataque, bien alerta, en la eterna espera de la bestia.

Entonces a Lyda se le ocurrió que había una forma de acercarse más aun a él. De cruzar esa frontera de piedra que les separaba, de encontrar el último ápice de consciencia que quedara en la estatua. Si aquella piedra albergaba alguna vida aun, ella la encontraría, y la cuidaría. Pensó en el hechizo que su amiga Onírica, la bruja de la Magia Onírica le enseñó. Juntas habían logrado convertirse en el sueño de otra persona. Era algo muy complicado, y que jamás había logrado ella sola. Las dos, Onírica y Lyda, uniendo sus magias, habían logrado convertirse juntas en el sueño de otra persona, de manera que se introducían en él y lograban jugar con su sueños. Pensó que si aún quedaba algo de Dristan en aquella estatua, esa era la forma de encontrarlo, de comunicarse con él, de acercarse a él...

Lyda se concentró en recordar el hechizo. Sabía las palabras que Onírica decía, conocía su significado y sabía cuál era su parte en el conjuro. Pensó en Onírica, la pobre Onírica, ahí tendida bajo la columna caída de su Palacio de los Sueños... Pero luchó por mantenerse serena, por recordar sólo a Onírica y al hechizo. Abrazó a la estatua tan fuerte como pudo. Recitó las palabras de Onírica y las suyas, entrelazó cada vocal y cada letra para lograr recitarlas simultáneamente. Apretó con más fuerza la estatua. Vio la cara de Onírica. Se vio a sí misma volando hasta ese lugar. Vio la estatua desde el aire. Hizo más fuerza contra el cuerpo de piedra. Repitió las palabras, una y otra vez. Cada vez más rápido. Onírica. Dristan. El hechizo. La estatua. El dragón. La voz... Y entonces, como si todo un torbellino de ideas hubiera dejado de girar en su cabeza, sintió el olor de la magia flotar alrededor. Recordó el color que el aire tomaba cuando la Magia Onírica surtía efecto. Y ese violáceo nubló todo alrededor, hasta que Lyda no pudo ver nada. Sólo sentía la estatua contra sí. La piedra fría y húmeda. Y creyó sentir que ella también la abrazaba...

Cuando volvió en sí, ya no estaba allí. Estaba en cualquier otro lugar, y no era Lyda, sino un hada diminuta y pelirroja, que revoloteaba danzando sobre un páramo verde, cubierto de un pasto reluciente. Se trataba de un hermoso valle entre montañas, por el que corría un riachuelo de aguas cristalinas. Éste descendía por un sendero natural como producto del deshielo, y se perdía hacia el sur. Aquellas montañas eran muy diferentes a cualquiera que hubiera visto Lyda en su vida. Hacia el noroeste, sobre las cimas más altas, parecía que el cielo se tornaba en atardecer repentino, mientras que hacia el sureste, el día lucía radiante, como en las primeras horas de la mañana. Aquél espectáculo fue digno de un bonito sueño, y Lyda se preguntó cómo alguien podía imaginar un atardecer a medio día, tras aquellas altísimas montañas... El azul brillante se iba anaranjando sobre las montañas al noroeste, para oscurecer por completo tras éstas... Era algo increíble, y precioso. No supo si era su imaginación la que componía el sueño, o si sería la de Dristan, tratando de evadirse de su eterno letargo... Entonces cayó en la cuenta de que Dristan estaba allá abajo, en el suelo, tomando el sol sobre el pasto, tumbado boca arriba.

No muy lejos pastaban unos animales de grandes proporciones, con manchas blancas y negras, y grandes cuernos en la cabeza. Y al otro lado del río, en la vertiente occidental, crecían miles y miles de flores rojas, que cubrían gran parte de la pradera. Más allá, las montañas volvían a nacer, elevándose hacia donde el día lucía azul y maravilloso. No había una sola nube. Un lugar idílico, digno de un bonito sueño.


(...)


El Sueño de la Estatua
Lyda de Lis. Historia de una estatua de piedra
www.modt.net



Esto será el capítulo V del cuento de Lyda de Lis.
Descárgalo completo aquí:

>El Sueño de la Estatua

21 agosto, 2009

La Tragedia del Día y la Noche

El trovador reunió aquella mañana a muchos seguidores en la plaza. Era un bereber viejo, un trotamundos, famoso por sus cuentos de diferentes partes del mundo. Había recorrido y visto cosas que ni siquiera podríamos imaginar. Había estado en tierras donde la magia se permitía, y no se perseguía… Donde los ancianos sabios eran venerados, donde los dioses antiguos aun eran recordados. Lugares donde los reyes eran efímeros, y otros donde eran altos guerreros, ya conocidos como clásicos. Había visto bestias de grandes portes y fieros aspectos. Había pernoctado en los más oscuros abismos, y había regresado para hablarnos de ellos… Vestía una túnica gris y un turbante envolviéndole la cabeza. Tenía una barba oscura, sobre la piel bronceada, y hablaba con un acento que arrastraba las palabras, dando a su relato la fuerza de un antiguo cuentacuentos. Fumaba en pipa de marfil, y no tocaba ningún instrumento musical, pues según contó, jamás se había compuesto una melodía tan triste para acompañar este relato. Tituló el cuento La Tragedia del Día y la Noche. Según dijo, no era algo que él hubiera visto, sino un cuento popular de la sabana donde habitan las tribus Chagna, muy, muy al sur del Viejo Mundo, de hecho en otro continente, llamado Ülathar. Lo que si había visto, era la estatua del cuento, que aun se erguía, en recuerdo de lo que estaba a punto de narrarnos…

Aquellas estepas una vez fueron selva cubriendo una tierra que ahora se secaba bajo un sol incesante, donde ya sólo habitaban las tribus Chagna. Éstos eran pueblos nómadas que aun seguían los credos antiguos. Creían en el fuego, el viento y el agua, en el tiempo y la vejez, en el día y la noche… No vestían ropas, sólo pieles de animales fieros que aun corrían libres por aquellos parajes, con cuyos colmillos se armaban, combatían, y los daban caza. Se agujereaban la piel, para alojar huesos, piedras o argollas, y se tatuaban todo el cuerpo con símbolos religiosos. Aquellas gentes, nos contó, se reunían en diferentes tribus o clanes, que dominaban ciertos territorios en imperturbable paz. Cada tribu tenía una serie de chamanes, de sabios o sacerdotes, a quienes el pueblo seguía, pues ellos guiaban con la palabra de los dioses, a quienes llamaban en tiempos de necesidad. En eso no se diferenciaban mucho a nosotros, nos insultó. Los dioses Chagna aquí serían paganos y perseguidos, a diferencia de lo que harían ellos con los nuestros.

Nos habló entonces de sus ritos y creencias, de sus invocaciones, de sus llamadas a los dioses y de sus mitos. Y entre tantos nombres, hubo dos que adquirieron especial interés para los oídos de todos cuantos escuchábamos: Sanae y Xiam. Sanae era una de las chamanes más mayores de todas las tribus Chagna, una anciana muy venerada por su sabiduría y por sus logrados consejos. Era la chamán de la noche, la sacerdotisa de la Magia Nocturna, lo que aquí habríamos llamado una verdadera Bruja. Era seguidora de la noche, se comunicaba con los espíritus de la noche y amaba a la luna y las estrellas por igual. Dormía por el día y vivía por la noche, cuando rezaba y hablaba con los dioses de las tribus. Xiam, por el contrario, era una chaman muy joven, pero muy sabia. Era la chamán del día, la Bruja de la Magia Diurna. Adoraba al sol y le rezaba cual dios incandescente en la bóveda del día. Dormía por las noches y sólo vivía durante los días abrasadores de la sabana. Ambas eran incompatibles, pues habitaban reinos diferentes, Sanae habitaba la noche y Xiam el día. Pero una vez ocurrió algo inesperado, algo que conmocionó a las tribus, el mensaje de un dios. En aquel momento el día y la noche se unieron, fueron uno, y las tribus se reunieron para observar el fenómeno, y rezar a los dioses. Durante el día, cuando el sol se elevaba allá en lo alto, su luz cegadora fue menguando hasta desaparecer en una fina aureola, y se hizo la oscuridad. A dicho fenómeno, aquí lo llamamos eclipse de sol.

En aquel instante, durante la reunión de las tribus, Sanae y Xiam se conocieron. El eclipse duró los suficiente como para que ambas entablaran una amistad especial. Desde aquello, las sacerdotisas del día y la noche se hicieron amigas, y se reunieron cada ocaso y cada alba, en los últimos instantes en que una permanecía despierta, y cuando la otra justo acababa de despertar. Durante aquellos instantes, tantos y tantos amaneceres y crepúsculos, las dos intercambiaron conocimientos, experiencias, rituales y secretos. Fue una amistad que se alimentó con el conocimiento de una y la curiosidad de la otra, con las palabras y la brevedad del instante. Entre las dos chamanes nació una amistad que se fue tornando en romance, y de aquella unión surgió un amor entre las dos sacerdotisas que se hizo imposible.

Xiam habitaba el día, y Sanae, la noche. Cada ocaso y cada alba, en esos breves instantes en que el firmamento duda entre la noche y el día, ellas dos se abrazaban, se hablaban y se amaban. Pero aquel romance no podría durar demasiado, pues Sanae, que era la más mayor, no viviría mucho. Y Xiam, que era joven y la veía marcharse en vida, sin poder aprovechar el tiempo debido a sus diversas condiciones, decidió hacerle un regalo a Sanae.

Fue entonces cuando acudió hasta el Gran Volcán, donde por aquel entonces habitaba un demonio que deseaba ser invocado. El trovador bereber no quiso darnos su nombre, pues según dijo, aquel demonio hizo mucho daño un tiempo después de lo ocurrido en este cuento. Pero Xiam no sabía nada sobre él, salvo que era capaz de cumplir cualquier deseo. Cuando una persona está enamorada, a menudo desea cosas y toma decisiones sin mirar las consecuencias que vendrán. Y Xiam, así, hizo un trato con el demonio. Le pidió su regalo para Sanae, y el demonio se lo concedió, a cambio de su alma. Xiam, por amor, por descaro, creyendo que sus dioses protegerían su alma del demonio, y que en todo caso, sería al final de su vida cuando debiera entregarla, aceptó el trato. Pero se equivocaba.

Así, regresó Xiam con el regalo para Sanae. Y al mismo día siguiente, cuando Sanae aun dormía y ella rezaba, ocurrió un segundo eclipse que duró largos minutos. Las tribus se reunieron de nuevo, y Sanae despertó en mitad del día, pues éste se oscureció, volviéndose noche, y ambas, Xiam y Sanae pudieron encontrarse por largos minutos y amarse sin reparo.

Primero el sol se fue oscureciendo en el cielo, hasta que se convirtió en una aureola. Fue entonces cuando Sanae y Xiam se reunieron, se abrazaron y se besaron. Adoraron juntas al día y a la noche, unieron sus magias, y dieron gracias al demonio por regalarles eclipse. Pero en el momento en que la oscuridad fue clareando, y el sol asomando de nuevo en el cielo, Sanae sintió que Xiam, entre sus brazos, estaba cambiando… Su piel, tersa y joven, comenzó a endurecer. Sus piernas se hicieron pesadas y le fue imposible caminar. Sus movimientos, hasta ese momento rebosantes de agilidad y ritmo, se enlentecieron, y su rostro se fue apenando. La sonrisa que siempre lucía se fue apagando y en su mirada, a escasa distancia de Sanae, se fue volviendo gris y marchita. ¡Se estaba convirtiendo en piedra! Su cabello, anudado y enredado por los rituales, dejó de ondear al viento, para caer pesado sobre su espalda desnuda. Sus brazos dejaron de moverse, y el abrazo que se daban se convirtió en una postura fingida, un recuerdo de algo que jamás se repetiría. Cuando el sol volvió a lucir en lo alto, iluminando con su magia la Sabana de las tribus Chagna, Xiam era una estatua de piedra, pues su alma ya no le pertenecía, sino al demonio que le había engañado. Y a sus pies yacía la anciana Sanae, a quien la luz del día había cegado primero, y adormilado después.

Al caer la noche, cuando Sanae despertó, encontró a Xiam en aquel estado, y la sacerdotisa de la noche se horrorizo, quedando desconsolada y triste. Ya jamás sería la misma. Dicen que, desde aquello, durante la noche en la sabana se respira la pura tristeza, que cae del cielo nocturno envolviendo a los que no duermen. Y que durante el día, aquellos que le rezan a los dioses, o que invocan a la magia, no logran alcanzar su propósito en último término, pues falta algo que les ayude a invocar la Magia Diurna…



29 julio, 2009

Historia de una estatua de piedra


Mucho tiempo atrás, contó el dragón nimio, llegó a estas tierras un pueblo nómada. Vivían del pastoreo, y al encontrarse en estos parajes, se vieron maravillados. Era una tierra casi inexplorada, muy lejos de donde ellos habían venido, y decidieron quedarse. Todas aquellas montañas, llamadas ahora el Macizo de las Estatuas, fue para ellos una oportunidad, una tierra virgen donde sus rebaños podrían pastar sin temor, y donde decidieron asentarse un tiempo. Su apego fue aún mayor cuando su líder, un hombre muy anciano, murió amando este bosque. Por él, por su deseo de formar allí un hogar, se quedaron. Provenían del Viejo Mundo, otro continente muy al norte de aquí. Habían vivido entre montañas siempre, sintiéndose seguros entre las cumbres, por lo que eran conocidos allá a donde habían ido como un clan de hombres de alta montaña, o sólo montañeses. Algunos decían que eran una raza mestiza, entre enanos y hombres, aunque ni siquiera ellos lo creían.

Aquí vivieron hasta su fin, pues hace no mucho que se extinguió su cultura. Aquí descubrieron que las montañas, como el inmenso volcán, estaban habitadas por criaturas oscuras y peligrosas. El Dragón Dorado los atemorizó, pero no quisieron ya marcharse. Y desde entonces combatieron a los orcgluds, una raza de bestias que Lyda conocía bien, y a quienes evitaba. Eran unas criaturas de piel negra, del tamaño de un hombre, o incluso mayor, a pesar de caminar encorvados. Con la edad les crecían cuernos, en cualquier parte del cuerpo, y los ancianos a menudo no eran capaces ni de moverse por ello. Todos tenían el espinazo bien marcado, con pequeños de estos cuernos creciendo a lo largo de toda la espalda. Recordaban a los orcos, que también había por aquellas tierras, pero éstos eran peores, aseguró el dragón nimio. Vivían en túneles naturales del Gran Volcán, se alimentaban de raíces y de todas aquellas presas que lograban capturas. Adoraban a Mëryl, el Dorado, el cual los repudiaba y a menudo utilizaba. Lyda los había visto alguna vez, pero siempre había huido pues la atemorizaban. Los orcgluds no vestían ropa, salvo una máscara horrorosa que infundía un terror incomprensible al que los miraba... Su líder portaba además el Medallón del Dragón, hecho con una escama del mismísimo Mëryl, según se decía, de oro puro. A éste se le llamaba Umbduch, como al primer líder al que el dragón le dio el medallón. Desde entonces todos heredaban el amuleto y el nombre a modo de título. Llevaban allí muchísimo tiempo, tanto que ya se había olvidado su origen. Al parecer lucharon en las Guerras del Desierto, contra los elfos que habitaron Nilith tanto tiempo atrás, una ciudad en ruinas en la costa oriental de Ülathar, no muy lejos de donde se encontraban. Ya quedaban muy pocos, pero los suficientes para suponer un peligro para los montañeses.

En sus últimos momentos, el clan decidió que para acabar con los orcgluds debían acabar con Mëryl, el Dragón Dorado que habitaba el Gran Volcán. Y fue Dristan McKeltar el elegido para tamaña empresa. Aquel hombre que Lyda tenía delante había venido hasta aquí a derrotar al dragón para salvar a su pueblo. Fue considerado un gran héroe, y ahora no era más que una estatua de piedra. Poco después de aquello, al no regresar Dristan, llegó el final de los montañeses. Los orcgluds acabaron con los que quedaban de ellos, otros huyeron y como consecuencia, su cultura ya se había perdido. Aquel pueblo ya no existía, y Dristan, en la forma de aquella estatua, era el único recuerdo que quedaba de ellos.

En su recorrer en busca del dragón, Dristan McKeltar había dado con la figura del elfo Quinos, amo del dragón nimio, y ambos habían hablado, justo antes de que Drsitan se convirtiera en piedra. Según le contó a Lyda, el guerrero de las altas montañas le dijo al dragón que ya había escuchado la voz, y que le había hecho la promesa. El dragón nimio le dijo entonces que ya estaba perdido, pero que a Dristan no le importó, pues con su promesa se había asegurado la gloria, y el recuerdo...

Cuando se marchó, y se encontraba en el lugar donde estaban Lyda y el dragón nimio hablando, apareció el Dragón Dorado, y se dispuso a combatirle. Pero justo en el momento en que se iban a enfrentar, Dristan se transformó en la estatua de piedra que era ahora...

Así había sido. Aquella era la historia de Dristan McKeltar. El dragón dudaba si habría logrado su empresa, pues derrotar al gran dragón era un mérito digno de un gran guerrero, a pesar de que Dristan le había parecido muy valeroso y diestro. Pero, según se contaba, Mëryl, el Dragón Dorado, se había enfrentado a los dioses y había sobrevivido a su ira...



Éste es el capítulo IV del cuento de Lyda de Lis.
También he terminado el capítulo III, por título El dragón nimio, pero me faltán unos retoques que no me permiten aun mostrároslo!!
Pero en resumen, viene a contar cómo Lyda da con la estatua de Dristan.
Allí será un dragón nimio quien le cuente esta historia.

He decidido, además, añadir un nuevo episodio, el que será el V, con el título
El sueño de la estatua.

Pronto os enseño más!!




Estos días estoy trabajando en la inscripción del registro de propiedad intelectual.
Esta obra ya está inscrita:
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22 julio, 2009

La Señora de la Magia Mutable

La muchacha batió las manos llenas de dados tan fuerte como pudo, y cuando se detuvo, miró directamente a los ojos a la anciana que tenía delante. Aquellos ojos amarillos, profundos como el atardecer, te dejaban atontado si permanecías más de un segundo mirándolos. La bruja lo sabía, y bien que le sacaba partido. La chica abrió las manos sobre la mesa y el destino en la forma de una docena de dados cayeron sobre el tepate cubierto de inscripciones y coloridos exóticos. La chica, muy despacio, apartó las manos. Ya no dependía de ella. Su suerte estaba echada. Ahora sólo había que leerlo. En ese momento, la bruja, sentada justo en frente, en esa mesa redonda y pequeña, comenzó a contar como si le fuera la vida en ello. Ambas manos se movían de dado a dado, y sus dedos iban contando los valores de los dados al pasar por encima, mientras, parecía, los iba anotando en la cabeza. A la chica le pareció que pasó varias veces por cada dado. Había un dado de cuatro caras, tres dados de seis, un dado de ocho, un dado de diez, tres dados de doce lados, uno de veinte, uno de cien y uno que debía tener incluso más allá de cien caras, y que no tenía números, sino unas inscripciones incomprensibles. Cada dado era de un color diferente, y a la luz de la vela sobre la mesita la escena no parecía verosímil.

- Ciento treinta y dos.- Dijo la bruja escasos segundos después. La chica dudó si era cierto o si se había inventado la cifra, pues a ella le habría resultado imposible contar a tal velocidad.- Pero,- Se dispuso a añadir la bruja señalando el dado que no tenía números.- este dado indica que el valor debe dividirse por tres. Por lo tanto tu resultado es cuarenta y cuatro.- Para la chica, es como si la bruja hablara en otro idioma. Cuarenta y cuatro, pues cuarenta y cuatro. ¿Y eso qué significaba?- El doble cuatro indica valor. No significa que vayas a hacerlo, sólo que eres capaz. ¿Ves el dado de cuatro? En él obtuviste un tres, lo que le quita valor a tu doble cuatro. Pero en los de seis has sacado un cuatro, y dos doses, lo que podría indicar que vas a hacerlo.- La bruja hablaba a toda prisa, sin dejar que la chica razonara su comentarios, sin importarle demasiado. Movía ambas manos sobre el extraño tapete, dirigiéndose a los diferentes dados que iba nombrando, como si todo aquello tuviese un sentido que sólo ella pudiera ver, o que fuera una gran mentira, o que fuese la auténtica verdad del mundo.- En el de veinte, en cambio, ha sido un veinte, máxima puntuación. El dado de veinte es el de la fuerza. Así que si lo haces, es probable que te resulte. Pero hay un problema. Has sacado tres seises. ¿Ves? En el dado de diez, y en dos de los de doce. Eso indica un posible fracaso. Si hubiera sido en tres dados iguales, los de doce o los de seis, yo te aconsejaría que no lo hicieras, pues las consecuencias podrían ser terribles, pero si ha sido en dos de los de doce y en el de diez... Es posible que no signifique nada, o que te vaya mal. En todo caso, el cincuenta y uno te indica que el azar no está de tu lado, pero tampoco en tu contra. Todo depende de ti. Yo te diría, como consejo personal, que lo hagas, pues sino la duda se acomodará en ti y jamás podrás resolverla. Y los dados te dan valor y fuerza, aunque no te aseguran el éxito.

La bruja se calló, como si aquel veredicto fuera definitivo e inapelable. El destino estaba leído. Pero la chica no había comprendido nada. Fue a hablar, pero la bruja endureció los ojos, ni te atrevas, le decían en ese amarillo profundo. Aun así, ella pagaba, ella preguntaba.

- Pero... ¿Si no tengo un destino sobre esta cuestión, cómo puedo resolver el asunto?- Ella lo único que quería saber era si podía ir a ver a un hombre, del que estaba enamorada, y si éste le invitaría a un paseo, o una cena. Pero la bruja no le estaba ayudando nada.

- ¡Sí tienes un destino!- Casi le gritó, escupiendo las palabras de su garganta arrugada.- Todos lo tenemos. Es sólo que el destino no es definitivo. Siempre puede cambiar. Todo depende de lo que tú decidas hacer. Los dados sólo son una herramienta para leerlo. ¿No esperarías una respuesta contundente sobre un futuro incierto, verdad? Eso sería absolutamente ridículo.


(...)


La Señora de la Magia Mutable
Lyda de Lis. Historia de una estatua de piedra
Darka Treake





Hoy os dejo este fragmento, introducción de la Señora de la Magia Mutable, capítulo segundo del cuanto de Lyda de Lis. No os dejo aquí la versión descargable, aunque ya la haya subido, porque estoy pensando en algunos cambios.
Pero este fragmento me gustó como quedó, y quería mostrároslo.
Ya estoy con el tercer capítulo del cuento, y tengo ya escritos el quinto y sexto. La verdad es que va más avanzado de lo que esperaba. Os dejo aquí la lista de capítulos:

Lista de capítulos (Provisional)

Prólogo. Lluvia

LIBRO PRIMERO. El Lunariu

1. Lyda de Lis y la Bruja de los Sueños
2. La Señora de la Magia Mutable
3. El dragón nimio
4. Historia de una estatua de piedra
5. El sueño de la estatua
6. La advertencia del hombre extraño

7. Sebah, el duende de epoxi
8. Las botas bajo la cama
9. La última baronesa
10. Autorretrato
11. La Voz del Demonio
12. La Dama Negra
13. El Lunariu
14. Mircea, la Señora que guarda la Entrada
15. El muñeco
16. Impotencia


LIBRO SEGUNDO. La Fortaleza

17. Murtagh, el Señor Caracol
18. Lluvia
19. Lendaia, la bruja de pelo azul
20. Gudrun, la bruja orcglud
21. El arco de entrada
22. La Fortaleza
23. Gingoen, el Demonio Resentido
24. La estatua de piedra

Epílogo. El pacto de Dristán con Gingoen




Pronto vuelvo con más!!

19 julio, 2009

Concurso literario en LYF

Hola!!

Vengo a contaros que me he presentado a un concurso literario propuesto en el blog LYF - Lietaratura Youth Fantasy.
Lo llevan dos chicas muy entusiastas, en el que hablan de lietaratura fantástica, lo vi y me pareció muy interesante, y propuesto un concurso como éste, cuya premisa es escribir un relato sobre dragones, me animé de inmediato.



Una de las condiciones en las bases, es anunciar el concurso en el blog de los participantes, así que aquí estoy, cumpliendo.

El relato con el que me presento es Lluvia (entrada del 20 de septiembre de 2008), Prólogo al cuento de Lyda de Lis. Historia de una estatua de Piedra.

A ver si alquien más se anima y les envía algo!! Hay de término hasta el 30 de julio.

Sólo era eso!!
Pronto más!!
Darka.

16 julio, 2009

Lyda de Lis y la Bruja de los Sueños

Lyda abrió los ojos en la noche y se inundó de pánico al encontrarse completamente a oscuras. Aun no se había dormido, cierto era que solía tardar en hacerlo una vez acostada, y aquella noche llevaba un rato en la cama cuando sintió aquella brisa colarse bajo el umbral de la puerta, apagando la vela. La bonita muchacha no podía dormir sin una luz que le iluminara la oscuridad. La sensación de que algo acechaba en las sombras era algo que le venía persiguiendo desde que era niña, y contra la que ya se había dado por vencida. Simplemente no podía dormir a oscuras, no podía si quiera estar a oscuras. Le daba un miedo irracional, un pánico tal, que en ocasiones hasta le había hecho dudar de lo real y de lo que podía no parecer real…

Al sentir aquella sensación de ahogo, como si la oscuridad lo envolviera todo, apretándola, se levantó y apresurada se dirigió a la vela apagada, entonces, en sus dedos, brotó una llamarada roja, que le devolvió la seguridad a la cámara. Y así, acercando las yemas de sus dedos ardientes, prendió la vela sobre la encimera.

Su pequeño hogar consistía en una estancia circular, con una cama, un baúl, un armario y una cocina improvisada junto a la chimenea. En el suelo, cubriendo el espacio que quedaba a los pies de la cama, bajo el baúl, una antigua alfombra, ya raída tras el paso del tiempo, que aun mostraba un escudo familiar olvidado: una Flor de Lis en terciopelo de plata gastada. Lyda, para evitar que se repitiera la intromisión, arrojó un trapo al umbral de la puerta que daba al jardín. Ahora la fría noche no podría colarse para dejarla de nuevo a oscuras…

Aquella noche Lyda durmió inquieta, sintiendo la presencia que acechaba, pero la mañana llegó pronto y pudo olvidarse de ella mientras el sol surcaba iluminando el cielo. Así vivía Lyda, disfrutando los días, viviendo el momento, y temiendo las noches, deseando que acabaran pronto.

A la mañana siguiente, Lyda se levantó con la extraña sensación de aquello que le había rondado por la noche, pero trató de olvidarlo todo. Últimamente el sentimiento de aquella presencia nocturna era más latente. Incluso alguna vez había llegado a escuchar alguna voz en la oscuridad... Pero resuelta a olvidarlo todo, al menos mientras durase el día, salió a su jardín y la hermosa visión de los frutales y las flores le regocijó. Lyda era una joven esbelta, preciosa y con muchos secretos. Su cabello rojo, de un color ígneo fulgurante daba cuenta de sus peculiaridades. Se trataba de una chica solitaria, con demasiadas rarezas como para que algún cualquiera la entendiera. Además, a ella tampoco le gustaba la gente cualquiera. Vivía sola en su casita, en mitad de las junglas de Agana, al sur del Gran Volcán, en el inmenso continente de Ülathar, muy al sur del Viejo Mundo. Aquella mañana, como de costumbre, Lyda vestía el camisón que además utilizaba para dormir. Era de un color verdoso claro, estampado con cientos de pequeños símbolos en forma de la Flor de Lis, como su emblema familiar, ya olvidado en aquella región del mundo. Siempre iba descalza. Se acercó a la platanera y bostezó tras morder un rico plátano, y el aire a su alrededor flotó hasta sus pulmones. Un aire fresco de las montañas, húmedo como el bosque de cuento en que vivía, de árboles retorcidos, cubiertos de musgo, y helechos, rocas y tierra empapada por doquier. A Lyda le encantaba aquel lugar, y su olor mágico. Le hacía sentirse viva, llena de energía. Cuando hubo tomado todo el fruto, movió la mano dando una vuelta sobre la muñeca, y la cascara amarillenta se transformó en florecillas diminutas que cayeron entre sus dedos al pasto. La chica pelirroja sonrió, era un pequeño juego personal: eran preferibles las flores a los desperdicios… Fue entonces cuando, sin pensarlo dos veces, echó a volar. Ahora, el camisón a modo de túnica se fue tornando en aterciopelado, para después convertirse en un manto de incontables plumas rojizas que cubrieron su cuerpo, como piel de ave milenaria, mientras que sus pies descalzos se elevaron convirtiéndose en pezuñas. Sus brazos se batieron para iniciar el vuelo, mientras que se agrandaban hasta tornarse en tremendas alas. Su cuerpo disminuyó de tamaño y cambió de forma, y su rostro, tan suave y hermoso como era, se alargó hasta que sus labios fueron un pico afilado… Y es que Lyda era una bruja, una hechicera que dominaba la Magia Mutable. Y así, con el cuerpo de un águila rojiza, emprendió el vuelo hacia la falda norte del Gran Volcán, más allá de los límites del Bosque de Agana, donde vivía una de sus mejores y más antiguas amigas, Onírica, la Bruja de los Sueños.


(...)


Fragmento de Lyda de Lis y la Bruja de los Sueños
Lyda de Lis. Historia de una Estatua de Piedra
Darka Treake



Para descargar el texto completo en format PDF:

Lyda de Lis y la Bruja de los Sueños




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13 julio, 2009

El Lunariu


Antes de que los mortales poblaran el Mundo, durante las Guerras en que de los Dioses casi lo destruyen por completo, dejándolo plano como una moneda con dos caras, Ivette, una de las Grandes Lüe, la Diosa del Destino, escribió seis libros, los Lunarius.

Un Lunariu, dijeron, era un calendario de las lunaciones, de cómo y cuánto se asomaría la luna al manto del cielo. Según se dijo, en los Lunarius se podía leer todo cuanto estaba por acontecer, pudiéndose interpretar predicciones del futuro... Pero además, cada Lunariu gurdaba un secreto: leyéndolo del revés, era posible invocar un gran demonio.

Ivette, que soñó con el Destino, supo cuánto iba a contecer en el largo transcurrir del tiempo tras la caída de los Dioses, tras la Batalla del Juicio, en que éstos se vieron exiliados a un lado del mundo, dejando el otro para los mortales. Se decía que Ivette podía ver lo que ocurriría a través del sol, y de la luna, y así, observó a los mortales antes de que nada sucediese. De esta manera, podía ver lo que ocurriría durante los días y durante las noches, salvo aquellas de luna nueva, pues sin ella, sólo vio oscuridad.
Y así, ella supo que la Luna sería secuestrada por uno de los Demonios Resentidos mucho tiempo después de lo acontecido en este cuento. Por ello que Ivette, Diosa del Destino, huyó del mundo, despavorida, mucho antes de que ninguno de los que hoy moran el mundo naciese.

Pero de ella quedaron los Lunarius. Libros mágicos que contenían el secreto del Destino, y de como invocar a los Demonios Resentidos.
Como se supo después, los Demonios Resentidos fueron siete: Ivirida, Legumes, Evilized, Anarade, Ulara, Gingoen y Golöel. Pero sólo seis Lunarius fueron escritos por Ivette, pues Ulara, Demonio Resentido imaginado en la Tristeza de Orfgod, fue invocado en los Páramos de las Estrellas, un desierto en que siempre es de noche y que nunca surca la Luna...

En este cuento hablaremos de uno de los Lunarius, aquél con el que podría ser invocado Gingoen, Demonio Resentido imaginado en la Impotencia de Orfgod. Es un libro que algunos buscarán, y que nuestra protagonista tendrá... Lo que debemos esperar ahora, es que Lyda sepa dar buen uso de él...

30 junio, 2009

Mensaje con el sol

Adoro cuando te conviertes en sueño, para que ambos soñemos juntos.
Me encanta cómo me acaricias cuando, en forma de hada, me haces el amor soñando.
Me vuelves loco cada vez que vienes y me tocas, y me duele cuando te alejas.
No sé bien qué eres, salvo mi salvación en esta eternidad de condena.
Ruego al sol que te lleve mi lamento, que te apiades de mí, y que vuelvas a abrazarme...







Mensaje que el sol entregó a Lyda,
de parte de Dristan McKeltar, convertido en piedra...

08 junio, 2009

La Voz del Demonio II

Continua de: La Voz del Demonio I


(...)


Lyda, acudo a ti porque ambos tenemos un anhelo por conseguir, porque los dos queremos algo prohibido. Algo inaccesible.- La voz calló un segundo, para continuar.- Esa impotencia, es lo que nos une, Lyda de Lis…- A medida que Lyda fue formulando sus interrogantes en su cabeza, el demonio los fue respondiendo. La voz le aterraba, pero al mismo tiempo no le amenazaba. El miedo nunca desapareció, pero cada palabra que escuchaba en la oscuridad le acercaba más a la feroz criatura. - Lyda, yo puedo hacer que logres cualquier deseo. Mi alimento es mi secreto, mi codicia los anhelos mortales, mi conexión con el mundo la impotencia de las personas… Si me ayudas, yo puedo ayudarte. Cumplir el mayor deseo de un cualquiera siempre es tarea sencilla para mí, y el precio siempre es alto. En tu caso, Lyda, necesito de ti más de lo que cualquier otro podría darme…- Lyda no puedo evitar sentirse intrigada, y él lo supo.- Yo te ofrezco la eternidad con él. Y a cambio sólo has de liberarme de mis necesidades… El guerrero que te espera en forma de piedra, ya hizo un pacto conmigo. En mi mano está liberarlo. Sólo has de hacer cuanto necesito de ti.- Lyda dejó escapar en su mente un pensamiento arriesgado.- Debes liberarme en el mundo, Lyda. Debes hallar la forma de traerme a tu mundo. Cuando esté ahí, podré hacer que estés con el guerrero de las montañas altas para siempre. En mi mano está liberarlo. Y en tu mano liberarme a mí. Cumple esta promesa, y yo cumpliré con mi parte…

Ambas mentes permanecieron un instante infinito en silencio, negociando, calculando consecuencias, aceptando y rechazando deseos incontrolables, hasta que Lyda formuló un pensamiento en positivo. Aquello selló el trato en la bruja y el demonio. Sólo tenía que lograr invocarlo en el mundo, y podría estar con el guerrero al que ya amaba, tanto, como para firmar sobre su vida con el demonio…

Sellado el trato, la voz no volvió a sonar en su mente… Entonces la vela se encendió, devolviendo la luz a la estancia. Lyda se encontró tendida en la cama, sudando y bien despierta. Aquella noche no volvería a dormir. Todo había sido real, o no. En sueños o en la realidad, había hecho un trato con el demonio que pensaba cumplir. Se levantó de la cama y caminó hasta la vela. Se quedó observándola un rato, largos minutos que se consumieron como la cera, desvaneciéndose en el aire. De pronto, lanzó un soplido que lo dejó todo a oscuras. Regresó a la cama y quedó pensativa, hasta que las primeras luces del alba, horas después, aparecieran en su bosque, en su casa, y en su vida… Nada sería igual desde aquella noche.


La Voz del Demonio
Lyda de Lis. Historia de una Estatua de Piedra
Darka Treake

03 junio, 2009

La Voz del Demonio I

Lyda escuchó una voz en sueños que le llamaba. Escuchó claramente su nombre, donde no alcanzaba a ver absolutamente nada. Una sola palabra repetida, desde una garganta profunda y áspera, invisible: Lyda, Lyda, Lyda. Una vez más, la bruja se despertó en la noche. Estaba en su habitación, tumbada en su lecho, bocarriba y medio tapada. La vela seguía encendida, pero titilaba como mecida por una brisa inexistente. Entonces, escuchó la voz otra vez: Lyda… Sólo que esta vez no soñaba. La vela bailó ágilmente, para apagarse al instante. Todo quedó a oscuras, y Lyda casi siente parársele el cuerpo, el corazón, y la vida.

- Lyda…- Aquella voz la mantuvo paralizada un rato. Estaba segura de escucharla. Estaba segura de estar despierta. Estaba segura de estar en su cama y de estar escuchando su nombre. Y lo peor de todo… Estaba segura de estar sola en su casa.- Lyda…- Otra vez. Ella dejó de respirar. No veía nada, sólo sentía el contacto con las sábanas, su corazón latir a punto de salírsele del pecho, y su cuerpo paralizado del horror.- No temes a la oscuridad, Lyda…- Aquello ya era imposible. La voz articuló esas cuatro palabras, desde una garganta que no existía, entonando con cuerdas vocales imposibles.- Me temes a mí… Siempre lo has hecho. Siempre has sabido que acecho en la oscuridad, me escondo entre tus miedos, ante tus ojos cuando no puedes ver… Y aunque has intentado huir de mí, te he alcanzado.

Lyda no podía hablar, no moverse ni hacer nada, salvo mantenerse con vida ante ese terror que la empujaba a salir huyendo de su propio cuerpo, de aquel momento, incluso a enfrentarse a la muerte por escapar de esa voz infernal. Deseó poder abrir la boca, pero sus labios no respondieron. Pronunció mentalmente, sin vocalizar:- ¿Quién eres?

- Ya conoces mi nombre, aquél con el que me llaman algunos. Tengo múltiples y a la vez ninguno. Para ti soy el miedo, y la impotencia… Me conoces desde siempre, me has escuchado sin verme, y siempre te he acompañado en la oscuridad…- La voz respondió a ésta y tantas preguntas como Lyda se formuló en la cabeza. Y ella se imaginó dos alternativas, o había perdido la cordura, o era un demonio que habitaba en sus sueños más remotos.- La cordura te acompaña, como este momento, que es real. Cierto es que en tu cultura me llamarían demonio, pero las connotaciones temerosas que el sólo concepto provocan no nos ayudarán en este intercambio de intenciones… En todo caso, esa es tu respuesta, soy un demonio esperando a poder nacer, sabiendo que jamás lo lograré…- La voz pareció apenada, incluso, dentro de lo horrenda que sonaba en aquel momento imposible.


26 mayo, 2009

El arco de entrada

Las dos brujas iban caminando por el bosque más frondoso del continente. Era una selva en que la llovizna era constante, insanciable, y que a penas dejaba ver el sol, pero que alguna vez era posible encontrar ambos fonómenos entrelazados. Aquella mañana, Lyda y Gudrun, estaban a punto de presenciar uno de esos fenómenos. Movidas por diferentes motivaciones, caminaban juntas hacia un destino tan común como remotamente alejado. Lo que iban a hacer era algo que ninguna deseaba, y que ambas ansiaban terminar, y olvidar.

El bosque, aquella mañana, regaló a las brujas uno de esos momentos que pocos pueden apreciar. Uno de esos en que has de encontrarte en el momento preciso en el lugar preciso, o te lo pierdes. Es posible que el bosque fuera consciente de su presencia entonces, y por ello les otorgara con aquella visión espectacular. Entre las nubes bajas y su llovizna surgió un rayo de sol, suficiente para evocar todo un haz de luz multiculor... El arcoiris que apareció frente a ellas, colina abajo, fue impresionante. Era un semicírculo perfecto, y ambas se maravillaron, aunque por unos minutos no dejaron de caminar, ni hablaron, hasta que Gudrun, la bruja orcglud, rompió el silencio.

- ¿Conoces, Lyda, el secreto del arcoiris?

Ella miró a la bruja deforme. Era tan horrenda que sin dudar, devolvió la mirada al arcoiris, una visión que contratstaba agradablemente con el rostro negro de la bruja.
- He oido que en su base habita un duende,- Lyda calló un segundo, al acordarse de Sebah, y para evitar apenarse, continuó hablando.- y que aquel que consigue llegar hasta allí, puede hacerse con su tesoro.

La bruja orcglud comenzó a reir, primero escupiendo y después estornudando, como si se ahogara.- ¿Y lo guarda en un caldero?- Siguió riendo, hasta que no pudo más.- No, Lyda. El secreto del arcoiris es que es un arco de entrada...- La bruja pelirroja se quedó perpleja, sin comprender.- Aquel que logra atravesar el arco de entrada, ese semicírculo que desaparecerá en unos minutos, a medida que nos acercamos, puede viajar en el espacio. Cada vez que ves un arcoiris frente a ti, es porque hay otros seis arcoiris en otros lugares del Mundo. Siempre se abren siete puertas, y aquel que atraviesa una, y pocos los han logrado, sale por cualquiera de las otras seis puertas multiculores...

Lyda no podía dejar de mirar el haz de luz semicircular. Era tan bello...

- Ese es el verdadero secreto del arcoiris, Lyda de Lis.



28 abril, 2009

Autorretrato

La falda del volcán ofrecía pocos días soleados, pocos días como aquél. Las nubes, que atravesaban el continente velozmente, se detenían al toparse con la monatña más alta de aquel mundo recóndito. En torno a ella, se establecían, y aquel que ascendía la empinada ladera lo suficiente, podía apreciar un mar de nbes que a menudo cubría el horizonte, sin dejar ver las bastas tierras que se extendían hacia el sur, cubriendo la Selva de Agana.

Aquella mañana era diferente. El sol lucía radiante, y Lyda, al despertar, no pudo evitar salir al jardín a disfrutarlo. La bonita muchacha llevaba unos días preocupada. Últimamente se sentía diferente. Su conocimiento de la magia mutable había cambiado. Cada vez sabía más, y sus secretos se le iban desvelando, pero ello traía consecuencias. El hecho de poder convertirse en un pajarillo rojo y volar entre los árboles, era demasiado tentador como no hacerlo amenudo, y Lyda iba sintiendo la parte oscura que toda magia conlleva...

Una vez, recordaba, su madre le contó que conocía a un hechicero ilusionista. Al parecer, éste había perdido la cordura, pues con su magia era capaz de engañar los sentidos, y hacer que se viera u oyera aquello que no existía. Llegó a crear los olores más increíbles, y las más impresionantes visiones. Podía incluso hacer aparecer cientos como él mismo, para engañar a los asaltantes... Pero la magia de la ilusión tenía una pega, uno corría el riesgo de engañarse a sí mismo, de perder la razón y de creer que existía lo que él mismo había creado... Este hechicero estaba sufriendo las consecuencias de la magia.

Y Lyda pensaba que le estaba sucediendo lo mismo. La magia mutable era diferente, y la pérdida de la cordura giraba en torno a otras secuelas... Lyda sentía que a veces su verdadera forma era diferente a la de su cuerpo esbelto y precioso. Las alas de pajarillo le parecían sus brazos, su piernas a menudo las sentía en la forma de las raices de las plantas en que era capaz de transformarse, y su cuello parecía más largo de lo normal, como el los monstruos reptiles que tanto adoraba.

Le había ocurrido ya varias veces, que tras escpársele varios hipos seguidos, se convertía en una horrorosa figura, sin querer, y hasta que n se tranquilizaba, no era capaz de volver a su estado original. Era algo que le aterraba, estaba perdiendo el control... Pero ella adoraba su magia, conocerla era algo que ansiaba, y manejarla algo con lo que disfrutaba. Tenía que encontrar el modo de controlarla.

Su pérdida de identidad, le hicieron sentirse muy desconsolada. Pero aquel día que había nacido, tan brillante, parecía brindarle la oportunidad de regocijarse con su vida, con su conocimiento. No pensó en volverse un águila y sobrevolar el volcán, ni en un roedor y corretear entre los helechos. Decidió, sino, dibujarse a sí misma, así como se sentía, y como más quería sentirse. Lo que ella era, y lo que quería ser.

La magia no era más que magia. Ella sería más fuerte, podía con ello. Se sentó en su jardín, sobre el pasto, con un lienzo de pergamino, y una pluma húmeda, y comenzó a dejar que el arte y la magia fluyeran por sus trazos...





Autorretrato
Lyda de Lis

02 abril, 2009

La Batalla de las Estatuas

"Mirad, parece sonreír, será que es el demonio.
Un chico así, jamás debió pasar...
Oh Dios, terrible engaño..."

Meteoro y el Señor Conejo
Iván Ferreiro



El campo de batalla estaba completamente cubierto de cadáveres cuando el guerrero divisó al demonio a poca distancia. Unos cuántos hombres aun se mantenían con él, agrupados en medio de aquel caos de muerte y destrucción. Sus tropas estaban siendo diezmadas, pero aun podía ganar aquella batalla. Quedaban suficientes para retener al enemigo mientras él plantaba cara al demonio. Era el momento, si quería la victoria, tenía que ir a buscarla.

No hizo falta que inidicara a sus hombres que lo siguieran. Caminó con paso firme, blandiendo su espada de acero pridonio, junto a su escudo, con el emblema de la Casa Real de Tradorón, derecho hacia el objetivo. Si acaba con el demonio, terminaría aquella masacre.

Se ahogó en el pánico, es cierto, pero fue fiel a su intención, y no detuvo el paso hasta encontrarlo por la espalda. Era conocido por su honor, e hizo acopio de él por última vez, gritándole un desafío.

- Gingoen, Señor de la Impotencia, girad sobre vuestra horrenda forma, y que mi espada os dé el destierro de nuestro mundo para siempre.

El demonio, convertido en un gigante de metal, se giró hacia el guerrero. Su rostro repugnante hizo dar un paso a sus hombres, que lo rodeaban detrás, pero él se mantuvo firme, aunque no por ello menos aterrado. Incontables pinchos y cuernos metálicos salían de su cara, que no mostraba boca, ni ojos, ni orejas. Sus garras eran cuchillas, ya impregnadas de la sangre de sus hombres, y sus piernas eran ágiles como el viento.

Por sus gestos, el demonio pareció mofarse, reirse su hubiera podido, y sin detenerse a dudar, le asestó un golpe que cualquier mortal no hubiera podido resistir. Pero el guerrero, diestro, interpuso su escudo, y sus pies se arrastraron varios metros al resistir el golpe. Cayó al suelo, pero no había sufrido herida alguna. Uno de sus hombres se acercó a ayudarlo, mientras unos cuantos no pudieron más y huyeron de la escena. El gigante metálico, entonces, cercenó al compañero junto al guerrero, que se bañó con su sangre desparramada.

Su espada salió disparada hacia el brazo del demonio, que no logró sino quebrarse. Mas el guerrero se puso en pie, dispuesto a frenar al demonio ya sólo con su escudo y la empuñadura de su arma, antigua reliquia familiar ahora perdida. Cuando éste, inmenso, lo agarró por el cuello, entre dos cuernos de acero.

El guerrero sintió elevarse del suelo, y jamás supo si fue por el miedo o por la asfixia, pero casi cae desmayado en aquel mismo momento. Con el tiempo llegó a arrepentirse de aquella lucidez, más le habría valido caer muerto ahí mismo, que dejar que los acontecimientos se sucedieran...

Entonces, cuando ya etsaba solo, en lo alto en el campo de batalla, donde sus tropas se batían ya sin esperanza alguna, el demonio le habló. Su rostro mutó hasta convertirse en una cara, los pinchos y cuernos menguaron hasta desaparecer, y su rostro fue por un momento como el de un ogro. Su tez metálica, fue ablandándose hasta volverse en una piel gruesa de las montañas. Aunque su cuepro no menguó, quedando en al forma de un gran gigante, de esos que se ocultan en los valles.

- Guerrero, podría acabar con tu vida ahora mismo, pero te daré una oportunidad de vivir. Tus tropas no valen nada para mí, pero tu honor es jugoso manjar para saciar mi sed de impotencia... Esta batalla la has perdido, y yo aun así te doy la oportunidad de regresar a tu hogar. Sólo debes prometerme tu alma por la vida.

El guerrero carraspeó, pensando. Tenía brazos, piernas y tronco aprisionado en su puño cerrado. Lo que antes eran unos cuernos metálicos ahora eran los dedos de aquel gigante demoníaco. No tenía escape, la muerte le aterraba, y la huída bien le valía la pena, aunque no a ese precio... Que su alma sirviera al demonio para siempre era algo que aun le aterraba más que la idea de la muerte. La derrota ya era suya, y sus hombres caerían, no había otro final posible. O eso se dijo para convencerse a sí mismo justo antes de pronunciar las siguientes palabras, que matarían su honor y lo sumirían en la desesperación para siempre...

- En este campo de batalla fracasado aun soy dueño de muchas almas. Todos mis guerreros morirían por mí ahora mismo, salvo aquellos que les venza el horror y logren escapar de esto. Mi alma es un precio que no podría pagarte, pero te prometo las almas de cuantos aun luchan hoy por mí. Tuyas son sus almas si me dejas volver a mi hogar con la cabeza gacha.

El demonio sonrío, ahora sí lo apreció el guerrero, que sintió una angustia que le duraría siempre por lo que acababa de decir, sin arrepentirse debido al miedo.

- Que así sea.- Aceptó el demonio.- Las almas de tus hombres son mías ahora. Tú puedes ir, que de ti ya me cobro con tu cobardía, con tu traición. Me has saciado.



Cuando el guerrero despertó estaba allí mismo tendido, en el centro del campo de batalla. Una batalla que había perdido. Era de noche, el demonio no estaba, y el paisaje se veía tranquilo, aunque lo que encontró fue tan horroroso que jamás pudo volver a dormir sin verlo... El cielo estaba despejado, y por la llanura corría una fresca brisa que mecía el pasto, bañado por la luz plateada de la luna. Se puso de pié sin poder creerlo. Los cuerpos de los caídos no ensombrecieron la escena. Por toda la bajada de la loma, donde la batalla se hubo librado y resuelto en fracaso, permanecían los cuerpos de sus hombres que aun combatían cuando la promesa funesta. Estaban convertidos en pieda, tal y como estuvieran en aquel momento. La escena parecía haberse congelado, las estatuas estaban ahí, en posición ofensiva, unos batiéndose con lo que una vez debió ser el enemigo, otros huyendo, algunos muriendo, otros asestando sus últimas estocadas...

El demonio los había convertido en piedra. A todos, menos a él. No pudo evitar llorar, desear volver a despertarse en otro momento y en otra escena, o a poder rebobinar y morir en su lugar.
Ahora sus hombres no eran más que estatuas sin alma que siempre adornarían aquella aciaga llanura.









Hola!! Espero que os guste este relatillo que me acaba de salir. Venía pensándolo en la guagua.
Además de dejároslo aquí, quería deciros que por un tiempo estaré out, pues me voy de vacaciones!! La cosa pinta bien:
El sábado a la Isla de La Gomera con el Bichillo, hasta el lunes. Y el martes de road trip por Andalucía!! Undía con Popi en Sevilla, después ya con todos a Tarifa y Granada. El día 13 estoy de vuelta.
Hasta entonces!!

22 marzo, 2009

Las botas bajo la cama

Lyda y Sebah estaban tumbados sobre el pasto, boca arriba, y bajo el sol llameante. Les encantaba hacer eso, tirarse ahí un rato, y disfrutar del bosque y la charla.

Un día en que las libélulas sobrevolaban el prado, ellos se tumbaron a verlas pasar sobre sus cabezas. Aquella mañana fue cuando Lyda le contó a Sebah que en su casa vivía un demonio, que la acosaba por las noches. Que estaba muerta de miedo, que sentía su presencia y le horrorizaba. Le contó las voces, los ruidos, y hasta que a veces le escondía cosas...

Lo que Lyda le pidió entonces a Sebah fue lo peor que pudo hacer. El pobre le ayudaría, confiándole su vida, y sufriendo las consecuencias...

Tras el fracaso, Lyda decidió por sí sola acabar con la amenaza de aquel demonio que habitaba su casa. Iba a terminar ella misma con sus miedos, e iba a invocarlo.

Así es como Lyda dio con con Mircea, la Señora que guarda la entrada.






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